El vestidor
Yaman llegó al jardín donde estaban Seher y Yusuf con la diana de juguete y se alegró más que nunca de haber enterrado sus armas. Ahí estaban las dos personas que más amaba en la vida y le estaban demostrando cada día que el amor era más fuerte que las balas. Se acercó a ellos y se puso al lado de Seher a mirar a Yusuf practicando
- ¿Estás más tranquila? - preguntó él medio sonriendo.
- Eres un demonio. Mira que hacer eso en la mesa del desayuno...- contestó ella medio enfadada.
- Te gustó - afirmó él.
- Hayir (no) - dijo ella tozuda.
- Evet (sí) - afirmó él muy seguro.
Yaman rozó con su mano la de Seher varias veces sin dejar de mirar a Yusuf. Entrecruzó los dedos con los de ella y apretó. Seher suspiró sin mirarlo. Yaman le hizo círculos en la palma con el pulgar. Seher se acercó más a él. Yaman pasó a acariciar la parte sensible de su muñeca lentamente y Seher lo miró:
- Yaman Kirimli para ahora mismo.
- Noto tu cuerpo temblar, oigo tu respiración acelerarse y sé lo que significa.
- No sé de qué hablas... - negó ella con el placer subiendo y bajando por su cuerpo.
Yaman estuvo jugando con Yusuf bajo la atenta mirada de Seher. “Los dos hombres de mi vida” pensaba ella. Daría la vida por ellos sin pensarlo. Miró a Yaman y se sintió tan feliz de no tener que temer más que algo le pasara que la venció la necesidad de él. Se le acercó por detrás y se apoyó en sus hombros para poder llegar a su oido y susurrarle:
- A Yusuf le encantará ir a comer galletas con Neslihan, te espero en tu habitación.
Y se fue andando como una reina pero dejando a su Rey ardiendo por ella de deseo.
Yaman dejó a Yusuf con Neslihan y le pidió que cuidara de él porque debía hablar con la tía de Yusuf e iba a ser una conversación muy larga. Neslihan asintió a su jefe y volvió a pensar en la película de El Padrino así que mejor obedecer a Yaman “Corleone” Kirimli.
Yaman subió las escaleras de dos en dos (sí, siempre lo hace así últimamente) y avanzó hacia su habitación. Entró quitándose el chaleco, lo tiró al sofá y buscó a Seher. No estaba en el despacho ni en el baño. Fue hacia el vestidor y la encontró allí con algo en la mano:
- ¿Qué es esto? - preguntó ella.
- Una pinza del pelo - respondió él acercándose.
- Es mía.
- Era tuya. Yo la encontré y ahora es uno de mis tesoros - y se la quitó para volver a guardarla.
Seher no creía poder enamorarse más de él pero al parecer estaba equivocada. Puso las manos en su cintura, lo acercó a ella y le susurró: - ¿Cuántas cosas mías tienes?
- Dos - respondió Yaman justo antes de besarla.
Y la besó abriéndole los labios desesperado para entrar con su lengua y encontrar la de ella.
Pero Seher llevaba esperando esto desde el desayuno y necesitaba tocarlo de inmediato así que respondió a los besos de Yaman metiendo a la vez las manos bajo la camiseta de entreno de él. Esa camiseta se le ajustaba demasiado para su cordura y cuando él se la ponía ella sólo pensaba en quitársela. Lo acarició notando su piel caliente sobre los músculos de su pecho y estómago. Lo arañó paseando las manos por sus costillas hasta sus axilas y volvió a bajar. Él empezó a rugir bajito y a besarla más lento, más fuerte, más profundo. También quiso su piel, necesitaba su calor y tomó el bajo de la camiseta de Seher para sacársela por la cabeza. Se le deshizo el peinado y su melena cayó sobre sus pechos. A Yaman se le aceleraron el puso y la respiración de golpe. ¡Qué Diosa! SU DIOSA.
Seher respondió tirando de su camiseta hacia arriba pero él era más alto y se la acabó sacando él. Seher se derritió con el movimiento de los músculos de sus brazos y respiró hondo. Error. Su olor a hombre y a invictus le llegó directo al cerebro, a la parte que controla el deseo, y quiso más. Más de ese olor. Acercó la boca a sus pectorales y los besó ansiosa. Lo lamió y lo respiró sin tener suficiente. Ella entró en trance, lo tomó por las caderas queriendo acercarlo más a ella, pegarlo. Y lo oyó susurrar rugiendo: sessiz (tranquila) pero ella solo contestó mordiéndolo apasionada.
Yaman estaba temblando de deseo pero quiso saborear el momento. Saborearla a ella. Así que tomó la cara de ella con sus fuertes manos, la besó intensamente, la miró y empezó a arrodillarse ante ella lentamente. Seher vio como él quedó de rodillas y lo amó más y lo deseó más. Cerró los ojos y se rindió a su hombre porque supo lo que él pretendía hacer. Se sujetó de la estantería de atrás como pudo y sintió a Yaman bajándole falda y ropa interior. Dio gracias porque esta vez no se la rompió y levantó una pierna y luego otra para desprenderse de las prendas. Notó el aire frío pero en seguida las manos calientes de Yaman le recorrieron las piernas que le empezaban a temblar. Ese hombre la seducía de tal manera que poco le importaba estar ante él solo con el sostén puesto. Confiaba en él y nada más importaba. Yaman siguió pasando sus manos grandes, fuertes y calientes por sus piernas. Las adoraba con las manos y con la mirada. Su diosa se deshizo por él y eso lo puso aun más duro. Pronto. Pronto la haría suya pero de momento...
Yaman la tomó por las caderas y la acercó a su cara. Con su barba le hizo cosquillas en el vientre y ella se retorció de placer, lamió alrededor de su ombligo y ella tembló, sopló más abajo y Seher empezó a jadear. Esos jadeos le daban la vida a Yaman que hundió su nariz bajo el pubis de ella para lamerla amoroso. La amó arriba y abajo y la notó moverse. Más rápido, más intenso. Más jadeos que sonaron a música para él. La siguió amando con la boca, con la lengua con el roce de su barba. Amó los pétalos de su reina de tal manera que ella gritó y cayó deshecha en sus brazos. Yaman la atrapó y la abrazó amoroso besándola en el pelo. Tomó su cara y la miró. Estaba preciosa después de hacerle el amor. Pero no había acabado. Él la necesitaba más que nunca y la tendría.
Yaman se levantó con ella en brazos y se sentó en la butaca del vestidor. Seher abrió los ojos y lo miró con devoción. No podía amarlo más y se lo dijo con la mirada. Él le respondió asintiendo y besándola dulce pero Seher supo que él la necesitaba y lo sujetó por el cuello para que el beso no se detuviera. Lo besó y lamió la pequeña herida que tenía todavía él en el labio inferior (Estúpido Sopas). Volvió a lamer su herida y Yaman la apretó en su regazo. Esa mujer lo vuelva loco. Estaba acariciándolo de nuevo, besándolo de nuevo y moviendo su cuerpo para matarlo de anhelo. Yaman no aguantaría mucho más y Seher, al sentirlo, desabrochó el cinturón y el pantalón negro ajustado que la vuelva loca y lo liberó. Grande, duro y caliente lo acarició mientras cambiaba de postura. Lo montó para cabalgarlo y acabar de volverlo completamente loco. Piel con piel, sudorosos, besándose, acariciándose se movieron uno contra otro buscando el máximo placer. Ella jadeó y él le rugió en la boca. Aceleraron, se desesperaron, aceleraron más y Yaman oyó por fin gritar a Seher de placer dejándose ir él con ella. Seher oyó a su león rugir y lo abrazó fuerte. Siguieron unidos en cuerpo y alma y con la cara de uno en el cuello del otro. Seher susurró:
- Estoy en el cielo pero...
- ¿Pero? - preguntó Yaman levantando la cabeza y mirándola con el ceño fruncido.
- Pero tengo hambre.
Yaman medio sonrió y alargó el brazo para tomar una de sus camisas para cubrir a su Diosa. Seher lo miró y le dijo:
- Hayir (no), la blanca no, ponme una negra. Sonrió y lo besó.
Siempre haces entender que la pasión y el humor no están reñidos.
ResponderEliminarME ENCANTA❤️👏🏻