¡Bienvenida! Este blog nació gracias a la generosidad, los ánimos y el cariño de las chicas del Chat Emanet de Telegram. Hay relatos variados y otros, más o menos picantes, basados en la telenovela turca Emanet (El Legado). También puedes encontrar primeros capítulos de mis novelas románticas, spin offs e historias inéditas. Gracias por estar aquí.
Mujeres que son inspiración constante. No son personajes, todas ellas tienen reflejo en mujeres de nuestro alrededor. Valientes, generosas, solidarias, capaces, inteligentes, preparadas, soñadoras… REBELDES.
Otra celebración que se alarga. Aunque había avisado a Leire de que esta noche tampoco podría ir a buscarla al hospital, no había perdido la esperanza de escaquearme pronto de la comida de Navidad del club y pasar a verla. Tampoco es que pueda hacer mucho más. Nuestros malditos horarios nos tienen pendientes del teléfono. Además, conforme se acercan las fiestas, mis compañeros y yo tenemos más compromisos publicitarios que nos ocupan el tiempo, cuando no estamos en el campo jugando o entrenando. Y ella no para de hacer dobles turnos. Estoy impaciente por que llegue el parón navideño en la liga y ella se coja por fin unos cuantos días libres.
Trato de pensar que aprovecharemos el tiempo juntos para hacer lo que hacen las parejas normales: ir al cine, a cenar y bailar o salir a hacer ejercicio. Claro que luego mi mente se va por otros derroteros y solo puedo imaginarnos enredados en las sábanas de mi cama, recuperando el tiempo perdido. Uf, me llevo la copa de agua fría a los labios y veo de refilón que alguien se me acerca
—¡Qué solito y qué serio te encuentro, Alex! —me grita Mentxu, del departamento de relaciones públicas del club, al mismo tiempo que se cuelga de mi cuello. Su aliento me indica que ha bebido bastante y su abrazo que ya no se tiene en pie. La sujeto por la cintura y localizo una silla tras ella. Trato de sentarla de forma digna, pero queda un poco desmadejada.
—Quédate aquí quietecita, anda, que voy a buscarte un café bien cargado —le advierto y antes de darme la vuelta me muestra un puchero que me hace sonreír.
Hace siglos que conozco a Mentxu y me sigue sorprendiendo que tras esa imagen de top model que necesita dar, debido a su trabajo, se esconda toda una payasa. Se le da de miedo contar chistes y soltar monólogos, quizá algún día se lance, deje el club y se vaya de bolos por España para hacer reír a la gente. Estaría bien que pudiera vivir de lo que realmente le gusta.
Después de encargarme de mi amiga, sí que me despido del resto de compañeros y gente del club. De camino al coche, saco el móvil, miro la hora y veo que Leire está en línea. Le mando un corazón que se queda latiendo en la pantalla sin que ella responda, y el mío se encoje un poco.
Otro día sin verlo y ya van tres. Sé que los dos lo llevamos igual de mal, pero él es siempre el que me anima, el optimista que confía en que todo mejorará tras las fiestas y que tendremos más tiempo para estar juntos. En cambio, yo nunca he sido de ver la botella medio llena. Crecer sin padres ni hermanos, al cuidado de una abuela huraña, no te hace ver la vida de color de rosa precisamente. Me refugié en los libros y los estudios y si no hubiera sido por Mari Carmen, que me adoptó en cuanto me conoció, seguiría siendo tan tímida y solitaria como siempre. Gracias a ella, me abrí y hasta hice más amigos, aunque siempre dentro del limitado ambiente hospitalario. En el apartado de las relaciones me doy cuenta de que no he mejorado tanto. Creo que ser tan insegura no es algo que atraiga a los hombres ni que ayude a conservarlos…
Y de ese humor ando cuando aparece el pesado del doctorcito con una sonrisa de oreja a oreja. Me doy la vuelta antes de que llegue a mi altura, pero me llama, canturreando mi nombre.
—Leeeireee.
—Si no es un tema laboral, no me interesa lo que tengas que decirme —le advierto, cruzándome de brazos al enfrentarlo.
Él sonríe y se saca el móvil del bolsillo de sus carísimos pantalones de diseño italiano.
—¿Y si es por un tema personal? Vengo del restaurante Arzak y ¿adivina quién estaba allí? —me pregunta, agitando su móvil delante de mi cara.
—Déjate de tonterías, ya sé que Alex tenía comida de Navidad con su club —le respondo levantando mi barbilla.
—¿Y las animadoras del club también estaban invitadas? Porque el monumento de mujer a la que estaba medio follándose delante de todo el mundo no parecía un delantero o un defensa…
Mi gesto orgulloso se contrae. Quiero ignorarlo, quiero darme la vuelta y alejarme de él y sus venenosas palabras, porque sé que no son ciertas, no pueden serlo, pero no soy lo bastante rápida. Me planta una imagen ante los ojos que los empañan al momento. Parpadeo y vuelvo a fijar la mirada. Escucho el eco de algo rompiéndose y con la segunda foto que me muestra el satisfecho doctorcito comprendo que es mi corazón lo que se está haciendo añicos.
Las dos personas de las fotos están pegadas la una a la otra. Él tiene una pierna entre las de ella que provoca que el corto vestido plateado se vea todavía más subido, y sus fuertes brazos la rodean como si temiera que ella se le fuera a escapar. Ella está colgada de sus hombros y con la cara hundida en su cuello. Comprendo, con ironía, que se aferre tanto a él, porque yo también he estado ahí, también he respirado su adictivo aroma. Se veía venir, me digo. Lo temiste desde el principio, me recuerdo. Has vuelto a confiar y a caer, me reprocho.
Consigo darme la vuelta, pero no doy ni un paso. Mi ex me agarra del brazo y me pega a él.
—¿Pesabas que un futbolista guaperas, famoso y podrido de dinero se iba a tomar en serio a una enfermerucha muerta de hambre como tú? El pobre ha hecho lo mismo que yo, Leire, ir a buscar a una mujer de sangre caliente porque tú no das la talla en la cama. Eres más fría que una muñeca de látex.
Cuando me suelta, corro a los vestuarios y me encierro en un baño. Me siento en un váter, me abrazo y apoyo la sien en la pared. Los sollozos no parecen míos, suenan lejanos, sin embargo, la sensación de ahogo que siento me asusta tanto que de forma inconsciente busco mi móvil en el bolsillo de la bata. Entro en el WhatsApp de forma mecánica, leo su nombre y de inmediato un corazón comienza a latir bajo él. Late burlándose de mí, así que apago el móvil del todo y me quedo allí, escondida, pequeña, hasta recobrar las fuerzas para salir a hacer lo único que parece que se me da bien.
No la localizo. Tampoco a Mari Carmen. En el hospital me dicen que están de vacaciones y en el apartamento que comparten nadie abre la puerta. Ninguna de las dos responde a mis mensajes ni a mis llamadas y no conozco a nadie más a quién preguntar. Si le hubiera ocurrido algo que le impidiera contactar conmigo no me habrían dicho en el hospital lo de las vacaciones y eso es lo único a lo que me aferro para calmar mi preocupación por ella.
Porque no puedo evitar sentir que ella está mal. No sé el motivo y no comprendo por qué me ha dejado fuera. Me niego a pensar que, de un día para el otro, se ha esfumado lo que sentía por mí así que debe ser un tema familiar. No sé mucho de su familia, no me ha hablado de nadie y no he querido presionarla porque he creído que lo haría con el tiempo. El tiempo… El puto tiempo ha sido nuestro enemigo desde el principio y una idea sobre como vencerlo me ha estado rondando las últimas noches. Esas en las que hubiera querido tenerla entre mis brazos, viéndola dormir. Vivir juntos. Cada vez tengo más claro que es la solución. Sé que es pronto y que abrirá sus preciosos ojos dorados como platos en cuanto se lo pida. No solo estoy muy seguro de mí mismo (algo que algunos me critican) es que también estoy seguro de lo que sentimos el uno por el otro.
El tiempo, la vida, nos pasa por delante mientras creemos que no se agotará, pero, cuando has visto irse a alguien demasiado joven, como al delantero que se desplomó en el campo durante un partido, abres los ojos y comienzas a valorar cada maldito segundo.
La convenceré como sea, pero, para eso, primero debo encontrarla. No tengo muchos recursos por lo que me acomodo en el cabezal de mi cama y abro Instagram. Sondeo sus contactos, luego los de Mari Carmen y, con algo de asco, abro la cuenta del doctor relamido. Se abre una historia con una foto y cada vez que salta a la siguiente yo vuelvo a picar la pantalla para volverla atrás. «Reconciliación. Otro amanecer con ella» leo una y otra vez. La foto, hecha desde una perspectiva parecida a la mía, muestra la mitad de una cama de sábanas revueltas que tapan a medias dos pares de piernas entrelazadas. La luz que ilumina la escena entra por un ventanal que enmarca un amanecer en una playa. Me vuelvo loco buscando más fotos en el Instagram de ese cabrón que me den pistas de dónde coño está y con quién. No puede estar con ella. Leire no puede haberme echado de su vida sin una palabra y haber vuelto a los brazos de ese tío. «Me engañó», me dijo. «No es nadie importante», me aseguró. Me paso la noche en vela y, con la llegada de la mañana, veo que Mari Carmen cuelga un pequeño vídeo de una playa. Leire está con ella, me digo, renacido, a pesar del sueño. Le mando un mensaje que espero que, esta vez, sí responda. Lo hace al cabo de unas horas, pero no me promete nada…
Las dos semanas de desconexión en la casa de los abuelos de Mari Carmen en Ribadesella me han hecho bien, aunque solo ha sido eso: desconexión. Un paréntesis que termina y que me lanza de nuevo a mi rutina; la de «antes de él». Llego en bus al hospital y mis ojos se van hacia el aparcamiento, en búsqueda de un monovolumen oscuro que obviamente no encuentro. Me regaño y me dirijo a la puerta corredera. Cruzo el vestíbulo sin recabar en la gran lona publicitaria de la derecha que anuncia un evento al que no pienso asistir, a pesar de haberlo hecho cada año desde que se celebra. ¿Un baile benéfico en apoyo a la investigación sobre el autismo? Ni loca. Él irá, lo sé. Y yo soy lo suficientemente sincera conmigo misma como para reconocer lo cobarde que soy. Tan cobarde como para no haber leído ninguno de sus mensajes. Tan cobarde como para saber que me moriría de pena si vuelvo a verlo.
En planta y ya de uniforme, varias compañeras se me acercan intrigadas y me veo obligada a ponerme la máscara de la fría e insensible Leire que mi ex afirma que soy. Me cuentan la de veces que vino Alex, la de llamadas que hizo y la de cajas que llegaron de su parte. No digo nada, solo niego y ellas se dan por vencidas. Horas más tarde aparece Mari Carmen. Como no sabe disimular, leo sus ojos y me pongo a temblar. Sé que va a hablarme de él y levanto la mano para detenerla en cuanto abre la boca.
—No quiero saber nada.
—Cielo, por favor —me ruega uniendo sus palmas.
—Duele. Mucho. Y cuando eso pasa es mejor extirpar o amputar.
Mari Carmen hace una mueca ante el uso de vocabulario médico por mi parte.
—No se puede extirpar el corazón porque no se puede vivir sin él, cariño. O, mejor dicho, sí se puede porque los dos lo estáis haciendo…
Me doy la vuelta al ver que mi amiga no parece que vaya a desistir, pero me sigue por el pasillo.
—Tengo que pedirte un favor —me dice a la espalda y provoca que me dé la vuelta.
Frunzo el ceño y la miro con la sospecha pintada en mis ojos.
—¿Por qué me miras así? ¿Cuántas veces te he pedido algo? —me reprocha, con razón.
—Pocas veces, casi nunca —admito, mirando al suelo—. Siempre soy yo la que se cuelga de tus faldas, la que pide y pide y pide y tú no haces más que apoyarme cuando lo necesito, empujarme cuando me faltan fuerzas y consolarme cuando me derrumbo.
Mari Carmen da muestras de su enorme generosidad y me abraza. Dejo unas cuantas lágrimas en su hombro y le devuelvo el abrazo. Ella es mi hogar, mi familia, la única que tengo y no le agradezco todo su amor tanto como debería. El doctorcito tiene razón cuando me describe. ¡Mierda!
—¡Tú has hecho lo mismo por mí! ¿Por qué nunca recuerdas tus virtudes, Leire?
Ante su zarandeo levanto mis ojos y los apoyo en los suyos. No sé qué responder así que digo algo que resuma mi agradecimiento y cariño por ella.
—Te quiero mucho.
—¡Madre mía! Eres un caso. Un caso al que adoro y al que quiero ver feliz de una puñetera vez. Vas a venir conmigo al baile benéfico. Ese es el favor que te pido, sin preguntas y sin protestas.
Me detengo delante del hotel, salgo del coche tratando de aflojar la dichosa pajarita que me ahoga y le paso la llave y un billete al aparcacoches. Estoy solo. Iker no soportaría estar más de diez minutos en un evento tan concurrido y mi madre se ha quedado con él en casa.
Cruzo el vestíbulo y entro en el enorme salón decorado de globos azules. Saludo a varios de mis compañeros, a los miembros de varias organizaciones con las que colaboro y trato de no parecer ansioso, pero Mari Carmen me ha dicho que Leire ha accedido a ir y solo puedo pensar en lo que le diré cuando pueda hablar con ella. Si es que deja que me acerque. Me ha costado la vida misma enterarme de por qué se alejó de mí y, aunque, al principio me cabreé bastante cuando Mari Carmen me lo contó, echando fuego por los ojos, luego me metí en la piel de Leire y la comprendí. Mi niña no es como yo. Mi chica lo ha pasado mal y ha crecido dudando de su valía, pero, si me deja, voy a dedicarme a hacerle comprender que es la mujer de mi vida; que no tiene substituta, que vale muchísimo y que me haría el hombre más feliz del planeta si se viene a vivir conmigo.
Estoy hablando con Karra, de la directiva del club, cuando se nos acerca Mentxu. No puedo creer que nos acabe de invitar a su primera participación en un espectáculo cómico. Los de la asociación de Donosti por el Autismo le han insistido en que se una a su grupo de animación infantil y ella ha dicho que sí. La abrazo y el mismo sexto sentido que me hace a veces intuir hacia dónde va a ir la pelota, cuando me chutan un penalti, me lleva a mirar hacia la entrada.
¡No me jodas! Acaban de entrar Leire y Mari Carmen y yo acabo de quedarme sin aire en los pulmones. Mi preciosa enfermera luce un vaporoso y corto vestido azul, se ha subido a unos taconazos y lleva el pelo recogido. Si no beso ese cuello en poco tiempo me dará un infarto. Eso si no me mata ella antes. Sus ojos se clavan en los míos y se cierran al momento. ¡Joder! ¡Que tengo a Mentxu agarrada! Suelto a mi amiga y salgo corriendo hacia la entrada. Me cruzo con Mari Carmen soltándole un «gracias, te debo una» y avanzo como un soldado hacia mi presa.
—Espera, espera —le digo, deteniéndome frente a ella sin intención de dejarla pasar.
—Déjame. Esto… esta crueldad no era necesaria —susurra mirando al suelo.
No me atrevo a subirle la barbilla con mis dedos, por miedo a que me los muerda. Así que suelto todo lo que llevo dentro sin filtros.
—Esa chica es Mentxu, es amiga mía desde que entré en el club con doce años y ella iba con su padre al campo. El día de la comida del club estaba borracha y la ayudé y hace un minuto lo que has visto era mi felicitación por una buena noticia que me ha dado. No tengo nada con ella, solo es mi amiga. Es a ti a quien quiero. Solo a ti. Desde que escuché tu risa en el ascensor del hospital después de llamarnos a todos los futbolistas cabeza huecas. Sé que no te lo crees. Pero te lo voy a repetir las veces que haga falta hasta que te lo creas. Te quiero. Aquel día, me enamoré de tu risa y de cómo mirabas a los niños de oncología. Y me enganché a lo que me hiciste sentir y me dije que quería seguir sintiendo eso, porque era jodidamente bueno. Estar contigo es bueno y quiero más. Mucho más.
Ruego no desmayarme, pero el corazón me late a tal velocidad que temo caer redonda al suelo. Tengo a Alex frente a mí, vestido de esmoquin, contemplando mi cara con sus valientes ojos azules y diciéndome que me quiere. No puedo creerlo. No es que dude de sus palabras, lo ha aclarado todo con su típica y directa sinceridad, sin embargo, la parte del amor… ¿Es en serio? Una y otra vez me convierte en la heroína de la novela, en la protagonista de la comedia romántica, cuando yo solo me siento la apuntadora del director.
—Veo que necesitas que te lo repita… te quiero, Leire —susurra.
Luego, me toma por la cintura y me acerca a él. Sube su mano a mi mejilla y toca una lágrima que no he notado llorar. Cierro los ojos y al mismo tiempo que sus manos avanzan hacia mi espalda, las mías suben a sus hombros. Apoyo mi cara en su pecho y vuelvo a respirar sin ahogarme.
—Lo siento, Alex —murmuro cuando soy capaz de hablar.
—Te perdono si bailas conmigo. Todavía no hemos podido hacerlo —me dice con voz enronquecida al oído.
Me aparto lo justo para asentir y sonreírle. Me toma de la mano y me lleva a la sala en la que suena una bachata. Mis ojos se cruzan con los de varias personas que nos miran sonriendo y me ruborizo, pero solo tengo que subir mis ojos a los suyos para olvidarme de todo y de todos. Vuelvo a estar entre sus brazos y esta vez es la lenta y sensual música la que nos envuelve. Alex inclina su cabeza y mi corazón se salta un par de latidos ¿va a besarme? Apoya su frente en la mía, baja sus manos un poco más por mi espalda y yo comienzo a arder. Esto no es un baile. Mi guerrero ha comenzado a hacerme el amor de forma sutil y de repente siento que me libero. Pegada a él, salgo de la crisálida que me ha tenido atrapada toda la vida. Quiero volar y quiero que sea con él.
—¿Alex?
—¿Mmm?
—Yo también te quiero y…
—¿Y? —me pregunta con los ojos abiertos y la respiración acelerada.
—Y quiero que me hagas el amor, pero a solas, si puede ser, porque me estás tocando y me estoy poniendo mala y llevo semanas deseándote y pensando en ti a todas horas y… no aguanto más. Por favor —ruego y doy por finalizada mi torpe declaración de amor.
—Estamos en un maldito hotel, Leire —me sugiere, estrechando aún más sus brazos hasta que noto la firmeza de su cuerpo. Sobre todo de una parte de su cuerpo.
—Genial, qué casualidad —le susurro y esbozo una sonrisa traviesa.
Alex aprieta su perfecto mentón y luego coge aire. Buscamos con la mirada a Mari Carmen y ella se limita a decirnos adiós sin dejar de bailar con Karra. Parece que han hecho buenas migas.
Mi chico vuelve a cogerme de la mano y se dirige a la salida con grandes zancadas que yo no puedo seguir con mis tacones prestados.
—¡Cariño!
Alex se voltea y me mira con los iris más brillantes que nunca.
—No puedo seguirte —le digo señalándome los tacones.
—Eso lo veremos en cuanto te tenga para mí solo —me reta, caminando algo más lento hacia la recepción.
Diez interminables minutos más tarde, entramos en un ascensor que nos ha de llevar a la décima planta. Las puertas se cierran y Alex se pone detrás de mí. La piel se me eriza y la respiración se me tropieza. Se acerca más, sus manos se posan en mi cintura y las baja por mis caderas. Me muerdo el labio inferior y aprieto los muslos.
—De nuevo te tengo delante en un ascensor, preciosa —su ronca voz desciende por mi cuello, resbala en mi piel y aterriza en mis senos sensibles.
—Aquel día solo percibí tu olor y no me giré a mirarte por vergüenza —confieso temblando.
—¿Y ahora? —me reta, justo antes de poner sus labios detrás de mi oreja.
—Ahora nada me da vergüenza si es contigo.
Aprieto mis nalgas contra él y mis labios se abren para dejar salir el primero de los suspiros de la noche. Sus manos se adentran bajo mi vestido, pero suena el ding y la puerta se abre para dejarnos muertos de ganas de tenernos.
No sé ni cómo llegamos a la habitación, pero al fin estamos dentro y solos. Nuestras manos vuelan al cuerpo del otro y nuestras bocas se buscan sedientas. Desnudarnos el uno al otro sin dejar de besarnos se convierte en un desafío que logramos superar a base de determinación. Cojo aire al sentir el pecho desnudo de Alex contra el mío y él sonríe contra mis labios abiertos.
—Tú también me dejas sin respiración, preciosa —me dice colando los dedos en mi ropa interior para bajarla por mis muslos.
Apoyo las manos en sus hombros porque se está arrodillando y, mientras, va dejando besos en mi piel. O me sujeto o me deshago entre sus manos.
—Alex… —le ruego no sé bien el qué.
Él eleva sus ojos hacia los míos, sonríe como un lobo y besa el lugar que arde por él. Clavo mis dedos en sus hombros y me rindo. Me ofrezco a él con toda la confianza que siempre he guardado bajo llave, porque solo él es capaz de romper mis reservas, abrir mis candados y abrazar mi alma. Lo amo tanto que dentro de mí se aviva un fuego brutal de amor y éxtasis. Grito su nombre, creyendo que caeré, pero eso ya jamás ocurrirá. Álex me toma en sus brazos, me estrecha en su pecho y camina hacia la cama. Me tumba, me besa en la frente y se acuesta a mi lado. Sigo ardiendo en las brasas que ha encendido su boca, sigo en un limbo mágico de ternura y pasión. Sigo deseándolo y sé que él espera por mí.
Me mira desconcertado cuando me ve levantarme de la cama.
—Necesito una cosa y espero que tú, como experto en impedir penaltis, la lleves en la cartera.
Alex ríe, levanta los brazos por encima de su cabeza y la acaba apoyando en sus manos. Y en esa pose tan engañosamente relajada me espera, mientras gateo por la cama hacia él. Ha cerrado los ojos y yo aprovecho para recorrerlo con mirada enamorada y algo lasciva. Mi chico está como… sí, como un dios. Y es todo mío. Esa idea posesiva me calienta como nada. Lo acaricio, su cuerpo responde y le pongo el preservativo, arrancándole gemidos de impaciencia. Subo a él y espero a que abra los ojos. Cuando lo hace, dejamos de sonreír, porque nuestras miradas se han enlazado y se han hecho una seria promesa.
Alex pone sus manos en mis caderas y yo me muevo para darle la bienvenida a mi cuerpo. Siento como entra, lento e imparable, hasta conquistarlo todo. Es placer, es deseo, es toda una revelación que pone lágrimas inesperadas en mis ojos. Él las nota. Lo veo coger aire, levantar su torso y abrazarme. Nuestros cuerpos se unen más si cabe, nos susurramos un te quiero y comenzamos a besarnos con desespero. Oscilo en él como el mar bajo el influjo de la luna. Él es mi tierra firme y voy y vuelvo sobre él. Sus manos en mi espalda acarician mis viajes, primero con cariño luego con devoción. Nuestros besos se vuelven mar, nuestras caricias se vuelven viento y un orgasmo de tormenta nos recorre hasta dejarnos agotados y abrazados entre olas de sábanas desordenadas.
Tardamos tanto en poder hablar que el sueño casi nos atrapa.
Me siento agotado y, al mismo tiempo, lleno de energía, y es por ella. Por todo lo que me provoca ella entera. Su voz, su piel, su sabor, sus palabras, su olor… Por fin la tengo donde quería y como llevo semanas imaginándola: desnuda entre mis brazos. Pero la imaginación no le ha hecho justicia a este momento.
—Ha valido la pena esperar a tenerte —susurro con mis labios pegados a su frente.
—Estaba pensando algo parecido. Si hubiera sido así de… perfecto, de haberlo hecho antes —me dice, antes de besar mi hombro y acurrucarse más sobre mí.
—No tengo ni idea, preciosa, lo que sé es que quiero esto contigo cada puñetero día y ahora es cuando vas a tener que prestarme atención.
—Ja, ja, ja. No he dejado de prestarte atención desde que te has plantado frente a mí en el vestíbulo…
—Leire —pronuncio su nombre sin rastro de broma en mi voz y ella se incorpora en mi pecho para mirarme algo preocupada. Tomo su barbilla entre mis dedos, la beso con rapidez y cojo aire. —¿Vendrías a vivir conmigo?
Como era de esperarse, los preciosos ojos de mi chica acaban de abrirse de par en par. Sé bastante de tácticas y comprendo que es el momento de soltar toda la artillería.
—Te quiero, tú me quieres y nos morimos por estar juntos. Quiero verte nada más despertar, desayunar contigo y admirarte mientras te vistes. Quiero llevarte a trabajar antes de irme a entrenar y pasar a buscarte cuando termines, sea a la hora que sea, para volver a casa. ¡Joder, cariño! Quiero hacer la maldita compra contigo y que discutamos por el desorden y por todo lo que discuten las parejas. Quiero todo eso contigo, ¿y tú?
Leire sigue sorprendida, pero comienza a asentir de esa forma tímida que me vuelve loco.
—Digo a todo que sí —me susurra y yo siento mi pecho expandirse hasta el puto infinito. La beso, loco de felicidad, y la cubro con mi cuerpo. Me apoyo en los codos y enredo mis dedos en su pelo. Ella ríe feliz en mis labios, recorre mi espalda con sus manos y las baja hasta mi trasero para apremiarme mientras abre las piernas. Soy el tío con más suerte del mundo.
Después de un mes, sigo en una nube, pienso mientras observo conducir a Alex. Acabamos de salir de casa de su madre tras desayunar todos juntos. Mi maravillosa suegra me ha atiborrado de pantxineta y de cariño, y yo no puedo estar más agradecida por mi nueva familia. Pasar tiempo con Iker también es maravilloso. Como enfermera, no dejo de estudiar e interpretar sus gestos y sus miradas. Quiero conocerlo para aportarle paz y alegría. Como cuñada, lo quiero ya tanto y es tan dulce que cualquier día me lo comeré.
—Oye, preciosa, te podías haber quedado con ellos todo el día, hasta la hora de ir al campo —me dice Alex.
—Me habría encantado, pero es que, al final, Mari Carmen y Karra también vendrán al partido y he quedado con ellos cuando tú te vayas a la concentración.
—Genial. Entonces, ¿te llevo ya con ellos?
—¿Ya? ¿No tenías que parar a nosequé antes de ir al campo? —le pregunto, poniendo mi mano sobre su duro cuádriceps.
—No… —niega mi chico con algo de duda y mirando de reojo mi mano.
La subo un poco más por su pierna y vuelvo a insistir.
—¿Estás seguro?
Alex me mira con rapidez, mi mano llega a su destino y él toma uno de esos maravillosos caminos rurales que conoce de ir a correr cada domingo. Hacer el amor de día, en el coche, a media hora de tener que comparecer en la concentración de su equipo nos pone a mil. Pero es que estamos aún en plan quinceañeros con las hormonas revolucionadas y los «aquí te pillo aquí te mato» nos vuelven locos. El sexo rápido, pero satisfactorio acaba como siempre. Con un abrazo infinito, y un puñado de besos interrumpidos de «te quieros».
Alex me deja en casa de Mari Carmen y se aleja para no llegar tarde. Minutos después recibo un mensaje suyo: «he llegado por los pelos, preciosa, pero ha valido la pena. Contigo todo vale la pena, te quiero». Sonrío como una idiota y Mari Carmen se acerca para darme un abrazo. Karra se ha escapado de la comida de directivas y se une a nosotras. Tras una larga sobremesa los tres nos dirigimos al estadio Anoeta en el que tendrá lugar una anécdota de lo más divertida.
Estoy pendiente de Alex, como siempre, cuando lo veo mirar a la grada, unos asientos por detrás de nosotros, y fruncir el ceño. Extrañada, sigo su mirada y localizo a unos novios que hacen gestos hacia Alex. ¡Qué fuerte! Ella lleva el vestido de novia puesto y se señala su velo de novia sin parar. Mari Carmen, Karra y yo comenzamos a alternar nuestras miradas entre la pareja y Alex y acabamos entendiendo lo que ocurre. ¡La pareja quiere intercambiar el velo de la chica por los guantes de Alex! Mi dios nórdico sonríe, accede y les hace el gesto de encontrarse con ellos al acabar el partido.
Casi dos horas más tarde, los tres asistimos al intercambio. Veo que Alex indica a los novios que se acerquen a la valla, los felicita y les entrega sus guantes. Luego toma el velo que la chica le ofrece y se lo agradece con dos besos. El novio le estrecha la mano, contento y luego se abrazan entre ellos. Tras despedirse de la pareja, mi chico eleva la mirada y me busca. Yo me levanto y me acerco a la valla que siempre se interpone entre nosotros en sus partidos. Comentamos, divertidos, la anécdota, pero entonces Alex hace algo que nos deja a los dos descolocados y con el corazón acelerado. Pone sobre mi cabeza el velo intercambiado y nuestras miradas se vuelven peligrosamente intensas.
—Aurrea… —susurra él.
—Aurrea… —respondo yo.
No decimos nada más. Tan solo nos inclinamos sobre la valla y nos fundimos en un beso que marca el final del partido. FIN.
Es tarde y en el avión que nos lleva de
regreso a San Sebastián casi todo el mundo duerme. Los auriculares me aíslan de
ronquidos y de conversaciones susurradas, gracias a las canciones de amor que
no paro de escuchar desde que conocí a Leire. ¡Joder! Si hasta entiendo las
bachatas azucaradas que ponen en la radio a todas horas. Nos imagino a Leire y
a mí bailando una de ellas, pegados el uno al otro con nuestras frentes unidas
y sintiendo como el deseo se va apoderando de nuestros cuerpos. Será mejor que
frene mi imaginación y le mande el mensaje de buenas noches. Desbloqueo el
móvil y, antes de ir al WhatsApp, abro «insta».
¿Quién
coño es ese tío moreno, con bata de mandamás y mirada de querer comerse a mi
chica? 😡Leire no ha subido ninguna foto, pero Mari Carmen sí y cada una de ellas
provoca que me arda el pecho. Ese doctor tiene pinta de delantero centro y acaba
de lanzarme un reto sin saberlo. No tío, no me vas a meter un puto gol. Cierro la
maldita app y me concentro en respirar y en apagar el fuego que me corre por
las venas.
Los dobles turnos cada vez me dejan más
destrozada, pero lo peor ha sido no poder contactar con Alex en las últimas
horas. Me dejé el móvil en casa y no he podido aprovechar los descansos para
llamarlo y, aunque le mandé un mensaje a través del móvil de Mari Carmen para
contarle lo del doble turno, no es lo mismo. No poder buscar el mar en sus ojos
o escuchar su voz profunda cuando necesito calma, me altera. Y en este doble
turno ha habido demasiadas ocasiones en las que me hubiera gustado recurrir a él.
Y no solo por temas médicos. Cada vez que he coincidido con “el doctorcito”, he
tenido que pararle los pies. No lleva bien que yo no esté llorando por los
rincones, tras haberlo pillado con otra. El muy engreído no soporta mi
indiferencia, debe creer que es fingida, cuando la verdad es que, después de
haber conocido a Alex, es imposible que me afecte nada de lo que él haga.
Por fin llega la hora de irme a casa,
pero toda la seguridad y aplomo que muestro como enfermera, desaparecen al
quitarme la bata. ¿Se habrá enfadado Alex? ¿Se habrá dado cuenta siquiera de la
falta de mensajes? No puede ser. Debo recuperar la autoestima que me robaron
mis dos relaciones anteriores o acabaré estropeando lo que tengo con… ¿Alex? 😍No
puedo creerlo. Acabo de cruzar la puerta del hospital, levanto los ojos y lo
veo al otro lado del parking, apoyado en un enorme… monovolumen. Nada de Audis
o Porsches, mi portero conduce un monovolumen. Entiendo que debe ser por Iker y
eso hace que lo admire más todavía. Y hay mucho por admirar, como su metro
noventa o su cuerpo de dios nórdico…
Estoy valorando si echar a correr hacia él
cuando una mano me sujeta por el brazo. Me giro indignada y dedico mi mejor
cara de mala hostia al propietario de la mano.
—¿Qué haces?
—Oye, Leire, ya basta de hacerte la orgullosa.
Te he pedido perdón y ya. Anda, vamos a cenar —me dice el estúpido doctorcito.
¿Pero cuándo he encontrado yo atractivo
a este engreído zopenco? Me suelto de su agarre, sin saber que Alex está siendo
testigo de la escena y que le está costando la vida no venir a presentarse.
—No es cuestión de orgullo. No quiero
nada contigo. Y ahora, disculpa, pero me están esperando.
Ni siquiera me siento satisfecha con el
zasca que le acabo de dar. No me importa. Solo me importa llegar al hombre que
me está esperando. Visto mis labios con la sonrisa que se merece y camino hacia
él. Cuando me detengo delante, nos quedamos mirando fijamente. No hay abrazo, no
hay beso de película, solo toma mi mano y entrecruza sus fuertes dedos con los
míos. Con la otra mano pone un mechón suelto de mi pelo tras mi oreja y acaricia
mi cara con las yemas de sus dedos. Creo que me estoy derritiendo.
—Hola —me susurra.
—Hola —le respondo, casi sin voz.
—¿Estás cansada? ¿Te llevo a casa? —me
sorprende.
—No estoy cansada… pero… ¿tú quieres
llevarme a casa?
—Si ahora mismo te digo lo que quiero…
—Pues quiero lo mismo. Lo mismo —le
recalco.
Alex asiente con levedad, me abre la
puerta del coche y espera a que me acomode. Luego, se inclina a buscar el
cinturón de seguridad para ponérmelo. Casi me muero por él cuando su rostro
queda a un suspiro del mío. El muy desconsiderado se limita a mirarme los
labios en vez de lanzarse a comérmelos. ¡Habrase visto! Quiere hacerme sufrir,
quiere llevarme a la locura y lo está logrando…
Cuando él ya se sienta al volante y
arranca con destino desconocido para mí, abro la conversación con un tema sin
peligro. O eso creo.
—¿Todo bien en casa?
—Sí, cuando vuelvo de un partido, tras
varios días fuera, siempre paso por casa a ver a mi madre y mi hermano. Iker no
lleva bien lo de no verme cada día.
—Yo tampoco —susurro, pero Alex me ha
escuchado y lo veo apretar el volante entre sus manos.
—Pretendo llevarte a un sitio bonito,
pero si vuelves a decir algo así no respondo —me advierte.
Lo
de hablar de un tema seguro ha durado poco, así que decido guardar silencio y
girar un poco en mi asiento. Una cosa es estar callada y otra es aguantar sin
mirarlo. A eso no me resisto, lo necesito.
—Leire, ¿puedo preguntar quién es el tío
que ha estado a punto de perder un brazo en la puerta del hospital? —quizá me
he pasado, pero juro que es lo que he querido hacerle al imbécil relamido, por agarrar
a Leire de esa manera.
—¿Qué? —me pregunta, sorprendida.
—Perdón. Hablo del doctor que aparece en
las fotos que subió Mari Carmen anoche. El que te tenía cogida por la cintura y
te miraba como si fueras suya —¡Joder, Alex! Deja el tono de troglodita celoso o
vas a lograr que se tire del coche en marcha, me recrimino en cuanto me
escucho.
—Nadie importante —me responde. —Salí
con él un tiempo, pero me puso los cuernos y lo dejé —añade. Me deja congelado.
—Y… ¿ya no sientes nada por él? —pregunto,
inseguro. La primera vez que la vi, ella estaba alabando, precisamente, a
cerebritos como su… ex.
Leire no responde y voy notando como
algo se me va encogiendo dentro del pecho.
—Ya veo —mi voz suena ronca en el
pequeño espacio.
Justo cuando tomo la salida hacia el
mirador de Arbola, veo de reojo que Leire levanta el brazo y enseguida siento
sus dedos en mi cuello. Los apoya en mi nuca y los mueve en una caricia que
hace que me erice como un gato.
—No, Alex. No siento nada por él —la muy
bruja ha tardado tanto en responderme que ya estaba creyendo que todo habían
sido imaginaciones mías: las miradas, la conexión invisible…
¿Y
por mí?, me dan ganas de preguntarle. Pero me imagino de repente en la portería,
sin protecciones, con los ojos vendados y con el puto Messi a punto de chutar
un penalti, y comprendo que es demasiado pronto para hacerle esa pregunta. Yo sí
sé lo que respondería si me lo preguntara ella, pero también sé que ella es más
tímida. Además, acabo de descubrir que el relamido traicionó su confianza, así
que me digo que lo mejor será ir más despacio.
No puedo dejar de contemplar su perfil
ni de acariciar su cuello. Tampoco puedo evitar sentirme feliz por haber
detectado un pelín de celos en sus palabras sobre el doctorcito, aunque le he
dejado claro que ya está fuera de mi vida. Ojalá tuviera el valor de ser más
clara con él. Cuando él lanza una indirecta no me cuesta seguirlo, pero declararme
a él directamente me parece imposible.
Dejo de tocarlo cuando él aparca y miro
a mi alrededor. Estoy tratando de saber dónde estamos cuando veo que abre la
puerta y me ofrece su mano para salir del coche. La tomo y, esta vez, soy yo la
que busca cruzar nuestros dedos. Me mira, cabecea hacia una vaya de madera y
tira de mí. Lo sigo y nos detenemos en un precioso mirador con vistas a la
playa y la ciudad. La ausencia de luna hace que el brillo de las estrellas sea
abrumador. Estoy contemplándolas arrobada cuando siento a Alex moverse. Está cubriendo
mis hombros con su chaqueta y me apoya en su pecho. Su aliento acaricia mi
mejilla y sus brazos rodean mi cintura. Estoy en un bendito paraíso. Cierro los
ojos. Ya no me interesa la belleza del universo. Deseo algo todavía más especial.
El calor de Alex y el ansiado sabor de sus labios.
Me giro entre sus brazos y elevo mi
rostro. Sé que él entenderá lo que quiero. Ha parecido saber lo que necesito
desde el primer segundo en aquel ascensor. Y no me equivoco. Durante un latido,
siento su respiración en mi cara justo antes de posar sus labios en los míos. Siento
escalofríos, siento grillos cantando en mi vientre y siento el verdadero brillo
de las estrellas dentro de mí. Sus labios me tientan, me acarician con pereza e
insisten con dulzura hasta que abro los míos. Y entonces lo tibio se vuelve
fuego. Su lengua reclama la mía y sus brazos se tensan. Ya no respiramos, nos
respiramos. Nos falta piel por conocer y gemidos por compartir, pero tan rápido
como se ha extendido el fuego, nos apresuramos en contenerlo. Sabemos que no es
el momento y confiamos en que sea pronto. Nos abrazamos y permanecemos así, escuchando
un poco más la melodía de la noche…⭐⭐⭐
Alex: Buenas noches, preciosa. No te llamo porque es tarde y debes estar dormida. La celebración se ha alargado demasiado, pero no me quería acostar sin darte las gracias por haber venido al partido y más… (¡Boom! «Leire escribiendo»)
Leire: Hola😊
Alex: ¡Eh! ¿Qué haces despierta?
Leire: Mañana tengo turno de tarde.
Has dejado tu mensaje a medias… ¿y más?
Alex: ...y más sabiendo que no te gusta el fútbol y que habrías preferido pasar la tarde del domingo leyendo un libro…
Leire: Bueno, no ha estado mal
Alex: ¿Te ha gustado o has estado tan pendiente del portero que no te has enterado de nada?😎
Leire: ¿Pendiente? Sí. De todas las veces que te has tirado al suelo, que has chocado con otro y, especialmente, de la patada en la espinilla que debe dolerte horrores ahora mismo.
Espero que tengáis buenos sanitarios en el club.
Alex: Ninguno como tú 😍… ¿Leire?
Leire: ¿Qué?
Alex: Me gustas. Mucho. Dime cuándo podemos hablar porque yo entreno por las mañanas y tú trabajas por las tardes y esta semana jugamos fuera y…
Leire: ¿Mañana a la una?
Alex: A la una… 😘
Después de su último mensaje, me llega un emoji con un beso que hace que me duerma con una sonrisa. Y sigo sonriendo al despertar. Lo primero que hago es buscar mi móvil. Hay un mensaje suyo: «Buenos días, preciosa» y yo me olvido de responderlo porque me paso todo el desayuno releyendo la conversación de la noche anterior.
Las horas de la mañana transcurren entre el gym y hacer la compra, hasta que el reloj comienza a avanzar hacia las 13 horas y las mariposas aterrizan en mi estómago. Salgo a la terraza del hospital, ya de uniforme, y con el móvil en la mano. Suena, descuelgo y su voz, tan decidida como él, me saluda.
—Dime que tenías el móvil en la mano y que estabas contando los minutos…
Rio sin poder evitarlo. Es tan lanzado y yo tan precavida, que su actitud me da vértigo.
—¿Necesitas que te aumenten la autoestima, señor “arquero”?
—Saber que has buscado sinónimos para “portero” ya me la ha subido. ¿También me has buscado en Instagram?
—Eh… no… —¡Madre mía, es tan directo que debería ser delantero!
—Mentirosa… Ja, ja, ja. Yo sí te busqué y aprendí mucho de primeros auxilios, señora enfermera, aunque eché de menos alguna foto tuya en la que poder recrearme.
—Por favor… —le ruego. Le ruego porque mi timidez hace que me sienta desbordada ante sus palabras. Él parece darse cuenta y cambia de tema. Me explica su rutina de entreno de forma divertida y yo me lanzo a preguntarle por su hermano. De manera natural, seguimos hablando y conociéndonos un poquito más. Pero no sería Alex si no terminara nuestra conversación dejándome temblorosa…
—Leire, ¿hay alguna explicación médica para que no quiera colgar? ¿para sentirme como ante una tanda de penaltis con la barriga llena de grillos?
¿Grillos? Me hace sonreír y le nombro sin pensar las cuatro hormonas del enamoramiento.
—Endorfinas, serotonina, dopamina y oxitocina.
—Pues debo ir hasta arriba de todo eso. Espero que mañana no me hagan un control anti-doping en el entreno.
—Nosotros también pasamos controles —le digo, divertida.
—¿Y tú? ¿Lo pasarías ahora mismo? —me pregunta, de nuevo, con ese tono que me traspasa dejándome el corazón tiritando.
Muerta de miedo le respondo con sinceridad.
—No —y así le reconozco que siento lo mismo que él.
***
Antes de dirigirme al estadio para pillar el bus que nos lleva al aeropuerto, paso a ver a mi madre y a mi hermano. Por primera vez, ellos no son el único motivo de que me inquiete jugar fuera. Nos toca partido contra Las Palmas y, además de las 3 horas de avión, jugar allí supone pasar dos noches en la isla.
Con mi preciosa enfermera, nos mandamos mensajes y hablamos por teléfono todos los días, pero no es suficiente. Para mí, no es suficiente. El principio de una relación debería poder darse cara a cara ¿no? Y es que en sus silencios noto que duda y me gustaría poder ver su preciosa cara cuando le hablo. ¡Joder! Estoy colado por ella.
***
—Pero a ti te gusta Alex, ¿no?
—Mucho —respondo a Mari Carmen, a la que le acabo de confesar mis temores.
—No entiendo el problema.
—El primero es que es futbolista y tiene muchas fans. He visto fotos de las fans, Mari Carmen, y no veas cómo son. Guapísimas, altísimas… ufff. Y luego están nuestros horarios, mis turnos, sus entrenos, sus partidos, no sé cómo vamos a llevar todo eso si es que seguimos adelante. Y luego está él… ¡es un conquistador nato! Me hace sentir tantas cosas… ¿y si les dice lo mismo a todas? Está tan seguro de sí mismo… —sé que desvarío.
—O muy seguro de lo que siente. Oye, el amor a primera vista existe, nena. Y tú eres maravillosa, así que no me extraña que se haya enamorado hasta las trancas de ti.
—Nunca me había sentido así, ni tan rápido —admito.
—Nunca te habías enamorado de verdad, chica. Con aquel anestesista, parecías… “anestesiada”, jajaja y con el doctor buenorro, sí que te ví algo más emocionada, pero con Alex… tienes todos los síntomas de que sea amor del bonito. Déjate llevar.
—Pero…
—Ya sé lo cauta que eres y que tanto el anestesista como el "doctorcito" te hicieron daño, pero dale una oportunidad al dios nórdico que… ¡oh, mira!, por ahí creo que traen otro regalito suyo para ti.
Me giro y veo a un mensajero. Pregunta por mí y deja sobre el mostrador dos cajas idénticas. En una pone: «La enfermera más bonita aconseja en su insta que se debe merendar”, en la otra pone el nombre de mi amiga.
Me derrito de anhelo y le señalo su caja a Mari Carmen.
—Mira, nena, como lo dejes escapar, iré yo a por él. ¿Qué tío le manda la merienda a su chica y se acuerda de la amiga? ¡A mí ya me ha ganado!
Emocionada, hago una foto a las cajas y se la mando por WhatsApp. Me responde al instante «Acábatelo todo». Entonces, pillo a Mari Carmen del brazo y nos hago una selfi para mandársela. Vuelve a responderme, pero esta vez, su mensaje me encoje el corazón «Estás preciosa, pero me muero por verte en persona». ¡Joder, y yo!
Sigo en una nube toda la tarde y Mari Carmen también. Yo por lo que Alex me hace sentir y ella por el croissant de chocolate que le venía en la caja. Poco antes de que acabe nuestro turno, Koldo, un compañero que se despide al día siguiente, nos llama a la sala de descanso para brindar y picar algo. Mi amiga y yo entramos en la sala y la sonrisa que llevo se desvanece. El “doctorcito”, al que llevo un mes sin ver gracias a un congreso de cardiología en Madrid, está en medio de la sala, mirándome de arriba abajo y sonriendo de medio lado. Trato de que no se me note el disgusto para no fastidiar a Koldo, pero casi al final de la pequeña fiesta, me veo obligada a aceptar aparecer en algunas fotos…
Con el paso de los días, mi interés por el dichoso futbolista no ha desaparecido. Lo he buscado en redes, por curiosidad, me he dicho. También me he quedado atontada con alguna que otra foto suya sin camiseta, diciéndome que, al fin y al cabo, soy humana y él… él de humano no tiene nada. Para pesar mío, me sigue pareciendo un dios. Sí, hasta vestido de futbolista.
Hasta ahora he resistido las burlas de Mari Carmen, pero ella no es tonta y se ha dado cuenta de mi sonrojo cada vez que me lo nombra. Solo espero que este inútil episodio de encaprichamiento se me pase pronto, porque me empiezo a dar pena hasta a mí misma. Que ¿por qué? Porque creo que me he vuelto adicta a sus sonrisas y es que, tras un turno largo o una mala jornada en urgencias, algo me empuja a buscarlas en sus fotos. Parezco la fan quinceañera del actor de moda y no me reconozco. Y justo cuando me propongo en firme sacármelo de la cabeza, lo veo entrar por la puerta del hospital. No me alegro, no sonrío. Lleva un niño en brazos y cara asustada. Corro hacia él.
—¡Alex! ¿Qué ha pasado? —le pregunto.
—Se ha cortado la mano, no deja de sangrar y está muy asustado—me cuenta, buscando mi mirada.
Yo me doy cuenta de que el niño no es el único que está asustado. Enseguida, aparecen mis compañeros con una silla de ruedas y tratan de sentar al pequeño en ella, pero el niño se agarra más a Alex y grita desesperado.
—No puedo dejar a mi hermano solo, Leire. Iker es autista, por favor—me implora Alex.
Mi corazón se ablanda con toda la situación y tomo el mando. Abro las cortinas de un box y los hago pasar. De inmediato tengo a Alex, sentado en una camilla, con su hermano entre sus rodillas con el brazo extendido para que le hagamos la cura. Los suaves murmullos de Alex en el oído de su hermano no solo consiguen calmar al pequeño. En mí también tienen un efecto sedante, igual que suelen hacer sus fotos. Una vez terminadas las curas, veo que Iker se ha quedado dormido en brazos de su hermano, tiene una carita tan dulce que no puedo evitar acariciar su pelo. Entonces, noto la mirada penetrante de Alex y mis ojos se desvían a los suyos. Claramente, no es el momento ni el lugar, pero, por un segundo, todo desaparece a mi alrededor, excepto él y mis ganas de acariciar también su pelo.
De repente, la doctora que ha atendido a Iker aparece de nuevo con documentos, recetas e instrucciones, nos saca del trance y yo volteo, avergonzada, para abandonar el box.
Hasta que no he metido a Iker en su cama, me he despedido de mi madre y me he encontrado conduciendo hacia mi casa, no me he permitido desconectar de lo que ha ocurrido. Suspiro profundamente, me repito que todo ha terminado bien y, con la calma, es ella la que regresa a mi mente. Leire, la enfermera borde en la que no he dejado de pensar los últimos días, se ha convertido, de repente, en un ángel de eficiencia y cariño. Solo al final, con Iker ya tranquilo, he podido fijarme bien en ella. Se la veía cansada, pero, aun así, la condenada estaba preciosa, vestida con su bata blanca y con el pelo recogido dejando a la vista su cuello tentador. Ha habido un momento en el que nuestras miradas se han abrazado y hasta he imaginado que nos acabaríamos… Pero ¿en qué estoy pensando? ¡Parezco un puto poeta!
Me burlo de mí mismo, sonrío y le subo el volumen a la radio. Suena La canción más bonita del mundo de La oreja de Van Gogh y, en ese momento, decido que quiero volver a verla. No tengo su número de teléfono, pero, por suerte, sé exactamente dónde trabaja. Mi sonrisa se hace más amplia.
He acabado de hacer la ronda y me dirijo al puesto de control de la planta. Allí, me encuentro con una sonriente Mari Carmen que agita un sobre a modo de abanico. Me acerco a ella y, para mi sorpresa, me alarga el sobre.
—¡Leire! Mira, mira a quién va dirigido esto… —me canturrea.
—«Para Leire, del futbolista cabeza hueca—leo en voz alta mientras mi corazón se acelera.
Abro el sobre y saco dos entradas para un partido de fútbol y una nota con solo tres palabras: ven a verme.
—¡Te ha invitado al partido de este domingo en Anoeta contra el Real Madrid! ¡Dime que me llevarás! —exige mi amiga, la «manos largas», que no ha tardado en quitarme de los dedos las entradas.
Las entradas me dan igual, mis ojos no se apartan de su nota.
—Pero… —pongo la mano en mi pecho, tratando de aquietar mis latidos y miro a Mari Carmen— ¿qué pinto yo en un partido de fútbol?
—Vamos a ver, cielo, que tú solo tienes que estar pendiente del portero. Yo ya me ocuparé de admirar y animar al resto, ¿vale? Al final, te hago un resumen y te canto el resultado.
Tres días más tarde, no puedo creer que esté entrando con mi amiga en el estadio Anoeta. Nos guían hacia nuestros asientos, nos acomodamos cerca de una portería y yo comienzo a mover las piernas sin parar.
—Leire, ¿estás bien?
—No. Me siento como si hubiera aceptado una cita. Una cita rara en la que las dos personas no van a hablar.
—Estamos cerca de su portería, así que, a lo mejor, se acerca a saludar.
—¿De verdad? ¡Joder! Ahora me he puesto más nerviosa. Deberíamos irnos…
Mi intención de huir se ve interrumpida con el atronador sonido de los altavoces por los que suena un himno. Luego el presentador, o speaker, como me ha informado Mari Carmen que se llama, anuncia los nombres de los jugadores. Me tenso, me muerdo el labio inferior y abro los ojos de par en par cuando escucho: «… nuestro capitán y guardameta, Alex Remiro»
¡Ay, dios! Otra vez el corazón se me desboca al verlo y eso que está bastante lejos. Pero solo verlo caminar, tan decidido, hacia el centro del campo me pone cardíaca. Me recuerda a un soldado esperando a pasar revista cuando se detiene al lado de sus compañeros. Lo veo saludar a los árbitros, a un jugador del equipo contrario y… Vale, llegó el momento. En unos segundos, llegará a su portería y solo con que pasee sus preciosos ojos por la primera fila, nos verá.
El maldito cabeza hueca se toma su tiempo. Se detiene bajo los palos, le da una patada a cada uno de los laterales y a mí me parece una especie de ritual. Se ajusta los guantes, pasa sus manos por la red y, entonces, me busca. Me queda claro que sabe perfectamente donde estoy sentada porque sus ojos han ido directos a los míos. Entonces sonríe y hace un gesto que hace que mi mandíbula caiga al suelo. Se lleva la mano izquierda al pecho e inclina la cabeza. ¡Joder! Me siento como una dama de la Edad Media recibiendo el saludo de su caballero antes de que comience el torneo. Y es que es bastante fácil imaginar a Alex vestido con una armadura y subido a un caballo. Se ajustaría el yelmo, tomaría su lanza y me saludaría igual que acaba de hacer antes de voltear a su caballo para entrar en liza. Parpadeo para salir de mi ensoñación y veo que su sonrisa se amplía. Debe haberse dado cuenta de mi cara de idiota. En cuanto el partido acabe, pienso salir corriendo. Madre mía, ¡qué vergüenza!
Tengo los nervios controlados. Antes de cada partido, visualizo posibles jugadas. Además, conozco a los delanteros del Real Madrid y siempre trato de adelantarme a sus movimientos. Convencido de estar listo, salgo al campo. Termina el himno, suenan nuestros nombres y, tras los saludos, me dirijo a mi portería. Y en ese momento aparece la incertidumbre. ¿Habrá venido? Trato de relajar la tensión de mi estómago, centrándome en el ritual de antes de cada partido, pero la impaciencia y la ilusión me hacen levantar la mirada y buscarla. ¡Joder! La veo y me parece tan bonita que me dan ganas de arrodillarme. ¿Me habré vuelto gilipollas? Pues, quizá sí, porque lo que ella me hace sentir me parece de lo más peliculero. Me cuesta romper nuestra mirada, pero el árbitro está a punto de pitar el comienzo del partido, así que sonrío para que sepa que me ha hecho feliz verla allí y me doy la vuelta.
Trato de prestar atención a la retransmisión del partido que me está haciendo Mari Carmen. La pobre sabe que no tengo ni idea de fútbol y me habla de fueras de juego, faltas y no sé qué más. Sin embargo, de vez en cuando, desconecto y comienzo a cuestionarme qué hago allí, a dónde me va a llevar esta tonta ilusión. Hasta ahora creía que me atraían los hombres tipo intelectual, con gustos parecidos a los míos, aficionados a la lectura, al teatro y a la investigación médica, pero está claro que eso era porque no había aparecido un gladiador sudoroso en mi vida. Sí, mis pensamientos ahora van por ahí. Ha comenzado pareciéndome un soldado, luego un caballero y ahora, al verlo correr, saltar, estirarse y rodar por el suelo me parece un gladiador.
Y si solo fuera su apariencia de dios nórdico lo que me tiene en las nubes… pero no. Alex es solidario. Solidario de verdad, no de postureo. He preguntado en el hospital y no se limita a aparecer solo en Navidad. Colabora todo el año en diferentes campañas. Y luego está su manera de comportarse con su hermano, firme y cariñoso al mismo tiempo. De repente, noto que me ahogo con todo lo que siento al mirarlo y Mari Carmen se da cuenta.
—¿Y esa cara? ¿No lo estás pasando bien?
—No me gusta —balbuceo.
—¿El fútbol? —me pregunta, extrañada.
—Lo que siento —respondo, con la mirada fija en el duro, pero atractivo rostro de Alex.
De nuevo, un sonido, que me parece estridente, interrumpe mis delirios. Es el pitido que pone fin a la primera parte. Siento que necesito irme, pero Alex se ha girado, ha clavado sus ojos azules en los míos y comienza a caminar hacia mí.
—Hola —nos dice, con la respiración todavía acelerada por la última jugada.
—Hola —saluda Mari Carmen, entusiasmada.
Yo me quedo callada, mirándolo. Pensando en si ha adivinado que estaba a punto de salir corriendo. Él mira entonces a mi amiga, como pidiéndole algo de privacidad, y se acerca a mí todo lo que la valla le permite.
—Dime tu número de teléfono —me ruega.
Sí, eso ha sido un ruego con una voz ronca y jadeante que se cuela por todos los poros de mi piel. Comprendo que es tarde para huir. Acaba de atraparme y hechizarme. Le doy mi número y veo como sus labios van repitiendo cada cifra, memorizándolas. ¡Joder! Ahora me pasaré las horas esperando una llamada suya o un mensaje. Pero, entonces, vuelve a hacer uno de esos gestos que me descolocan y que hacen que me crea la protagonista de todas las malditas películas de Disney. Alex busca mi mano con la suya, enguantada aún, se la lleva a los labios y deja un beso caliente en mi palma, antes de irse. Me derrito. Estoy perdida.