Avanza el partido…
Con el paso de los días, mi interés por el dichoso futbolista no ha desaparecido. Lo he buscado en redes, por curiosidad, me he dicho. También me he quedado atontada con alguna que otra foto suya sin camiseta, diciéndome que, al fin y al cabo, soy humana y él… él de humano no tiene nada. Para pesar mío, me sigue pareciendo un dios. Sí, hasta vestido de futbolista.
Hasta ahora he resistido las burlas de Mari Carmen, pero ella no es tonta y se ha dado cuenta de mi sonrojo cada vez que me lo nombra. Solo espero que este inútil episodio de encaprichamiento se me pase pronto, porque me empiezo a dar pena hasta a mí misma. Que ¿por qué? Porque creo que me he vuelto adicta a sus sonrisas y es que, tras un turno largo o una mala jornada en urgencias, algo me empuja a buscarlas en sus fotos. Parezco la fan quinceañera del actor de moda y no me reconozco. Y justo cuando me propongo en firme sacármelo de la cabeza, lo veo entrar por la puerta del hospital. No me alegro, no sonrío. Lleva un niño en brazos y cara asustada. Corro hacia él.
—¡Alex! ¿Qué ha pasado? —le pregunto.
—Se ha cortado la mano, no deja de sangrar y está muy asustado—me cuenta, buscando mi mirada.
Yo me doy cuenta de que el niño no es el único que está asustado. Enseguida, aparecen mis compañeros con una silla de ruedas y tratan de sentar al pequeño en ella, pero el niño se agarra más a Alex y grita desesperado.
—No puedo dejar a mi hermano solo, Leire. Iker es autista, por favor—me implora Alex.
Mi corazón se ablanda con toda la situación y tomo el mando. Abro las cortinas de un box y los hago pasar. De inmediato tengo a Alex, sentado en una camilla, con su hermano entre sus rodillas con el brazo extendido para que le hagamos la cura. Los suaves murmullos de Alex en el oído de su hermano no solo consiguen calmar al pequeño. En mí también tienen un efecto sedante, igual que suelen hacer sus fotos. Una vez terminadas las curas, veo que Iker se ha quedado dormido en brazos de su hermano, tiene una carita tan dulce que no puedo evitar acariciar su pelo. Entonces, noto la mirada penetrante de Alex y mis ojos se desvían a los suyos. Claramente, no es el momento ni el lugar, pero, por un segundo, todo desaparece a mi alrededor, excepto él y mis ganas de acariciar también su pelo.
De repente, la doctora que ha atendido a Iker aparece de nuevo con documentos, recetas e instrucciones, nos saca del trance y yo volteo, avergonzada, para abandonar el box.
Hasta que no he metido a Iker en su cama, me he despedido de mi madre y me he encontrado conduciendo hacia mi casa, no me he permitido desconectar de lo que ha ocurrido. Suspiro profundamente, me repito que todo ha terminado bien y, con la calma, es ella la que regresa a mi mente. Leire, la enfermera borde en la que no he dejado de pensar los últimos días, se ha convertido, de repente, en un ángel de eficiencia y cariño. Solo al final, con Iker ya tranquilo, he podido fijarme bien en ella. Se la veía cansada, pero, aun así, la condenada estaba preciosa, vestida con su bata blanca y con el pelo recogido dejando a la vista su cuello tentador. Ha habido un momento en el que nuestras miradas se han abrazado y hasta he imaginado que nos acabaríamos… Pero ¿en qué estoy pensando? ¡Parezco un puto poeta!
Me burlo de mí mismo, sonrío y le subo el volumen a la radio. Suena La canción más bonita del mundo de La oreja de Van Gogh y, en ese momento, decido que quiero volver a verla. No tengo su número de teléfono, pero, por suerte, sé exactamente dónde trabaja. Mi sonrisa se hace más amplia.
He acabado de hacer la ronda y me dirijo al puesto de control de la planta. Allí, me encuentro con una sonriente Mari Carmen que agita un sobre a modo de abanico. Me acerco a ella y, para mi sorpresa, me alarga el sobre.
—¡Leire! Mira, mira a quién va dirigido esto… —me canturrea.
—«Para Leire, del futbolista cabeza hueca—leo en voz alta mientras mi corazón se acelera.
Abro el sobre y saco dos entradas para un partido de fútbol y una nota con solo tres palabras: ven a verme.
—¡Te ha invitado al partido de este domingo en Anoeta contra el Real Madrid! ¡Dime que me llevarás! —exige mi amiga, la «manos largas», que no ha tardado en quitarme de los dedos las entradas.
Las entradas me dan igual, mis ojos no se apartan de su nota.
—Pero… —pongo la mano en mi pecho, tratando de aquietar mis latidos y miro a Mari Carmen— ¿qué pinto yo en un partido de fútbol?
—Vamos a ver, cielo, que tú solo tienes que estar pendiente del portero. Yo ya me ocuparé de admirar y animar al resto, ¿vale? Al final, te hago un resumen y te canto el resultado.
Tres días más tarde, no puedo creer que esté entrando con mi amiga en el estadio Anoeta. Nos guían hacia nuestros asientos, nos acomodamos cerca de una portería y yo comienzo a mover las piernas sin parar.
—Leire, ¿estás bien?
—No. Me siento como si hubiera aceptado una cita. Una cita rara en la que las dos personas no van a hablar.
—Estamos cerca de su portería, así que, a lo mejor, se acerca a saludar.
—¿De verdad? ¡Joder! Ahora me he puesto más nerviosa. Deberíamos irnos…
Mi intención de huir se ve interrumpida con el atronador sonido de los altavoces por los que suena un himno. Luego el presentador, o speaker, como me ha informado Mari Carmen que se llama, anuncia los nombres de los jugadores. Me tenso, me muerdo el labio inferior y abro los ojos de par en par cuando escucho: «… nuestro capitán y guardameta, Alex Remiro»
¡Ay, dios! Otra vez el corazón se me desboca al verlo y eso que está bastante lejos. Pero solo verlo caminar, tan decidido, hacia el centro del campo me pone cardíaca. Me recuerda a un soldado esperando a pasar revista cuando se detiene al lado de sus compañeros. Lo veo saludar a los árbitros, a un jugador del equipo contrario y… Vale, llegó el momento. En unos segundos, llegará a su portería y solo con que pasee sus preciosos ojos por la primera fila, nos verá.
El maldito cabeza hueca se toma su tiempo. Se detiene bajo los palos, le da una patada a cada uno de los laterales y a mí me parece una especie de ritual. Se ajusta los guantes, pasa sus manos por la red y, entonces, me busca. Me queda claro que sabe perfectamente donde estoy sentada porque sus ojos han ido directos a los míos. Entonces sonríe y hace un gesto que hace que mi mandíbula caiga al suelo. Se lleva la mano izquierda al pecho e inclina la cabeza. ¡Joder! Me siento como una dama de la Edad Media recibiendo el saludo de su caballero antes de que comience el torneo. Y es que es bastante fácil imaginar a Alex vestido con una armadura y subido a un caballo. Se ajustaría el yelmo, tomaría su lanza y me saludaría igual que acaba de hacer antes de voltear a su caballo para entrar en liza. Parpadeo para salir de mi ensoñación y veo que su sonrisa se amplía. Debe haberse dado cuenta de mi cara de idiota. En cuanto el partido acabe, pienso salir corriendo. Madre mía, ¡qué vergüenza!
Tengo los nervios controlados. Antes de cada partido, visualizo posibles jugadas. Además, conozco a los delanteros del Real Madrid y siempre trato de adelantarme a sus movimientos. Convencido de estar listo, salgo al campo. Termina el himno, suenan nuestros nombres y, tras los saludos, me dirijo a mi portería. Y en ese momento aparece la incertidumbre. ¿Habrá venido? Trato de relajar la tensión de mi estómago, centrándome en el ritual de antes de cada partido, pero la impaciencia y la ilusión me hacen levantar la mirada y buscarla. ¡Joder! La veo y me parece tan bonita que me dan ganas de arrodillarme. ¿Me habré vuelto gilipollas? Pues, quizá sí, porque lo que ella me hace sentir me parece de lo más peliculero. Me cuesta romper nuestra mirada, pero el árbitro está a punto de pitar el comienzo del partido, así que sonrío para que sepa que me ha hecho feliz verla allí y me doy la vuelta.
Trato de prestar atención a la retransmisión del partido que me está haciendo Mari Carmen. La pobre sabe que no tengo ni idea de fútbol y me habla de fueras de juego, faltas y no sé qué más. Sin embargo, de vez en cuando, desconecto y comienzo a cuestionarme qué hago allí, a dónde me va a llevar esta tonta ilusión. Hasta ahora creía que me atraían los hombres tipo intelectual, con gustos parecidos a los míos, aficionados a la lectura, al teatro y a la investigación médica, pero está claro que eso era porque no había aparecido un gladiador sudoroso en mi vida. Sí, mis pensamientos ahora van por ahí. Ha comenzado pareciéndome un soldado, luego un caballero y ahora, al verlo correr, saltar, estirarse y rodar por el suelo me parece un gladiador.
Y si solo fuera su apariencia de dios nórdico lo que me tiene en las nubes… pero no. Alex es solidario. Solidario de verdad, no de postureo. He preguntado en el hospital y no se limita a aparecer solo en Navidad. Colabora todo el año en diferentes campañas. Y luego está su manera de comportarse con su hermano, firme y cariñoso al mismo tiempo. De repente, noto que me ahogo con todo lo que siento al mirarlo y Mari Carmen se da cuenta.
—¿Y esa cara? ¿No lo estás pasando bien?
—No me gusta —balbuceo.
—¿El fútbol? —me pregunta, extrañada.
—Lo que siento —respondo, con la mirada fija en el duro, pero atractivo rostro de Alex.
De nuevo, un sonido, que me parece estridente, interrumpe mis delirios. Es el pitido que pone fin a la primera parte. Siento que necesito irme, pero Alex se ha girado, ha clavado sus ojos azules en los míos y comienza a caminar hacia mí.
—Hola —nos dice, con la respiración todavía acelerada por la última jugada.
—Hola —saluda Mari Carmen, entusiasmada.
Yo me quedo callada, mirándolo. Pensando en si ha adivinado que estaba a punto de salir corriendo. Él mira entonces a mi amiga, como pidiéndole algo de privacidad, y se acerca a mí todo lo que la valla le permite.
—Dime tu número de teléfono —me ruega.
Sí, eso ha sido un ruego con una voz ronca y jadeante que se cuela por todos los poros de mi piel. Comprendo que es tarde para huir. Acaba de atraparme y hechizarme. Le doy mi número y veo como sus labios van repitiendo cada cifra, memorizándolas. ¡Joder! Ahora me pasaré las horas esperando una llamada suya o un mensaje. Pero, entonces, vuelve a hacer uno de esos gestos que me descolocan y que hacen que me crea la protagonista de todas las malditas películas de Disney. Alex busca mi mano con la suya, enguantada aún, se la lleva a los labios y deja un beso caliente en mi palma, antes de irse. Me derrito. Estoy perdida.
Ara sí que sí!! Ya estoy atrapada sin Remiro, digo, sin Remedio!!! Me has enganchado en tus redes como el portero atrapa a Leire.... impaciente por seguir leyendo!! 👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼😘😘❤️❤️
ResponderEliminarGracias, cielo. ¿La llamará?
EliminarNo sé quién le ha metido un gol a quién 😜
ResponderEliminarJajaja. De momento... se van pasando la pelota...
ResponderEliminaroh,me encanta ,quiero más 🥰🥰🥰🥰
ResponderEliminarQue bonito nos haces soñar Isa. Miles de gracias!!!!
ResponderEliminarAhora ya sabes quién soy. Repito. Que bonito nos haces soñar, Isa. Miles de gracias!!!
ResponderEliminarPensé que podría resistirme.. pero no he podido...jajajaja iba a hacer el mismo chiste que Raquel...que estaba perdida sin Remiro. Jajaja y si he descubierto que estoy perdida ya sin Saber de Leire y Alex. Y los momentazos que seguro nos das!!! Gracias!!!!
ResponderEliminarDeseando leer que pasará ente Leira y Alex. Cambiará Leira su forma de pensar con respecto a Alex.
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