¿FINAL DEL PARTIDO?
¡Maldita sea! Llego tarde y, si hay algo
que odio, es la impuntualidad. En los demás y en mí mismo. Sobre todo, en un
día como hoy, pero mi hermano ha tenido una mañana complicada y mi madre me ha
llamado, agotada, para pedirme ayuda. He tenido que pasar por su casa, he
conseguido calmar a Iker y, para cuando he vuelto a subirme en mi coche, el
tráfico ya se había puesto imposible. Llego al aparcamiento del Hospital
Universitario Donostia e identifico los coches de varios de mis compañeros de
equipo, yo aparco donde puedo. Avanzo rápido hacia la puerta giratoria y corro
hasta el primer ascensor que veo. Una vez dentro, recuerdo ponerme la
mascarilla y, luego, pulso el número de la planta de oncología pediátrica. Fijo
mis ojos en la pequeña pantalla de cifras cambiantes, mientras me preparo
anímicamente para sonreír, animar y repartir regalos a los niños ingresados. A
medio ascenso, suena un ding dong, que interrumpe mis cavilaciones, y la puerta
se abre para dejar entrar a dos sanitarias que saludan sin mirarme. El fuerte
resoplido de una de ellas llama mi atención y hace que contemple desde detrás
de ella su perfil. La mascarilla que lleva puesta no me permite apreciarlo por
completo, pero lo poco que observo me gusta, me gusta mucho, hasta que la
escucho hablar.
—¿Tienen que ser siempre futbolistas? ¿No
pueden invitar a escritores o escritoras o… a investigadores? ¿Qué tienen de motivador
unos tíos cabezas-huecas que persiguen una pelota a través de un campo?
Estoy a punto de intervenir, indignado,
cuando la amiga le responde en un tono que solo ella considera confidencial.
—De motivador no sé, pero algunos están rebuenos
y no olvides que su objetivo siempre es meterla.
La
borde prejuiciosa se ríe con el comentario de su amiga y a mí su risa me
provoca más tensión en el estómago que ir a penaltis en una final de la
Champions. Por suerte, la puerta vuelve a abrirse y salgo tras ellas. ¡Mierda!
Parece que vamos en la misma dirección y mis ojos, traidores, se cuelgan de la
manera de andar de la arpía. Su pelo, recogido en una coleta oscilante, también
me hipnotiza y esta vez soy yo el que suelta un resoplido, justo cuando
llegamos a una puerta corredera. La atravesamos y aparecemos en una gran sala
de espera. Es la destinada a encuentros familiares y pequeños actos de entretenimiento
para los niños, y está bastante llena. Me detengo al lado de la sanitaria y
niego con la cabeza, en respuesta a la señal de mi entrenador para que me
acerque. No quiero interrumpir el discurso del director del hospital, además siento
una morbosa satisfacción al permanecer junto a ella.
No tengo ni idea de quién es, pero huele
de maravilla. Es lo único que he percibido de él cuando he entrado en el
ascensor, porque hubiera sido muy descarado girarme a mirarlo, en cuanto me ha
llegado la caricia de su perfume. Así que aquí estoy, tratando de atender al
discurso del director, mientras siento su presencia y trato de no derretirme
con su cercanía. De repente, el director me mira y comienza a aplaudir. ¿Qué
diablos ha dicho? ¡Mierda! He estado tan pendiente de la presencia del
grandullón a mi lado que no me he enterado de nada de lo que ha soltado mi
jefe. Cuando creo que no puedo ruborizarme más, me doy cuenta de que el aplauso
no iba para mí. Giro mi rostro y lo miro por primera vez. ¡Joder! Con razón
huele divino, es que es un puñetero dios y no lo digo por su cuerpo fuerte, su
pelo rubio o sus ojos azules, es que tiene la sonrisa más…DIVINA que he visto
en mi vida. Me doy una colleja mental y vuelvo a prestar atención. Está
hablando él. Madre mía, qué voz tiene… es perfecto, es divino, es… ¡futbolista!
¡No puede ser!
—… y siempre es un honor para nosotros
venir a compartir unos momentos con ellos, que son los verdaderos héroes. Gracias
por invitarnos a pesar de ser solo… unos tipos que corren tras un balón.
Vale. Si me quedaba alguna duda sobre si
había escuchado mi comentario del ascensor, acaba de despejarla. Al menos no ha
aireado mi mala educación en público. Avergonzada, doy un paso a la izquierda
para separarme de él, pero el muy… cabeza hueca hace lo mismo. Pretendo huir de
él, cuando voltea y clava sus ojos azules en los míos. No puedo dar ni un paso.
Acaba de atraparme con solo mirarme.
—Hola, doctora, ¿has salvado muchas
vidas hoy? —me pregunta con voz profunda.
—Ninguna, soy enfermera, ¿y tú? ¿has
metido muchos goles?
—Ninguno, soy el portero.
No puedo evitar mirarlo de arriba abajo.
—Sí, tienes pinta de portero, pero de
discoteca.
¿Por qué diablos le he dicho eso? Porque
me sigue mirando y me ha frito ya varias neuronas con su preciosa mirada. Estoy
por salir huyendo de la sala cuando noto que alguien tira de mi bata. Miro hacia
abajo y sonrío automáticamente a Marcos, uno de los pequeños pacientes.
—Leire, ¿es tu novio?
—¡No! —exclamo, incómoda, porque sé que
acabo de ponerme roja como un tomate y la cercanía de él está a punto de
hacerme temblar.
—¿Y por qué estás tan roja?
—Porque le han pitado penalti —interviene
él, guiñándole un ojo a Marcos.
Como una cobarde, aprovecho la ocasión
para escabullirme del acto y refugiarme en la sala de enfermeras de la planta. El corazón me va a mil por hora.

Com em fas açò!!! M'has ensenyat la piruleta i després l'has amagada!!! Más, más, más!!! Ya me has enganchado en tu anzuelo...una vez más!! 🥰🥰😘😘👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼
ResponderEliminarA veure si per demà tinc segona part 😘
ResponderEliminarOhhhh! 🥰 A mí tampoco me gustan los futbolistas, pero éste!!
ResponderEliminarOleee por El futbolista y la enfermera!!
ResponderEliminarya nos has vuelto a embaucar de nuevo, que arte tienes. Nos dejas con la miel en los labios, esperando la siguiente entrega. Promete mucho
ResponderEliminarEspero por nuestro bien. Que sigas con esta historia!!!! Que cabrita eres. Que bien tiendes la tela de arañita para dejar a estas polillitas atrapadas sin remedio!!!!!
ResponderEliminarQue habilidad tienes para convertir un ascensor en un microondas, el amor en todas sus formas es lo que mueve el mundo y tus dedos por el teclado, con resoplidos y todo es muy bueno. Bravo :)
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