domingo, 26 de marzo de 2023

Final del partido. Última parte.


 

¿Final del partido?

Otra celebración que se alarga. Aunque había avisado a Leire de que esta noche tampoco podría ir a buscarla al hospital, no había perdido la esperanza de escaquearme pronto de la comida de Navidad del club y pasar a verla. Tampoco es que pueda hacer mucho más. Nuestros malditos horarios nos tienen pendientes del teléfono. Además, conforme se acercan las fiestas, mis compañeros y yo tenemos más compromisos publicitarios que nos ocupan el tiempo, cuando no estamos en el campo jugando o entrenando. Y ella no para de hacer dobles turnos. Estoy impaciente por que llegue el parón navideño en la liga y ella se coja por fin unos cuantos días libres. 

Trato de pensar que aprovecharemos el tiempo juntos para hacer lo que hacen las parejas normales: ir al cine, a cenar y bailar o salir a hacer ejercicio. Claro que luego mi mente se va por otros derroteros y solo puedo imaginarnos enredados en las sábanas de mi cama, recuperando el tiempo perdido. Uf, me llevo la copa de agua fría a los labios y veo de refilón que alguien se me acerca

—¡Qué solito y qué serio te encuentro, Alex! —me grita Mentxu, del departamento de relaciones públicas del club, al mismo tiempo que se cuelga de mi cuello. Su aliento me indica que ha bebido bastante y su abrazo que ya no se tiene en pie. La sujeto por la cintura y localizo una silla tras ella. Trato de sentarla de forma digna, pero queda un poco desmadejada.

—Quédate aquí quietecita, anda, que voy a buscarte un café bien cargado —le advierto y antes de darme la vuelta me muestra un puchero que me hace sonreír.

Hace siglos que conozco a Mentxu y me sigue sorprendiendo que tras esa imagen de top model que necesita dar, debido a su trabajo, se esconda toda una payasa. Se le da de miedo contar chistes y soltar monólogos, quizá algún día se lance, deje el club y se vaya de bolos por España para hacer reír a la gente. Estaría bien que pudiera vivir de lo que realmente le gusta. 

Después de encargarme de mi amiga, sí que me despido del resto de compañeros y gente del club. De camino al coche, saco el móvil, miro la hora y veo que Leire está en línea. Le mando un corazón que se queda latiendo en la pantalla sin que ella responda, y el mío se encoje un poco.

Otro día sin verlo y ya van tres. Sé que los dos lo llevamos igual de mal, pero él es siempre el que me anima, el optimista que confía en que todo mejorará tras las fiestas y que tendremos más tiempo para estar juntos. En cambio, yo nunca he sido de ver la botella medio llena. Crecer sin padres ni hermanos, al cuidado de una abuela huraña, no te hace ver la vida de color de rosa precisamente. Me refugié en los libros y los estudios y si no hubiera sido por Mari Carmen, que me adoptó en cuanto me conoció, seguiría siendo tan tímida y solitaria como siempre. Gracias a ella, me abrí y hasta hice más amigos, aunque siempre dentro del limitado ambiente hospitalario. En el apartado de las relaciones me doy cuenta de que no he mejorado tanto. Creo que ser tan insegura no es algo que atraiga a los hombres ni que ayude a conservarlos… 

Y de ese humor ando cuando aparece el pesado del doctorcito con una sonrisa de oreja a oreja. Me doy la vuelta antes de que llegue a mi altura, pero me llama, canturreando mi nombre. 

—Leeeireee.

—Si no es un tema laboral, no me interesa lo que tengas que decirme —le advierto, cruzándome de brazos al enfrentarlo.

Él sonríe y se saca el móvil del bolsillo de sus carísimos pantalones de diseño italiano.

—¿Y si es por un tema personal? Vengo del restaurante Arzak y ¿adivina quién estaba allí? —me pregunta, agitando su móvil delante de mi cara.

—Déjate de tonterías, ya sé que Alex tenía comida de Navidad con su club —le respondo levantando mi barbilla.

—¿Y las animadoras del club también estaban invitadas? Porque el monumento de mujer a la que estaba medio follándose delante de todo el mundo no parecía un delantero o un defensa…

Mi gesto orgulloso se contrae. Quiero ignorarlo, quiero darme la vuelta y alejarme de él y sus venenosas palabras, porque sé que no son ciertas, no pueden serlo, pero no soy lo bastante rápida. Me planta una imagen ante los ojos que los empañan al momento. Parpadeo y vuelvo a fijar la mirada. Escucho el eco de algo rompiéndose y con la segunda foto que me muestra el satisfecho doctorcito comprendo que es mi corazón lo que se está haciendo añicos. 

Las dos personas de las fotos están pegadas la una a la otra. Él tiene una pierna entre las de ella que provoca que el corto vestido plateado se vea todavía más subido, y sus fuertes brazos la rodean como si temiera que ella se le fuera a escapar. Ella está colgada de sus hombros y con la cara hundida en su cuello. Comprendo, con ironía, que se aferre tanto a él, porque yo también he estado ahí, también he respirado su adictivo aroma. Se veía venir, me digo. Lo temiste desde el principio, me recuerdo. Has vuelto a confiar y a caer, me reprocho.

Consigo darme la vuelta, pero no doy ni un paso. Mi ex me agarra del brazo y me pega a él.

—¿Pesabas que un futbolista guaperas, famoso y podrido de dinero se iba a tomar en serio a una enfermerucha muerta de hambre como tú? El pobre ha hecho lo mismo que yo, Leire, ir a buscar a una mujer de sangre caliente porque tú no das la talla en la cama. Eres más fría que una muñeca de látex.

Cuando me suelta, corro a los vestuarios y me encierro en un baño. Me siento en un váter, me abrazo y apoyo la sien en la pared. Los sollozos no parecen míos, suenan lejanos, sin embargo, la sensación de ahogo que siento me asusta tanto que de forma inconsciente busco mi móvil en el bolsillo de la bata. Entro en el WhatsApp de forma mecánica, leo su nombre y de inmediato un corazón comienza a latir bajo él. Late burlándose de mí, así que apago el móvil del todo y me quedo allí, escondida, pequeña, hasta recobrar las fuerzas para salir a hacer lo único que parece que se me da bien.



No la localizo. Tampoco a Mari Carmen. En el hospital me dicen que están de vacaciones y en el apartamento que comparten nadie abre la puerta. Ninguna de las dos responde a mis mensajes ni a mis llamadas y no conozco a nadie más a quién preguntar. Si le hubiera ocurrido algo que le impidiera contactar conmigo no me habrían dicho en el hospital lo de las vacaciones y eso es lo único a lo que me aferro para calmar mi preocupación por ella. 

Porque no puedo evitar sentir que ella está mal. No sé el motivo y no comprendo por qué me ha dejado fuera. Me niego a pensar que, de un día para el otro, se ha esfumado lo que sentía por mí así que debe ser un tema familiar. No sé mucho de su familia, no me ha hablado de nadie y no he querido presionarla porque he creído que lo haría con el tiempo. El tiempo… El puto tiempo ha sido nuestro enemigo desde el principio y una idea sobre como vencerlo me ha estado rondando las últimas noches. Esas en las que hubiera querido tenerla entre mis brazos, viéndola dormir. Vivir juntos. Cada vez tengo más claro que es la solución. Sé que es pronto y que abrirá sus preciosos ojos dorados como platos en cuanto se lo pida. No solo estoy muy seguro de mí mismo (algo que algunos me critican) es que también estoy seguro de lo que sentimos el uno por el otro. 

El tiempo, la vida, nos pasa por delante mientras creemos que no se agotará, pero, cuando has visto irse a alguien demasiado joven, como al delantero que se desplomó en el campo durante un partido, abres los ojos y comienzas a valorar cada maldito segundo. 

La convenceré como sea, pero, para eso, primero debo encontrarla. No tengo muchos recursos por lo que me acomodo en el cabezal de mi cama y abro Instagram. Sondeo sus contactos, luego los de Mari Carmen y, con algo de asco, abro la cuenta del doctor relamido. Se abre una historia con una foto y cada vez que salta a la siguiente yo vuelvo a picar la pantalla para volverla atrás. «Reconciliación. Otro amanecer con ella» leo una y otra vez. La foto, hecha desde una perspectiva parecida a la mía, muestra la mitad de una cama de sábanas revueltas que tapan a medias dos pares de piernas entrelazadas. La luz que ilumina la escena entra por un ventanal que enmarca un amanecer en una playa. Me vuelvo loco buscando más fotos en el Instagram de ese cabrón que me den pistas de dónde coño está y con quién. No puede estar con ella. Leire no puede haberme echado de su vida sin una palabra y haber vuelto a los brazos de ese tío. «Me engañó», me dijo. «No es nadie importante», me aseguró. Me paso la noche en vela y, con la llegada de la mañana, veo que Mari Carmen cuelga un pequeño vídeo de una playa. Leire está con ella, me digo, renacido, a pesar del sueño. Le mando un mensaje que espero que, esta vez, sí responda. Lo hace al cabo de unas horas, pero no me promete nada…

Las dos semanas de desconexión en la casa de los abuelos de Mari Carmen en Ribadesella me han hecho bien, aunque solo ha sido eso: desconexión. Un paréntesis que termina y que me lanza de nuevo a mi rutina; la de «antes de él». Llego en bus al hospital y mis ojos se van hacia el aparcamiento, en búsqueda de un monovolumen oscuro que obviamente no encuentro. Me regaño y me dirijo a la puerta corredera. Cruzo el vestíbulo sin recabar en la gran lona publicitaria de la derecha que anuncia un evento al que no pienso asistir, a pesar de haberlo hecho cada año desde que se celebra. ¿Un baile benéfico en apoyo a la investigación sobre el autismo? Ni loca. Él irá, lo sé. Y yo soy lo suficientemente sincera conmigo misma como para reconocer lo cobarde que soy. Tan cobarde como para no haber leído ninguno de sus mensajes. Tan cobarde como para saber que me moriría de pena si vuelvo a verlo.

En planta y ya de uniforme, varias compañeras se me acercan intrigadas y me veo obligada a ponerme la máscara de la fría e insensible Leire que mi ex afirma que soy. Me cuentan la de veces que vino Alex, la de llamadas que hizo y la de cajas que llegaron de su parte. No digo nada, solo niego y ellas se dan por vencidas. Horas más tarde aparece Mari Carmen. Como no sabe disimular, leo sus ojos y me pongo a temblar. Sé que va a hablarme de él y levanto la mano para detenerla en cuanto abre la boca.

—No quiero saber nada.

—Cielo, por favor —me ruega uniendo sus palmas.

—Duele. Mucho. Y cuando eso pasa es mejor extirpar o amputar.

Mari Carmen hace una mueca ante el uso de vocabulario médico por mi parte.

—No se puede extirpar el corazón porque no se puede vivir sin él, cariño. O, mejor dicho, sí se puede porque los dos lo estáis haciendo…

Me doy la vuelta al ver que mi amiga no parece que vaya a desistir, pero me sigue por el pasillo.

—Tengo que pedirte un favor —me dice a la espalda y provoca que me dé la vuelta.

Frunzo el ceño y la miro con la sospecha pintada en mis ojos.

—¿Por qué me miras así? ¿Cuántas veces te he pedido algo? —me reprocha, con razón.

—Pocas veces, casi nunca —admito, mirando al suelo—. Siempre soy yo la que se cuelga de tus faldas, la que pide y pide y pide y tú no haces más que apoyarme cuando lo necesito, empujarme cuando me faltan fuerzas y consolarme cuando me derrumbo.

Mari Carmen da muestras de su enorme generosidad y me abraza. Dejo unas cuantas lágrimas en su hombro y le devuelvo el abrazo. Ella es mi hogar, mi familia, la única que tengo y no le agradezco todo su amor tanto como debería. El doctorcito tiene razón cuando me describe. ¡Mierda!

—¡Tú has hecho lo mismo por mí! ¿Por qué nunca recuerdas tus virtudes, Leire?

Ante su zarandeo levanto mis ojos y los apoyo en los suyos. No sé qué responder así que digo algo que resuma mi agradecimiento y cariño por ella.

—Te quiero mucho.

—¡Madre mía! Eres un caso. Un caso al que adoro y al que quiero ver feliz de una puñetera vez. Vas a venir conmigo al baile benéfico. Ese es el favor que te pido, sin preguntas y sin protestas.

Me detengo delante del hotel, salgo del coche tratando de aflojar la dichosa pajarita que me ahoga y le paso la llave y un billete al aparcacoches. Estoy solo. Iker no soportaría estar más de diez minutos en un evento tan concurrido y mi madre se ha quedado con él en casa. 

Cruzo el vestíbulo y entro en el enorme salón decorado de globos azules. Saludo a varios de mis compañeros, a los miembros de varias organizaciones con las que colaboro y trato de no parecer ansioso, pero Mari Carmen me ha dicho que Leire ha accedido a ir y solo puedo pensar en lo que le diré cuando pueda hablar con ella. Si es que deja que me acerque. Me ha costado la vida misma enterarme de por qué se alejó de mí y, aunque, al principio me cabreé bastante cuando Mari Carmen me lo contó, echando fuego por los ojos, luego me metí en la piel de Leire y la comprendí. Mi niña no es como yo. Mi chica lo ha pasado mal y ha crecido dudando de su valía, pero, si me deja, voy a dedicarme a hacerle comprender que es la mujer de mi vida; que no tiene substituta, que vale muchísimo y que me haría el hombre más feliz del planeta si se viene a vivir conmigo.

Estoy hablando con Karra, de la directiva del club, cuando se nos acerca Mentxu. No puedo creer que nos acabe de invitar a su primera participación en un espectáculo cómico. Los de la asociación de Donosti por el Autismo le han insistido en que se una a su grupo de animación infantil y ella ha dicho que sí. La abrazo y el mismo sexto sentido que me hace a veces intuir hacia dónde va a ir la pelota, cuando me chutan un penalti, me lleva a mirar hacia la entrada. 

¡No me jodas! Acaban de entrar Leire y Mari Carmen y yo acabo de quedarme sin aire en los pulmones. Mi preciosa enfermera luce un vaporoso y corto vestido azul, se ha subido a unos taconazos y lleva el pelo recogido. Si no beso ese cuello en poco tiempo me dará un infarto. Eso si no me mata ella antes. Sus ojos se clavan en los míos y se cierran al momento. ¡Joder! ¡Que tengo a Mentxu agarrada! Suelto a mi amiga y salgo corriendo hacia la entrada. Me cruzo con Mari Carmen soltándole un «gracias, te debo una» y avanzo como un soldado hacia mi presa. 

—Espera, espera —le digo, deteniéndome frente a ella sin intención de dejarla pasar.

—Déjame. Esto… esta crueldad no era necesaria —susurra mirando al suelo.

No me atrevo a subirle la barbilla con mis dedos, por miedo a que me los muerda. Así que suelto todo lo que llevo dentro sin filtros.

—Esa chica es Mentxu, es amiga mía desde que entré en el club con doce años y ella iba con su padre al campo. El día de la comida del club estaba borracha y la ayudé y hace un minuto lo que has visto era mi felicitación por una buena noticia que me ha dado. No tengo nada con ella, solo es mi amiga. Es a ti a quien quiero. Solo a ti. Desde que escuché tu risa en el ascensor del hospital después de llamarnos a todos los futbolistas cabeza huecas. Sé que no te lo crees. Pero te lo voy a repetir las veces que haga falta hasta que te lo creas. Te quiero. Aquel día, me enamoré de tu risa y de cómo mirabas a los niños de oncología. Y me enganché a lo que me hiciste sentir y me dije que quería seguir sintiendo eso, porque era jodidamente bueno. Estar contigo es bueno y quiero más. Mucho más.

Ruego no desmayarme, pero el corazón me late a tal velocidad que temo caer redonda al suelo. Tengo a Alex frente a mí, vestido de esmoquin, contemplando mi cara con sus valientes ojos azules y diciéndome que me quiere. No puedo creerlo. No es que dude de sus palabras, lo ha aclarado todo con su típica y directa sinceridad, sin embargo, la parte del amor… ¿Es en serio? Una y otra vez me convierte en la heroína de la novela, en la protagonista de la comedia romántica, cuando yo solo me siento la apuntadora del director. 

—Veo que necesitas que te lo repita… te quiero, Leire —susurra. 

Luego, me toma por la cintura y me acerca a él. Sube su mano a mi mejilla y toca una lágrima que no he notado llorar. Cierro los ojos y al mismo tiempo que sus manos avanzan hacia mi espalda, las mías suben a sus hombros. Apoyo mi cara en su pecho y vuelvo a respirar sin ahogarme.

—Lo siento, Alex —murmuro cuando soy capaz de hablar.

—Te perdono si bailas conmigo. Todavía no hemos podido hacerlo —me dice con voz enronquecida al oído. 

Me aparto lo justo para asentir y sonreírle. Me toma de la mano y me lleva a la sala en la que suena una bachata. Mis ojos se cruzan con los de varias personas que nos miran sonriendo y me ruborizo, pero solo tengo que subir mis ojos a los suyos para olvidarme de todo y de todos. Vuelvo a estar entre sus brazos y esta vez es la lenta y sensual música la que nos envuelve. Alex inclina su cabeza y mi corazón se salta un par de latidos ¿va a besarme? Apoya su frente en la mía, baja sus manos un poco más por mi espalda y yo comienzo a arder. Esto no es un baile. Mi guerrero ha comenzado a hacerme el amor de forma sutil y de repente siento que me libero. Pegada a él, salgo de la crisálida que me ha tenido atrapada toda la vida. Quiero volar y quiero que sea con él. 

—¿Alex?

—¿Mmm?

—Yo también te quiero y…

—¿Y? —me pregunta con los ojos abiertos y la respiración acelerada.

—Y quiero que me hagas el amor, pero a solas, si puede ser, porque me estás tocando y me estoy poniendo mala y llevo semanas deseándote y pensando en ti a todas horas y… no aguanto más. Por favor —ruego y doy por finalizada mi torpe declaración de amor.

—Estamos en un maldito hotel, Leire —me sugiere, estrechando aún más sus brazos hasta que noto la firmeza de su cuerpo. Sobre todo de una parte de su cuerpo.

—Genial, qué casualidad —le susurro y esbozo una sonrisa traviesa.

Alex aprieta su perfecto mentón y luego coge aire. Buscamos con la mirada a Mari Carmen y ella se limita a decirnos adiós sin dejar de bailar con Karra. Parece que han hecho buenas migas.

Mi chico vuelve a cogerme de la mano y se dirige a la salida con grandes zancadas que yo no puedo seguir con mis tacones prestados.

—¡Cariño!

Alex se voltea y me mira con los iris más brillantes que nunca.

—No puedo seguirte —le digo señalándome los tacones.

—Eso lo veremos en cuanto te tenga para mí solo —me reta, caminando algo más lento hacia la recepción.

Diez interminables minutos más tarde, entramos en un ascensor que nos ha de llevar a la décima planta. Las puertas se cierran y Alex se pone detrás de mí. La piel se me eriza y la respiración se me tropieza. Se acerca más, sus manos se posan en mi cintura y las baja por mis caderas. Me muerdo el labio inferior y aprieto los muslos.

—De nuevo te tengo delante en un ascensor, preciosa —su ronca voz desciende por mi cuello, resbala en mi piel y aterriza en mis senos sensibles.

—Aquel día solo percibí tu olor y no me giré a mirarte por vergüenza —confieso temblando.

—¿Y ahora? —me reta, justo antes de poner sus labios detrás de mi oreja.

—Ahora nada me da vergüenza si es contigo.

Aprieto mis nalgas contra él y mis labios se abren para dejar salir el primero de los suspiros de la noche. Sus manos se adentran bajo mi vestido, pero suena el ding y la puerta se abre para dejarnos muertos de ganas de tenernos.

No sé ni cómo llegamos a la habitación, pero al fin estamos dentro y solos. Nuestras manos vuelan al cuerpo del otro y nuestras bocas se buscan sedientas. Desnudarnos el uno al otro sin dejar de besarnos se convierte en un desafío que logramos superar a base de determinación. Cojo aire al sentir el pecho desnudo de Alex contra el mío y él sonríe contra mis labios abiertos. 

—Tú también me dejas sin respiración, preciosa —me dice colando los dedos en mi ropa interior para bajarla por mis muslos.

Apoyo las manos en sus hombros porque se está arrodillando y, mientras, va dejando besos en mi piel. O me sujeto o me deshago entre sus manos.

—Alex… —le ruego no sé bien el qué.

Él eleva sus ojos hacia los míos, sonríe como un lobo y besa el lugar que arde por él. Clavo mis dedos en sus hombros y me rindo. Me ofrezco a él con toda la confianza que siempre he guardado bajo llave, porque solo él es capaz de romper mis reservas, abrir mis candados y abrazar mi alma. Lo amo tanto que dentro de mí se aviva un fuego brutal de amor y éxtasis. Grito su nombre, creyendo que caeré, pero eso ya jamás ocurrirá. Álex me toma en sus brazos, me estrecha en su pecho y camina hacia la cama. Me tumba, me besa en la frente y se acuesta a mi lado. Sigo ardiendo en las brasas que ha encendido su boca, sigo en un limbo mágico de ternura y pasión. Sigo deseándolo y sé que él espera por mí.

Me mira desconcertado cuando me ve levantarme de la cama.

—Necesito una cosa y espero que tú, como experto en impedir penaltis, la lleves en la cartera.

Alex ríe, levanta los brazos por encima de su cabeza y la acaba apoyando en sus manos. Y en esa pose tan engañosamente relajada me espera, mientras gateo por la cama hacia él. Ha cerrado los ojos y yo aprovecho para recorrerlo con mirada enamorada y algo lasciva. Mi chico está como… sí, como un dios. Y es todo mío. Esa idea posesiva me calienta como nada. Lo acaricio, su cuerpo responde y le pongo el preservativo, arrancándole gemidos de impaciencia. Subo a él y espero a que abra los ojos. Cuando lo hace, dejamos de sonreír, porque nuestras miradas se han enlazado y se han hecho una seria promesa.

Alex pone sus manos en mis caderas y yo me muevo para darle la bienvenida a mi cuerpo. Siento como entra, lento e imparable, hasta conquistarlo todo. Es placer, es deseo, es toda una revelación que pone lágrimas inesperadas en mis ojos. Él las nota. Lo veo coger aire, levantar su torso y abrazarme. Nuestros cuerpos se unen más si cabe, nos susurramos un te quiero y comenzamos a besarnos con desespero. Oscilo en él como el mar bajo el influjo de la luna. Él es mi tierra firme y voy y vuelvo sobre él. Sus manos en mi espalda acarician mis viajes, primero con cariño luego con devoción. Nuestros besos se vuelven mar, nuestras caricias se vuelven viento y un orgasmo de tormenta nos recorre hasta dejarnos agotados y abrazados entre olas de sábanas desordenadas.

Tardamos tanto en poder hablar que el sueño casi nos atrapa. 

Me siento agotado y, al mismo tiempo, lleno de energía, y es por ella. Por todo lo que me provoca ella entera. Su voz, su piel, su sabor, sus palabras, su olor… Por fin la tengo donde quería y como llevo semanas imaginándola: desnuda entre mis brazos. Pero la imaginación no le ha hecho justicia a este momento. 

—Ha valido la pena esperar a tenerte —susurro con mis labios pegados a su frente.

—Estaba pensando algo parecido. Si hubiera sido así de… perfecto, de haberlo hecho antes —me dice, antes de besar mi hombro y acurrucarse más sobre mí.

—No tengo ni idea, preciosa, lo que sé es que quiero esto contigo cada puñetero día y ahora es cuando vas a tener que prestarme atención.

—Ja, ja, ja. No he dejado de prestarte atención desde que te has plantado frente a mí en el vestíbulo…

—Leire —pronuncio su nombre sin rastro de broma en mi voz y ella se incorpora en mi pecho para mirarme algo preocupada. Tomo su barbilla entre mis dedos, la beso con rapidez y cojo aire. —¿Vendrías a vivir conmigo?

Como era de esperarse, los preciosos ojos de mi chica acaban de abrirse de par en par. Sé bastante de tácticas y comprendo que es el momento de soltar toda la artillería.

—Te quiero, tú me quieres y nos morimos por estar juntos. Quiero verte nada más despertar, desayunar contigo y admirarte mientras te vistes. Quiero llevarte a trabajar antes de irme a entrenar y pasar a buscarte cuando termines, sea a la hora que sea, para volver a casa. ¡Joder, cariño! Quiero hacer la maldita compra contigo y que discutamos por el desorden y por todo lo que discuten las parejas. Quiero todo eso contigo, ¿y tú?

Leire sigue sorprendida, pero comienza a asentir de esa forma tímida que me vuelve loco.

—Digo a todo que sí —me susurra y yo siento mi pecho expandirse hasta el puto infinito. La beso, loco de felicidad, y la cubro con mi cuerpo. Me apoyo en los codos y enredo mis dedos en su pelo. Ella ríe feliz en mis labios, recorre mi espalda con sus manos y las baja hasta mi trasero para apremiarme mientras abre las piernas. Soy el tío con más suerte del mundo.

Después de un mes, sigo en una nube, pienso mientras observo conducir a Alex. Acabamos de salir de casa de su madre tras desayunar todos juntos. Mi maravillosa suegra me ha atiborrado de pantxineta y de cariño, y yo no puedo estar más agradecida por mi nueva familia. Pasar tiempo con Iker también es maravilloso. Como enfermera, no dejo de estudiar e interpretar sus gestos y sus miradas. Quiero conocerlo para aportarle paz y alegría. Como cuñada, lo quiero ya tanto y es tan dulce que cualquier día me lo comeré.

—Oye, preciosa, te podías haber quedado con ellos todo el día, hasta la hora de ir al campo —me dice Alex.

—Me habría encantado, pero es que, al final, Mari Carmen y Karra también vendrán al partido y he quedado con ellos cuando tú te vayas a la concentración.

—Genial. Entonces, ¿te llevo ya con ellos?

—¿Ya? ¿No tenías que parar a nosequé antes de ir al campo? —le pregunto, poniendo mi mano sobre su duro cuádriceps.

—No… —niega mi chico con algo de duda y mirando de reojo mi mano.

La subo un poco más por su pierna y vuelvo a insistir.

—¿Estás seguro?

Alex me mira con rapidez, mi mano llega a su destino y él toma uno de esos maravillosos caminos rurales que conoce de ir a correr cada domingo. Hacer el amor de día, en el coche, a media hora de tener que comparecer en la concentración de su equipo nos pone a mil. Pero es que estamos aún en plan quinceañeros con las hormonas revolucionadas y los «aquí te pillo aquí te mato» nos vuelven locos. El sexo rápido, pero satisfactorio acaba como siempre. Con un abrazo infinito, y un puñado de besos interrumpidos de «te quieros». 

Alex me deja en casa de Mari Carmen y se aleja para no llegar tarde. Minutos después recibo un mensaje suyo: «he llegado por los pelos, preciosa, pero ha valido la pena. Contigo todo vale la pena, te quiero». Sonrío como una idiota y Mari Carmen se acerca para darme un abrazo. Karra se ha escapado de la comida de directivas y se une a nosotras. Tras una larga sobremesa los tres nos dirigimos al estadio Anoeta en el que tendrá lugar una anécdota de lo más divertida. 

Estoy pendiente de Alex, como siempre, cuando lo veo mirar a la grada, unos asientos por detrás de nosotros, y fruncir el ceño. Extrañada, sigo su mirada y localizo a unos novios que hacen gestos hacia Alex. ¡Qué fuerte! Ella lleva el vestido de novia puesto y se señala su velo de novia sin parar. Mari Carmen, Karra y yo comenzamos a alternar nuestras miradas entre la pareja y Alex y acabamos entendiendo lo que ocurre. ¡La pareja quiere intercambiar el velo de la chica por los guantes de Alex! Mi dios nórdico sonríe, accede y les hace el gesto de encontrarse con ellos al acabar el partido.

Casi dos horas más tarde, los tres asistimos al intercambio. Veo que Alex indica a los novios que se acerquen a la valla, los felicita y les entrega sus guantes. Luego toma el velo que la chica le ofrece y se lo agradece con dos besos. El novio le estrecha la mano, contento y luego se abrazan entre ellos. Tras despedirse de la pareja, mi chico eleva la mirada y me busca. Yo me levanto y me acerco a la valla que siempre se interpone entre nosotros en sus partidos. Comentamos, divertidos, la anécdota, pero entonces Alex hace algo que nos deja a los dos descolocados y con el corazón acelerado. Pone sobre mi cabeza el velo intercambiado y nuestras miradas se vuelven peligrosamente intensas. 

—Aurrea… —susurra él.

—Aurrea… —respondo yo.

No decimos nada más. Tan solo nos inclinamos sobre la valla y nos fundimos en un beso que marca el final del partido. FIN.



1 comentario:

  1. Aaaahhhhhhhhh y así señoras y señores se pone la guinda a un pastel perfecto... Solo de imaginarme la cara que el doctorcito pondría al ver que su maldad no sirvió más que para avivar más a nuestros tortolitos. . maravilloso como siempre. Bravo!!!!!

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