45 minutos para el final.
Es tarde y en el avión que nos lleva de
regreso a San Sebastián casi todo el mundo duerme. Los auriculares me aíslan de
ronquidos y de conversaciones susurradas, gracias a las canciones de amor que
no paro de escuchar desde que conocí a Leire. ¡Joder! Si hasta entiendo las
bachatas azucaradas que ponen en la radio a todas horas. Nos imagino a Leire y
a mí bailando una de ellas, pegados el uno al otro con nuestras frentes unidas
y sintiendo como el deseo se va apoderando de nuestros cuerpos. Será mejor que
frene mi imaginación y le mande el mensaje de buenas noches. Desbloqueo el
móvil y, antes de ir al WhatsApp, abro «insta».
¿Quién
coño es ese tío moreno, con bata de mandamás y mirada de querer comerse a mi
chica? 😡Leire no ha subido ninguna foto, pero Mari Carmen sí y cada una de ellas
provoca que me arda el pecho. Ese doctor tiene pinta de delantero centro y acaba
de lanzarme un reto sin saberlo. No tío, no me vas a meter un puto gol. Cierro la
maldita app y me concentro en respirar y en apagar el fuego que me corre por
las venas.
Los dobles turnos cada vez me dejan más
destrozada, pero lo peor ha sido no poder contactar con Alex en las últimas
horas. Me dejé el móvil en casa y no he podido aprovechar los descansos para
llamarlo y, aunque le mandé un mensaje a través del móvil de Mari Carmen para
contarle lo del doble turno, no es lo mismo. No poder buscar el mar en sus ojos
o escuchar su voz profunda cuando necesito calma, me altera. Y en este doble
turno ha habido demasiadas ocasiones en las que me hubiera gustado recurrir a él.
Y no solo por temas médicos. Cada vez que he coincidido con “el doctorcito”, he
tenido que pararle los pies. No lleva bien que yo no esté llorando por los
rincones, tras haberlo pillado con otra. El muy engreído no soporta mi
indiferencia, debe creer que es fingida, cuando la verdad es que, después de
haber conocido a Alex, es imposible que me afecte nada de lo que él haga.
Por fin llega la hora de irme a casa,
pero toda la seguridad y aplomo que muestro como enfermera, desaparecen al
quitarme la bata. ¿Se habrá enfadado Alex? ¿Se habrá dado cuenta siquiera de la
falta de mensajes? No puede ser. Debo recuperar la autoestima que me robaron
mis dos relaciones anteriores o acabaré estropeando lo que tengo con… ¿Alex? 😍No
puedo creerlo. Acabo de cruzar la puerta del hospital, levanto los ojos y lo
veo al otro lado del parking, apoyado en un enorme… monovolumen. Nada de Audis
o Porsches, mi portero conduce un monovolumen. Entiendo que debe ser por Iker y
eso hace que lo admire más todavía. Y hay mucho por admirar, como su metro
noventa o su cuerpo de dios nórdico…
Estoy valorando si echar a correr hacia él
cuando una mano me sujeta por el brazo. Me giro indignada y dedico mi mejor
cara de mala hostia al propietario de la mano.
—¿Qué haces?
—Oye, Leire, ya basta de hacerte la orgullosa.
Te he pedido perdón y ya. Anda, vamos a cenar —me dice el estúpido doctorcito.
¿Pero cuándo he encontrado yo atractivo
a este engreído zopenco? Me suelto de su agarre, sin saber que Alex está siendo
testigo de la escena y que le está costando la vida no venir a presentarse.
—No es cuestión de orgullo. No quiero
nada contigo. Y ahora, disculpa, pero me están esperando.
Ni siquiera me siento satisfecha con el
zasca que le acabo de dar. No me importa. Solo me importa llegar al hombre que
me está esperando. Visto mis labios con la sonrisa que se merece y camino hacia
él. Cuando me detengo delante, nos quedamos mirando fijamente. No hay abrazo, no
hay beso de película, solo toma mi mano y entrecruza sus fuertes dedos con los
míos. Con la otra mano pone un mechón suelto de mi pelo tras mi oreja y acaricia
mi cara con las yemas de sus dedos. Creo que me estoy derritiendo.
—Hola —me susurra.
—Hola —le respondo, casi sin voz.
—¿Estás cansada? ¿Te llevo a casa? —me
sorprende.
—No estoy cansada… pero… ¿tú quieres
llevarme a casa?
—Si ahora mismo te digo lo que quiero…
—Pues quiero lo mismo. Lo mismo —le
recalco.
Alex asiente con levedad, me abre la
puerta del coche y espera a que me acomode. Luego, se inclina a buscar el
cinturón de seguridad para ponérmelo. Casi me muero por él cuando su rostro
queda a un suspiro del mío. El muy desconsiderado se limita a mirarme los
labios en vez de lanzarse a comérmelos. ¡Habrase visto! Quiere hacerme sufrir,
quiere llevarme a la locura y lo está logrando…
Cuando él ya se sienta al volante y
arranca con destino desconocido para mí, abro la conversación con un tema sin
peligro. O eso creo.
—¿Todo bien en casa?
—Sí, cuando vuelvo de un partido, tras
varios días fuera, siempre paso por casa a ver a mi madre y mi hermano. Iker no
lleva bien lo de no verme cada día.
—Yo tampoco —susurro, pero Alex me ha
escuchado y lo veo apretar el volante entre sus manos.
—Pretendo llevarte a un sitio bonito,
pero si vuelves a decir algo así no respondo —me advierte.
Lo
de hablar de un tema seguro ha durado poco, así que decido guardar silencio y
girar un poco en mi asiento. Una cosa es estar callada y otra es aguantar sin
mirarlo. A eso no me resisto, lo necesito.
—Leire, ¿puedo preguntar quién es el tío
que ha estado a punto de perder un brazo en la puerta del hospital? —quizá me
he pasado, pero juro que es lo que he querido hacerle al imbécil relamido, por agarrar
a Leire de esa manera.
—¿Qué? —me pregunta, sorprendida.
—Perdón. Hablo del doctor que aparece en
las fotos que subió Mari Carmen anoche. El que te tenía cogida por la cintura y
te miraba como si fueras suya —¡Joder, Alex! Deja el tono de troglodita celoso o
vas a lograr que se tire del coche en marcha, me recrimino en cuanto me
escucho.
—Nadie importante —me responde. —Salí
con él un tiempo, pero me puso los cuernos y lo dejé —añade. Me deja congelado.
—Y… ¿ya no sientes nada por él? —pregunto,
inseguro. La primera vez que la vi, ella estaba alabando, precisamente, a
cerebritos como su… ex.
Leire no responde y voy notando como
algo se me va encogiendo dentro del pecho.
—Ya veo —mi voz suena ronca en el
pequeño espacio.
Justo cuando tomo la salida hacia el
mirador de Arbola, veo de reojo que Leire levanta el brazo y enseguida siento
sus dedos en mi cuello. Los apoya en mi nuca y los mueve en una caricia que
hace que me erice como un gato.
—No, Alex. No siento nada por él —la muy
bruja ha tardado tanto en responderme que ya estaba creyendo que todo habían
sido imaginaciones mías: las miradas, la conexión invisible…
¿Y
por mí?, me dan ganas de preguntarle. Pero me imagino de repente en la portería,
sin protecciones, con los ojos vendados y con el puto Messi a punto de chutar
un penalti, y comprendo que es demasiado pronto para hacerle esa pregunta. Yo sí
sé lo que respondería si me lo preguntara ella, pero también sé que ella es más
tímida. Además, acabo de descubrir que el relamido traicionó su confianza, así
que me digo que lo mejor será ir más despacio.
No puedo dejar de contemplar su perfil
ni de acariciar su cuello. Tampoco puedo evitar sentirme feliz por haber
detectado un pelín de celos en sus palabras sobre el doctorcito, aunque le he
dejado claro que ya está fuera de mi vida. Ojalá tuviera el valor de ser más
clara con él. Cuando él lanza una indirecta no me cuesta seguirlo, pero declararme
a él directamente me parece imposible.
Dejo de tocarlo cuando él aparca y miro
a mi alrededor. Estoy tratando de saber dónde estamos cuando veo que abre la
puerta y me ofrece su mano para salir del coche. La tomo y, esta vez, soy yo la
que busca cruzar nuestros dedos. Me mira, cabecea hacia una vaya de madera y
tira de mí. Lo sigo y nos detenemos en un precioso mirador con vistas a la
playa y la ciudad. La ausencia de luna hace que el brillo de las estrellas sea
abrumador. Estoy contemplándolas arrobada cuando siento a Alex moverse. Está cubriendo
mis hombros con su chaqueta y me apoya en su pecho. Su aliento acaricia mi
mejilla y sus brazos rodean mi cintura. Estoy en un bendito paraíso. Cierro los
ojos. Ya no me interesa la belleza del universo. Deseo algo todavía más especial.
El calor de Alex y el ansiado sabor de sus labios.
Me giro entre sus brazos y elevo mi
rostro. Sé que él entenderá lo que quiero. Ha parecido saber lo que necesito
desde el primer segundo en aquel ascensor. Y no me equivoco. Durante un latido,
siento su respiración en mi cara justo antes de posar sus labios en los míos. Siento
escalofríos, siento grillos cantando en mi vientre y siento el verdadero brillo
de las estrellas dentro de mí. Sus labios me tientan, me acarician con pereza e
insisten con dulzura hasta que abro los míos. Y entonces lo tibio se vuelve
fuego. Su lengua reclama la mía y sus brazos se tensan. Ya no respiramos, nos
respiramos. Nos falta piel por conocer y gemidos por compartir, pero tan rápido
como se ha extendido el fuego, nos apresuramos en contenerlo. Sabemos que no es
el momento y confiamos en que sea pronto. Nos abrazamos y permanecemos así, escuchando
un poco más la melodía de la noche…⭐⭐⭐

Tremendo cómo va el partido! De momento empate de sentimientos! 🥰
ResponderEliminarMadre mía con el partido!!! 🥵🥵😍
ResponderEliminarA este partido me apunto!! Y con asiento de primera fila!!! Mare meus "quin caloret" m'ha entrat!! 🔥🔥🔥😍😘😘👏🏼👏🏼👏🏼
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