Noche de bodas
La ceremonia había sido tensa. Yaman no podía creer que amándola como la amaba ella creyera que se casaba obligado por la situación. Ahora, después de una larga cena y de aguantar silencios incómodos rotos sólo por la dulce voz de Yusuf, subían juntos a su habitación. La habitación de los dos. Adalet y Neslihan habrían trasladado y colocado las pertenencias de Seher a su cuarto. Yaman se ponía cada vez más tenso con cada escalón que subía. Ella iba a su lado, callada, sus manos rozándose mientras ascendían...
A Seher el corazón le iba a mil por hora. Casada. Con Yaman. Con el hombre por el que daría la vida, el único cuyo contacto ansiaba. Se había visto atrapada cuando Firat le preguntó si quería cancelar la boda. Ella le dijo que no. Que se casaba por Yusuf. Y Yaman la había escuchado. No había tenido tiempo de explicarle. No habían tenido un momento a solas desde que todo se precipitó. Y todavía lo oía a él contestar a Firat que, efectivamente se casaban por el bienestar de Yusuf. ¿En serio? ¿Después de haberla besado de aquella manera? ¿Robándole el alma? Seher siguió a Yaman por el pasillo hasta la puerta de la habitación de ambos. Cuando él se apartó para dejarla pasar primero ella no supo si la notó temblar.
Seher atravesó el despacho y entró en la habitación. No pudo evitar sonreír al ver las sábanas de la cama. No eran negras. Eran verdes. Un verde similar al color de sus ojos. Apreció el detalle de Adalet. Dos flores cruzadas en la almohada la alteraron y la devolvieron al momento que estaba viviendo. Su noche de bodas. Al pie de la cama descubrió otra cosa. Un camisón largo y blanco, de tirantes. ¿Seda? Notó sus mejillas enrojecer al instante. Respiró profundamente. No debía temer nada. Al fin y al cabo estaba profundamente enamorada del hombre al que iba a entregarse. Su marido. Su alma. Su héroe. Era el momento de entregarse sin reservas demostrándole la verdad de su corazón. Seher tomó el camisón y entró al baño con una sonrisa confiada en su bella boca.
Yaman se encontraba de pie en medio del despacho. Se había quitado la corbata y desabrochado un poco la camisa. La chaqueta volvía a colgar del galán. Avanzó unos pasos, se arremangó la camisa ya sin gemelos. Volvió hacia la puerta. Ella se había metido en el baño. Había oído cerrarse la puerta. Miró en esa dirección. ¿Qué hacer? Se moría por estar con ella, por acabar lo que dejaron inconcluso la noche de la mascarilla. Pero... ¿Estaría ella dispuesta? Yaman estaba pasándose la mano por el pelo, desordenándolo, cuando oyó de nuevo la puerta del baño. Miró hacia la habitación expectante (sí chicas con esa mirada que todas conocéis) y en la puerta apareció Su Mujer.
Seher salió al despacho decidida pero al verlo parado en medio del despacho se detuvo. Por Allah! Su marido era como un animal salvaje. Su pelo negro como la noche estaba revuelto. Su camisa dejaba parte de su fuerte pecho desnudo a sus ojos. Tuvo que tragar saliva. Lucía el porte de una enorme pantera negra. Salvaje. Salvaje y al fin suyo. Esta vez no dudaría. No apartaría la mirada. Ese hombre la había rescatado del mismísimo infierno con sólo un hálito de vida. Y por Allah que le demostraría todo lo que sentía por él. Avanzó decidida. Yaman abrió los ojos asombrado. Seher apoyó las palmas de sus pequeñas manos en el amplio pecho de su marido y lo fue empujando decididamente hacia la pared. Ella avanzaba y él retrocedía confundido y excitado como no lo había estado jamás.
Yaman miraba a su pequeña esposa fascinado. ¿Seher lo estaba seduciendo? Su mirada bajó al colgante. Ese colgante ahora yacía sobre el pecho apenas cubierto de seda de Seher. El colgante subía y bajaba con la respiración de ella y Yaman se sintió hipnotizado. Contenía la respiración. Sus manos ya iban camino de la esbelta cintura de Seher cuando ella le dijo que no moviendo su cabeza y bajando sus delicadas manos por el pecho de Yaman, su duro abdomen hasta acabar asiéndolo por las fuertes muñecas masculinas. La mirada de Yaman ahora era de puro fuego y la de Seher lo igualaba retadora. No te atrevas a soltarte Yaman Kirimli le dijo con sus ojos. Te tengo donde quería! Y se acercó hasta que sus cuerpos quedaron unidos. Seher supo que Yaman le seguiría el juego. Podía soltarse fácilmente pero era lo último en lo que pensaba. Yaman bajó la cabeza para mirar más de cerca los labios de su mujer pero ella tenía una idea diferente en la cabeza. Seher posó sus labios en el pecho de su esposo...
Yaman cerró los ojos, respiró profundo y apoyó la cabeza en la pared. Aquello era un sueño. Aquello era amor. Seher no podría hacer lo que estaba haciendo si no lo amara. Notaba sus labios justo donde batía su fuerte corazón. Ella dejó de sujetarlo por las muñecas, ahora sus dedos delicados subían por sus brazos causándole escalofríos. Esa mujer iba a matarlo con su combinación de pasión y dulzura. Sus manos arañaron suavemente sus bíceps, sus hombros y bajaron hasta el primer botón sin desatar de su camisa para poner remedio a aquello.
Seher estaba medio enloquecida. El olor del pecho de su marido llenaba su cerebro. Ese perfume varonil la había martirizado durante meses y por fin había podido olerlo directamente en su piel. Decidió que debía quitarle la camisa. No tenía suficiente. Nunca tendría suficiente de Yaman. Allah! Había estado a punto de perderlo! Un botón, dos, tres y entonces Yaman...
Yaman lo intentó. Por Allah que lo intentó pero la tortura sensual de Seher lo estaba matando. La fierecilla de su mujer estaba pasando su camisa por sus hombros para sacársela por los brazos. Yaman la miraba ahora con ojos de salvaje. Lo había arrastrado a un punto de no retorno. Cuando finalmente Seher lo liberó de la camisa Yaman la tomó por sorpresa girando sobre sí mismo (sí chicas de esa manera que todas sabéis) y intercambiando posición con su mujer. Ahora ella era la presa, ella la que apoyaba la espalda contra la fría pared. Frío en la espalda y puro fuego ante ella. Se miraron intensamente como siempre hacían desde la primera vez que sus miradas chocaron. Yaman aproximó sus labios a los de Seher pero se detuvo a milímetros. Ella empezó a jadear suavemente. Yaman bajó hasta tomar el vuelo del camisón entre sus dedos y ascender por las piernas de su esposa. Seher notó que le temblaban las piernas al paso de las manos de Yaman. Iba creando un camino de fuego mientras ascendía... Seher no resistió y fue ella la que capturó los labios de su esposo con los suyos. Yaman sabía a café turco y a pasión. Se volvió loca. Mordía sus labios a la par que sus manos surcaban las dunas de sus músculos. Yaman devolvía beso con beso, mordisco con mordisco y su lengua logró vencer y entrar en la cálida y dulce boca de su Seher. El camisón quedó enredado en la cintura de ella y las manos de Yaman fueron a cogerla en brazos. Sin dejar de besarse quedaron en la misma posición que cuando salió con ella de aquella maldita casa. Y así la llevó en brazos hasta la cama de sábanas verdes...
La habitación estaba en penumbras y apenas llegaba a la cama la luz de las farolas del jardín. Yaman entró con su mujer en brazos y avanzó hacia la cama sin dejar de mirarla intensamente. Seher le sonreía mientras le acariciaba la cara. Su mujer parecía ahora fascinada con su barba y no dejaba de pasarle el índice por la mejilla. El dedo de Seher viajó travieso a sus labios y el gruñó (todas sabemos como gruñe Yaman) como si fuera a morderla.
Yaman apoyó la rodilla en el colchón y se inclinó para dejar su preciada carga sobre la seda de la cama. Se miraban sonriendo hasta que Seher cruzó sus manos tras el cuello de su marido y tiró de él hacia ella. Sus cuerpos volvían a estar juntos... unidos... y ardiendo. Yaman se apoyaba en sus fuertes antebrazos aguantando su peso mientras su mirada bajaba a los labios de ella. Bajó un poco mas, ella lo acercó un poco más. Volvía a besarse otra vez de menos a más. Otra vez suave, un roce, dos, tres. Sus labios se abrían se buscaban, bailaban la misma danza. Luego sus lenguas desesperadas se encontraron, lucharon. Ninguno de los dos se rendía y mientras, sus cuerpos empezaban a moverse a buscarse a desear más contacto más piel caliente. Seher se retorcía bajo Yaman. Más! Necesitaba más. Más de él, más de su piel, más de su calor, más de su fuerza infinita. Yaman a duras penas controlaba sus ansias de tomar a su mujer por completo pero quería que ese momento fuera perfecto para ambos. Lo merecían. Su mano derecha acariciaba el cuello de su esposa casi como calmándola luego la bajó por el centro de su pecho y la siguió bajando y bajando, rozando, merodeando ociosa por el vientre caliente de ella hasta llegar al bajo del camisón para agarrarlo y subirlo. Se retiró sólo lo justo para poder seguir subiendo el camisón hasta la cintura de su mujer.
Seher dejó de besarlo al notar el frío en su piel. No extrañaba el camisón, lo extrañaba a él. Allah! Lo necesitaba como al agua una flor marchita. Y se lo dijo: te necesito! Hemen! Ya! Lütfen... Yaman posó su mano en el vientre de ella y la fue bajando hasta donde sabía que ella lo necesitaba. Seher no dejaba de mirarlo apasionadamente y gimiendo lütfen lütfen... pero necesitaba más así que llevó su propia mano a la cintura del pantalón de su marido. Le acarició la cadera, la dirigió hacia la parte baja de su musculosa espalda y la metió sin pudor para poder asirlo y acercarlo más a ella...
Yaman miró a su mujer. Con la pasión brillando en sus ojos era aun más hermosa. Volvió a enamorarse de ella. Siguió acariciando su monte de Venus pero se apartó para facilitar a su esposa que le soltara el cinturón. Por Allah que él quería tomarse su tiempo pero su intrépida mujercita no se lo ponía fácil. Se rindió! Se puso de rodillas y acabó de desnudarse. Seher aprovechó para sacarse el maldito camisón que se interponía entre ella y la piel caliente de Yaman.
De repente estaban frente a frente. De rodillas y mirándose sorprendidos de no estar rodeados de llamas a esas alturas. Sus pieles calientes y perladas de sudor se llamaban así que Yaman tomó la cara de su esposa entre sus ásperas y fuertes manos y la acercó más. La besó directamente con los labios abiertos dispuesto a beber de ella y no parar hasta yacer saciados. Seher salió al encuentro de ese beso ardiente que borraba todos los malos momentos vividos. Sus manos se aferraron a los hombros de su marido, luego cayeron por los músculos de su espalda hasta abrazarlo para no soltarlo jamás. La pasión los mareaba los embriagaba como el mejor de los vinos. Yaman volvió a tumbar a su mujer. Sus labios dejaron su boca y surcaron su mandíbula y cuello hasta posarse en la cima de su pecho. Seher jadeaba suavemente mientras acariciaba la nuca de su esposo, su amante, su fiel caballero. La mezcla de electricidad y placer subía y bajaba por el cuerpo de ambos mientras Yaman abría las piernas de ella con su rodilla. Ella entendió que debía abrirse a él. Como una flor confiada en que recibirá la luz del sol.
Las manos de Seher acariciaban la parte baja de la espalda fuerte de Yaman. Lo apremiaban. Yamán apoyó entonces su frente en la de ella y le susurró rugiendo ( esto de susurrar rugiendo sólo sabe hacerlo Yaman): te amo. Y mientras aun sonaba el eco de esas dos palabras Yaman entró suave pero implacablemente en ella. Seher estaba tan ardiente que apenas notó una pequeña molestia. Lo que sí notaba era una parte de Yaman muy dentro de su cuerpo y de su alma. Piel con piel, carne caliente, suavidad y fuerza... Yaman se contenía apoyándose en los brazos y bajó a rozar los labios de Seher que gemía suave: “sen seviyorum”... la mordió cariñosamente en sus labios al oir esas palabras. Siguieron besándose y mordisqueándose mientras Yaman iniciaba un vaivén que con cada acometida volvía mas loca de placer a su esposa.
Seher no entendía qué le sucedía. Las sensaciones cada vez eran más intensas, el placer aumentaba con cada embestida de su salvaje amante y no sabía si podría resistirlo. Yaman seguía con su frente apoyada en la suya pero ella necesitaba mirarlo a los ojos, preguntarle sin palabras donde acababa ese cataclismo de pasión. Él pareció oírla y levantó la cabeza para devorarla con la mirada tal y como su cuerpo la estaba devorando. “Cruza tus piernas tras mi cintura” le susurró él y ella obedeció al instante. Seguía la danza de sus cuerpos y ellos seguían mirándose. Tan bien se comunicaban así. Incluso cuando se odiaban. Los labios de los dos permanecían abiertos exhalando y Seher creyó que moriría cuando Yaman aceleró y a ella la recorrió una descarga de placer inigualable. Gritó su nombre. Jamás lo había llamado Yaman. Ni durante sus peleas, ni en sus momentos de paz, ni cuando la sacó de aquella tumba, ni cuando la rescató del loco profesor de música. Ahora Seher lo gritó porque Yaman la había llenado de amor. Tanto amor que ella ya no pudo contener su nombre. Yaman! Por fin! Por fin Yaman la oía llamarlo! La oyó, empujó una última vez y se dejó ir en un río de placer infinito. Jadeaban ambos sorprendidos por lo que acababan de vivir. Tardaron unos minutos en recuperar el aliento pero seguían abrazados. Seher acariciando la espalda de su marido, deteniéndose en algunas de sus cicatrices para sanarlas con sus dedos. Yaman tenía la cara aun enterrada en el cuello de Seher y con una mano no paraba de pasar un mechón de su pelo por entre sus dedos. Estaban en paz. Estaban donde pertenecían: uno en brazos del otro. Les daba pereza moverse pero Yaman se separó lo justo para mirarla y sonreír. “¿Estás bien?” le preguntó. “Te estoy aplastando, askim”. Y se apartó para tumbarse a su lado volviendo a abrazarla inmediatamente. Seher se recostó en sus brazos y se estremeció por la brisa que entraba por la ventana. Yaman tomó entonces la sábana olvidada a los pies de la cama y los tapó a ambos. “No me has contestado, ¿estás bien?”
Después de la pasión, Seher había recuperado su timidez. No creía que hubiera sido capaz de comportarse así con Yaman pero, por otro lado, su corazón había gritado que le demostrara su amor por fin. Su osadía nacía de la necesidad de decirle con su cuerpo que lo amaba. Que lo amaba más que a su propia vida. Su antiguo enemigo, el amor de su vida. Qué ironía. Yaman aun esperaba preocupado su respuesta así que lo miró sonrojada y le dijo: estoy bien. Más que bien. Él relajó entonces su temible ceño y depositó un dulce beso en sus labios. “Yaman”, lo llamó. “Yaman... “ Seher repetía su nombre y sonreía. De pronto recordó la reciente herida del hombro de él y dejó de sonreír para buscar la cicatriz de la bala. “¿Te duele?”, y besó la marca en la piel de su esposo. “No, tú curas todas mis heridas” dijo estrechándola más entre sus brazos.
(Unas horas más tarde). Yaman yacía con los ojos cerrados y su esposa entre sus brazos cuando la oyó moverse. Ella lo creía dormido e intentaba no despertarlo moviéndose poco a poco. Él siguió con los ojos cerrados pensando qué diablos querría hacer Seher o a dónde querría ir. No pensaba soltarla tan fácilmente por lo que la atrapó por la muñeca cuando ella ya se escapaba de la cama con el camisón puesto. Se quedaron mirando sorprendidos porque Yaman la había agarrado de esa manera varias veces en el pasado y no siempre con cariño. Yaman frunció su formidable ceño a la vez que ocultaba sus ojos a su mujer. La soltó avergonzado y se sentó en la cama apoyándose en el cabecero. “Lo siento” rugió en voz queda. Seher entendió a su esposo y se le acercó lentamente. Trepó a la cama y se acomodó en su regazo. Su mano derecha, con el anillo de casada brillando en la penumbra, voló a la mejilla de Yaman. Acarició su cara, su barba y finalmente su ceño fruncido. “No pasa nada. Todo lo bueno y todo lo malo nos han conducido a este momento. Y este momento es mi felicidad, mi paz, mi todo. Tú eres mi felicidad, mi paz, mi vida. Lütfen, no vuelvas a lamentar aquello que nos ha conducido a hoy”. Yaman no apartaba sus negros ojos de los de su esposa. Tenía un nudo en la garganta y cuando habló sólo pudo preguntar en voz grave: “¿A dónde ibas?” Seher le sonrió y contestó mientras se levantaba: “A por una tableta de chocolate con avellanas. ¿Te traigo algo?” Yaman se relajó y sonriendo le dijo: “Creo que sobró algo de pastel de castañas”. Seher se puso sobre el camisón la camisa negra de Yaman y salió de la habitación en dirección a la cocina. Cuando volvió con las provisiones a la habitación dejó todo sobre la mesita y miró al hombre que dormía tranquilo en la cama. Su marido, su salvaje pantera, su amor, su vida. Se relamió un poco de chocolate de los labios, se arrebujó en la camisa de su marido que conservaba su olor y volvió a meterse en la cama. Yama aun dormido no tardó en rodearla con sus brazos y acercarla a su pecho. Se durmieron y lo siguiente que escucharon ya cuando el sol había salido fue una voz infantil que al otro lado de la puerta gritaba: amcaaaa, teyzeeeee!!!
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Gracias por comentar. A la izquierda podéis darle a SEGUIR al blog. Gracias, siempre.