La Mascarilla de oxígeno
¿Eso era un grito? Yaman llevaba despierto toda la noche. Era incapaz de dormir sabiéndola tan cerca y tan herida. Quería estar atento por si lo llamaba. ¿Llamarlo? Jamás lo había llamado por su nombre. Se levantó y fue a la habitación de ella. Entró sigiloso y la vio moverse inquieta en la cama. Se acercó a ella al ver que se le había soltado la mascarilla de oxígeno. Intentando no despertarla se inclinó a colocarle la mascarilla suavemente pero a pesar de su cuidado ella abrió lo ojos y clavó su verde mirada en él...
¿Te he asustado? Lo siento. Te ajustaré la mascarilla y me iré. Ella se incorporó en la cama. Él se sentó frente a ella y sus manos fueron a buscar las gomas que sujetaban la mascarilla al rostro con el que él soñaba cada noche. Sus dedos acariciaron su pelo mientras ajustaban las gomas.
La respiración de ella se iba acelerando. Ella sabía que no era por falta de oxígeno de hecho con él cerca ¿quién necesitaba oxígeno?... Notaba sus dedos cálidos entre su pelo y rozando su cuello sensible. Tenía calor, sentía el pecho ligero y en su estómago revoloteaban sin cesar mariposas. Lo tenía tan cerca que distinguía motitas marrones en sus iris negros. Él no dejaba de mirar su pelo, ella no dejaba de mirar sus ojos, hasta que éstos se clavaron de repente en sus labios. Ella los entreabrió en un acto reflejo... y aguantó la respiración.
Era preciosa. Sus labios parecían llamarlo como las sirenas a Ulises. ¿Podría él resistirse? Las yemas de sus dedos dejaron las gomas y resbalaron lentamente hacia el cuello de ella. Hacia el punto exacto donde yacía el colgante. El colgante que un día le arrancó con rabia para más tarde devolvérselo arreglado y con su corazón dentro.
Ella notó el contacto pero no se retiró. Lo siguió mirando expectante. Notaba su propio cuerpo cada vez más enfebrecido. Él más cerca. Sus dedos jugando con el colgante y con su piel. ¿No se quemaba? ¿No notaba él su piel ardiente? Lütfen... Haz algo. Lütfen. Me estoy quemando por ti. Entonces él...
Posó sus manso en los hombros de ella y la atrajo a su pecho. Sus corazones palpitando uno junto al otro. Los labios de ambos se encontraron al fin. Suaves como alas de mariposa al principio. Tentándose. Probándose. Su primer beso. Los latidos se aceleraban. Sus labios cada vez más osados, más húmedos más aventureros... más abiertos. Sus labios se abrían al mismo tiempo que sus almas...
Yaman la estrechó más fuerte contra sí. Seher llevó sus manos ansiosas al cuello de Yaman. Por fin lo acariciaba como había soñado. Metiendo sus dedos entre su pelo negro suave y espeso. El beso seguía, los consumía. Demasiados días de espera, de arder separados... Demasiadas excusas. Sentían las caricias del otro y morían de amor cada vez un poco más. Arif Baba tenía razón. Era como morir, pero que muerte tan dulce.
Seher creía morir cada vez que Yaman acariciaba su lengua con la suya. Por Allah que no llegaría viva a la mañana de tan intensas que eran las sensaciones. Puro fuego su boca. Puro fuego sus grandes manos en su sensible espalda. Seher quería tocar su piel, abrir la camisa negra del pijama y tocar su pecho. Necesitaba palpar la cicatriz de su hombro...
Yaman seguía besándola por todas las veces en que lo deseó pero no pudo hacerlo. Acariciaba su espalda y la estrechaba no queriendo soltarla jamás. Y a la vez hacía un esfuerzo titánico por no ir más allá. Sus ganas de arrancar ese pijama luchaban con años de tradición. Iba a casarse con ella. Eso era inevitable pero debería ser rápido si no querían perecer en la hoguera se la insatisfacción. Su unión física ya no podía esperar igual que los sedientos en el desierto...
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Gracias por comentar. A la izquierda podéis darle a SEGUIR al blog. Gracias, siempre.