viernes, 8 de enero de 2021

La cárcel. (Capítulo 90)



     Seher había suplicado a Firat para que la dejaran pasar. Pero el entrar y verlo tras las rejas fue demasiado para ella. Las lágrimas empezaron a caer sin poder detenerlas. Era como ver a un hermoso y fuerte león enjaulado y su corazón se rompía solo con mirarlo. Estaba de pie en medio de la celda, fuerte y altivo. Su ceño fruncido se suavizó al verla. Se acercaron los dos a las rejas. Yaman agarró con fuerza los barrotes. Odiaba que ella lo viera así, había ordenado a Nedim que no viniera nadie pero claro ella no había obedecido. Seher se acercó más y puso sus manos frías sobre las de él. Yaman notó lo heladas que las tenía y las acabó cubriendo con las suyas. “¿Qué haces aquí?¿Por qué has venido?” preguntaba Yaman mientras paseaba la mirada por su hermosa cara. “Porque no quiero estar en casa si tú no estás” contestó mirándolo con todo el amor reflejado en sus ojos verdes. “No llores, tus lágrimas a mi me quitan la vida” dijo y la tomó por la barbilla para acercarla y besarla tan dulcemente que los barrotes parecieron derretirse. Seher quería seguir sintiendo sus labios que le calentaban el alma. Sin él todo era frío. Pero la puerta se abrió. Era hora se irse. Se miraron diciéndose algo sin palabras. “Esta noche duerme en mi cama y soñaré contigo ahí” le dijo Yaman tomando la mano de ella y besando su palma. Ella cerró la mano llevándose ese beso con ella. Yaman no apartó la mirada hasta que ella desapareció y la puerta se cerró. Luego cerró los ojos y apoyó la frente en los barrotes. ¿Cómo estar encerrado si su corazón y su alma se habían ido con ella? 


    Aquella noche Seher estaba en la habitación de Yaman y sentía un vacío interior tan grande que entró en el vestidor en busca del pijama de él. Se desnudó y se puso la camisa negra de su pijama. Respiró hondo. Olía a él. A Yaman y a Invictus. Luego se metió en la cama y se acurrucó abrazada a su almohada. Cerró fuerte los ojos y esquivó su imagen tras las rejas para invocarlos a ellos dos la noche anterior cenando en la cocina. Hablar del pasado, de cuando se odiaban y temían les entristecía y a la vez era para ellos una catarsis. Un exorcismo que les llevaba a entender que al final el amor había vencido. Que no se amarían tanto si no hubieran superado tantos obstáculos. Seher siguió recordando la cena y lo que pasó tras la cena... cuando se levantó para ir a buscar las tazas del café y él la había seguido...


        Seher estaba de puntillas intentando coger dos tazas para el café cuando lo sintió tras ella. “Ya las cojo yo” le susurró al oido Yaman. Seher se estremeció como siempre que él se le acercaba sin hacer ruido, como un león acechando... Y también como siempre el calor que él desprendía se le enredó en la espalda y más abajo. “Estamos en la cocina...” dijo bajito Seher. “Estamos solos en la casa”... gruñó Yaman en su cuello. Seher suspiró y se dejó llevar confiando en él y en aquel amor secreto que les alimentaba el alma. 


        Yaman la abrazó fuerte como si presintiera que algo iba a pasar. Como si algo fuera a separarlos. “¿Qué te pasa?” preguntó Seher notando algo. “Que ya no sabría como vivir sin ti” contestó él. “Y no tendrás que hacerlo. Me falta el aire cuando no estás” ... lo calmó ella pero él volvió a estrecharla contra su cuerpo, contra su corazón. Algo iba a pasar así que quiso unirse a ella antes de que estallara la tormenta. La giró en sus brazos   y la apoyó en la pared. 


        Unió su frente a la de ella mirándola para aprenderse de memoria su cara y llevó sus grandes manos a la parte baja de la espalda de ella. Acarició y masajeó bajando más las manos. La vio abrir los suaves labios ante la caricia y medio sonrió. Ella apoyó las manos en esos hombros fuertes que parecían soportar el peso del mundo y acarició amorosa los músculos que yacían debajo. Bajó las manos por sus brazos, volvió a subirlas y tocó donde latía fuerte su valiente corazón.   Se puso de puntillas para alcanzar sus labios sensuales, masculinos, calientes... y con sus labios acunó a los de él. El de abajo, el de arriba, el de abajo... y Yaman le dijo “Yeter!” para ponerse a comerle la boca traviesa. Con sus besos juguetones no hacía más que excitarlo hasta lo indecible y él no era un santo por lo que devolvió besos y mordiscos amorosos a su mujer. Yaman atrapó sus pechos en sus fuertes manos e inició un masaje abrasador para volverla loca y a juzgar por los gemidos de ella lo estaba logrando. No tenía suficiente. Buscó con la lengua la dulce legua de ella para besarla más fuerte, más profundo al ritmo de sus caricias en sus pezones duros y ansiosos. Seguía sin tener suficiente y abrió la camisa de ella de golpe. La miró un segundo disculpándose pero sus dedos ya apartaban el encaje del sostén para llevar los labios a sus cimas dulces como caramelos. Se volvió loco excitando sus pechos con el roce de su barba, luego besaba, lamía y mordía. Ella ya no podía estarse quieta y lo tomaba por las caderas para apretarse y hacerle saber dónde lo necesitaba. Yaman bajó una mano por el vientre de ella hasta llegar al elástico de su ropa interior y meter la mano más abajo. Ella ya estaba preparada para él, acarició más y luego se arrodilló ante ella para bajarle todo. Besó su monte de venus logrando que ella echara la cabeza hacia atrás del rayo de placer que sintió. Pero hoy Yaman tenía prisa. Una urgencia a la que temía lo hizo levantarse y desabrochar cinturón y pantalón para liberar su miembro duro y necesitado de ella. “Rodéame con tus piernas, sevigilim” y la acunó con sus grandes manos mientras ella se enroscaba en su cintura. La penetró de un solo movimiento y volvió a besarla como un loco. Nadie los separaría, nadie. Empujó loco en ella y ella generosa lo recibía, lo abrazaba, lo besaba.  Más fuerte. Más adentro. La marcaba como suya con cada embiste. Otra vez. Salía y entraba amándola. Salía y entraba y se repetía como un mantra “mía, mía, mía”. Seher notó como le llegaba el orgasmo recorriendo todo su cuerpo y notó el mordisco de Yaman en su labio cuando él también se dejó ir. Llenándola. Seher lo había notado tan desesperado. Tan hambriento de ella que de alguna manera sintió miedo. Yaman la dejó en el suelo como si fuera de frágil cristal. Se compuso la ropa y subió las prendas de ella. Notó apesadumbrado la camisa rota de ella y se sacó su jersey para ponérselo a ella con cariño. Seher notaba las lágrimas surcando sus mejillas  y Yaman al verlas se las retiró con sus pulgares. Lo miraba desconcertada y doliéndole el corazón de manera extraña. Él la miró entonces con esa mirada que debió tener tantas veces de niño cuando le quitaban algo... ella iba a abrazarlo cuando sonó el timbre la puerta. Yaman cerró los ojos y Seher... Seher apretó la almohada más fuerte en su pecho porque tras el sonido del timbre llegó la pesadilla. 

1 comentario:

  1. Como está el león de ardiente . Que manera de ambientar sus momentos. Tanta la pasión que se dejan lleváis a es un placer leerte ❤️

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