En el Hospital
Seher llevaba horas en el hospital. Gracias a Alí, Yaman se recuperaría pero las horas de terror por la posibilidad de perderlo todavía le congelaban la sangre. No quería irse a casa y pidió a Firat que la dejaran pasar a la habitación. Quería estar con él. Necesitaba verlo y velar su sueño. Firat la autorizó a entrar y ella se apresuró a pasar.
El hombre que amaba yacía en la cama inconsciente y con la mascarilla del oxígeno puesta. Aun así notaba su fuerza latente, esa fuerza que había logrado mantenerlo con vida una vez más. Invencible. Avanzó hacia la cama y se sentó en una silla acercándola todo lo posible a él. Se desabrochó el colgante y tomando su mano se lo puso en la palma. Le cerró los dedos y luego se inclinó para besarlos. Intentaba no llorar, se lo había prometido, pero algunas lágrimas mojaron su mano fuerte y Seher notó que él apretaba el colgante. Rápidamente lo miró a los ojos pero éstos seguían cerrados. Seher pensó que seguía siendo el hombre más impresionante que había visto, aun herido. “No tardes en despertar, lütfen. Ziyah y Yussuf te esperan en casa y yo... yo... te esperé toda mi vida sin saberlo. Y te esperaré siempre. Vuelve pronto a mi, lütfen” susurraba Seher.
Yaman la escuchaba y le costaba la vida no tomarla en brazos y acostarla a su lado. Odiaba sentirse débil. Abrió los ojos y la vio inclinada sobre su mano. Estaba preciosa y saber que lloraba por él lo hacía sentirse el hombre más afortunado de la Tierra. “Prometiste no llorar” le dijo arrancándose la mascarilla con la otra mano.
“¿Qué haces? ¡Vuelve a ponerte el oxígeno ahora mismo!” Gritó Seher entre feliz y asustada. Y luego se inclinó para unir sus frentes y decirle “Me habría muerto sin ti”.
“Nunca permitiría eso” contestó él serio y siguió “No dormirás en la silla”. “No me iré” contestó ella negando. “Biliyorum, acuéstate conmigo” ordenó Yaman. “Pero...” dudó Seher. “Hemen!” volvió a ordenar él.
Seher tuvo mucho cuidado cuando se tumbó a su lado pero la paciencia de Yaman no era mucha y acabó rodeándola con el brazo libre de suero y pegándola a él. “Así esta mejor” y acercó sus labios a los de ella en un ruego silencioso de un beso. Seher sólo le concedió un roce rápido de labios y se apartó para decirle “Yaman Kirimli” “¿Ne?” preguntó él apretándola más contra su cuerpo y hundiendo la cara en el cuello de ella. Desesperado respiró su olor y le dio pequeños besos haciendo que Seher olvidara todo y cerrara los ojos. Ella apoyó su mano en el pecho de él y lo acarició amorosa.
“Yaman Kirimli...” “¿Neeee?”
Se besaron y se acariciaron lo que la situación permitía y se quedaron dormidos abrazados. De madrugada Seher intentó separarse con cuidado de él pero una mano grande y caliente la atrapó por la muñeca “¿Dónde vas?” preguntó él “He de ir a la Mansión, vuelvo más tarde” Pero Seher sólo recibió a su explicación un magnífico ceño fruncido de enfado. Suspiró, se inclinó hacia él y lo besó dulce. Él casi se levanta por alargar el beso pero volvió a tumbarse cuando ella le puso la mano en el pecho. No apartó la vista de ella hasta que se cerró la puerta y entonces llamó a la enfermera. Esa noche no quería tener el suero puesto.
A Seher le tomó más tiempo del que pensaba atender a Yusuf y preparar una bolsa para Yaman. Cuando salía de su habitación se topó con Zuhal (escena para Tabita):
Z: Tú campesina! ¿A dónde vas con eso?
S: Al hospital.
Z: No tienes derecho a ir! No eres nadie!
S: Soy la que lo ama!
Z: Yo lo amo más que tú!
S: Y a quién ama él?
Z: Aaaaaahhhhhh aaaaaahhh
Zuhal intenta quitarle la bolsa de Yaman y Seher le da una bofetada que la tira al suelo.
S: No vuelvas a tocarme, víbora! Y sale de la mansión como la reina que es.
Yaman llevaba todo el día mirando la puerta esperando verla aparecer. Había estado sentado en una butaca e incluso había dado varios pasos. Pero ya se hacía de noche y ella no aparecía. Se había puesto su pijama negro después de la espartana ducha y ya no sabía qué más hacer para no darse de alta voluntariamente. Seher lo mataría si hacía eso. La puerta volvió a abrirse y por fin aparecía ella. Con su pelo semi recogido, su chaqueta blanca y aquella falda que poco le duraría puesta si de él dependía. Lo miró amorosa pero la cara le cambió a la que usaba para regañar a Yusuf cuando lo vio semisentado en la cama “¿Qué haces fuera de la cama?” le preguntó enfadada. “Yo también te he extrañado, gel (ven)” dijo Yaman devorándola con la mirada. Seher dejó todo lo que traía en una mesa y se acercó a él. Pasó sus brazos tras el fuerte cuello masculino y él la abrazó contra él. “Has tardado” la regañó. "Debía ocuparme de Yussuf y de una serpiente” le explicó ella “no preguntes” añadió ante la mirada curiosa de él y lo besó rápido. “No me gusta cuando te apartas tan rápido” gruñó Yaman. “Y a mi no me gusta que no te cuides. ¿Cómo tienes la herida?” preguntó ella haciendo el intento de mirarle el vendaje. “Yeter! Iyiyim” dijo él apretando más el abrazo y añadió “ahora que has llegado” y la sujetó por la nuca para besarla como quería hacerlo desde que ella había entrado.
Offf el sabor de ese hombre era adictivo y lo besó enfebrecida. La maldita de Zuhal la había llenado de rabia. Yaman era suyo y pobre de la que cuestionara eso. Yaman acariciaba su espalda de arriba a abajo y más abajo para acercarla y que notara lo mucho que la había echado de menos. “Ssshhh, te va a doler” dijo Seher en sus labios. “Dolerá más si paras, sevigilim” y empezó a comerle la boca con besos y mordiscos que los ponían a mil a ambos. Seher se resignó a ese hombre que era pura fuerza y metió las manos por debajo de su pijama. Su vientre duro y musculoso se hallaba cruzado por el vendaje pero sus manos subieron por sus pectorales hasta masajear sus hombros. Tocarlo la volvía loca. Su olor la volvía loca y le devolvió beso a beso, bocado a bocado. No dejaban de tocarse mientras se calentaban más y más. “Yaman Kirimli...” le advertía ella “¿Neeeee?” le rugía él. Yaman la apretaba más contra su pelvis. Estaba duro, la necesitaba después de haber vuelto de la muerte y sabía que nadie entraría en esa habitación así que empezó a desnudarla con cuidado. Ella abrió los ojos negando con la cabeza y él la miró de aquella manera con la que conseguía todo de ella.
Yaman la desnudó pero se quitó su pijama para taparla a ella (por si acaso). Tiró de ella hasta que lo dos estuvieron estirados de lado en la cama frente a frente. Yaman tenía en mente la postura perfecta para no hacerse daño y a la vez tenerla a ella. La miró intensamente y buscó de nuevo su boca. Metió la lengua ansioso en busca de la de ella y el beso se tornó más caliente, más húmedo, más erótico... Su mano grande buscaba sus pechos para torturarlos a caricias y Seher lo tocaba por todas partes en trance su pecho, sus caderas, su carne dura y caliente por ella... Saber que la muerte los podía haber separado los hacía más conscientes de la suerte que tenían de haberse encontrado. Yaman abandonó sus labios y fue hacia su oido para susurrarle palabras que la hicieron jadear más. Bajó la mano hasta llegar al calor entre sus piernas para dedicarse a arrancar más gemidos con caricias y toques suaves y lentos. Ella se contoneaba sin poder evitarlo contra su mano y él se sentía cada vez más poderoso. La notó húmeda y preparada para él así que tomándola por detrás de la rodilla, subió la pierna de ella hasta su cadera. Sus sexos unidos ardían por consumar aquella pasión. Yaman entró en ella firme y decidido. Seher se apretó más a él buscando más. Más de él. Más de su calor, de su fuerza y de su amor. Empezaron a moverse buscando el placer que sólo hallaban el uno en el otro. Se abrazaban, se acariciaban, se besaban. Se mecían. Yaman la seguía sujetando a él controlando aquella danza apasionada y aceleró cuando supo que era lo que ella necesitaba. Más rápido. Más profundo. Más fuerte. Y la oyó gritar maravillado como siempre que la hacía lograr el orgasmo. Se dejó ir con ella y rugió de placer en el cuello que amaba. Seher lo abrazaba sintiendo la fuerte respiración de Yaman en su cuello y no dejaba de repetirle al destino gracias, gracias, gracias por haber permitido que se quedara conmigo. Las manos de ambos vagaban por la espalda del otro en una caricia perezosa pero llena de amor porque simplemente no podían dejar de tocarse. Yaman dejó el cuello de ella con un último beso y se colocó para poder mirarla a los ojos. “Ni la muerte podría separarme de ti”
“Porque no lo permitirías” afirmó ella acariciando su barba.
“Evet. Porque no lo permitiría” aseguró él.
“Biliyorum, Yaman Kirimli”
No es imposible en su delicado estado; porque él tiene superpoderes
ResponderEliminarBravo Isa. Me encanta 😘