martes, 5 de enero de 2021

El sueño de Seher (Capítulo 86)


 

El sueño de Seher

           Seher se despertó de golpe y recordó qué había soñado; mejor dicho con quién había soñado. Con él. Últimamente sólo él era el protagonista de sus sueños y desvelos. Sueños calientes donde se tocaban, se besaban, hacían el amor apasionadamente...Se sentía acalorada y sedienta y vio que no le quedaba agua así que se levantó para bajar a llenar la botella. Cruzó sigilosa el pasillo y cuando estaba a punto de llegar a la escalera lo oyó: ¿tú tampoco podías dormir? A Seher le dio un vuelco el corazón y se quedó quieta como una gacela que sabe que el león la ha visto. Sintió como él se acercaba y tembló de anticipación. Su cercanía la sentía en cada célula de su acalorado cuerpo.


        “Tenemos el mismo problema” susurró él. 

“¿Tú también tienes sed?” preguntó Seher sin mirarlo. “Evet, ambos tenemos sed... el uno del otro...”

De repente lo tenía pegado a su espalda y sus manos la abrazaban por la cintura. Luego las llevó hasta su estómago donde ella las sintió grandes, fuertes y calientes. Yaman bajó la cabeza y besó la parte del cuello de ella que quedaba a la vista. Seher dejó la botella en la mesa del pasillo y se agarró de la barandilla porque las piernas las sentía de mantequilla. Ladeó la cabeza para que Yaman pudiera besar su cuello arriba y abajo. Su barba en esa zona rozándola le ponía los pelos de punta y sus manos calientes subiendo justo hasta debajo de sus pechos la derretía. 


        Yaman pasaba sus grandes manos por los costados de Seher, bajaba por sus caderas hasta sus muslos. Las llevaba hacia el centro de su cuerpo haciéndola anhelar que se quedaran ahí pero el maldito pasaba de largo hacia arriba y llegaba a sus costillas. Sus dedos rozaban un poquito el bajo de sus pechos haciéndola suspirar fuertemente y vuelta a recorrer su cuerpo. Seher susurró: “Estamos en el pasillo...” Y Yaman le rugió bajito en el oido: “Estamos solos...” 


         La voz de Yaman caliente en su oido lanzó olas de excitación por su cuerpo. Amaba su voz. Amaba su olor. Amaba su piel. Amaba todo de él con la misma fuerza con la que lo había temido al principio. Yaman besó la parte sensible tras la oreja de Seher, luego la tomó por la barbilla para acercarla a su boca y besarla. No aguantaba mucho sin besarla. Era como una medicina que debía tomar frecuentemente. Seher llevó las manos hacia atrás para sujetarlo por el cuello. Aquella postura con él detrás pero buscando sus labios y en medio del pasillo la estaba poniendo a mil. “Yaman...” dijo entre beso y beso.


(5) Yaman la oyó llamarlo por su nombre y la apretó contra sí.  Quería que ella supiera cómo lo ponía. Que fuera consciente de cómo su cuerpo la añoraba y reclamaba. Que ella era la dueña de su cuerpo tanto como de su corazón. La hizo girar entre sus brazos y clavó sus ojos negros en los verdes de ella. “Te deseo demasiado. Necesito tenerte” le dijo frunciendo el ceño. 


        Seher bajó su mano hasta acariciar a Yaman donde más la necesitaba. Por Allah sí que la necesitaba. “Llévame a tu cama” le dijo y Yaman no necesitó que se lo repitiera. La cogió en brazos y la apretó contra su corazón. Un corazón dañado por la vida pero a la vez fuerte; y gracias al amor de Seher, un corazón invencible. Avanzó con lo que más quería hacia su habitación. La llevó directo a su gran cama de sábanas negras y la tumbó con cuidado. Se sentó a su lado y la miró con amor. Le apartó con sus fuertes dedos un mechón que tapaba su cara pero luego lo tomó, lo llevó a sus labios y lo besó. “Tu pelo... “ le dijo y ella sonrió sabiendo a qué se refería él. 


        Seher se incorporó para sentarse y quedar frente a él. Se acercó lentamente y lo besó en la frente, besó sus ojos, su barba y finalmente sus labios calientes y húmedos. Y así siguieron más besos calientes, húmedos y perezosos. Se mordían suave, se lamían con cariño pero como siempre sus corazones se iban acelerando y la respiración se transformaba. Jadeos ella, rugidos bajos él. Los dos se lanzaron a desabrochar pijamas hasta quedar desnudos de cintura para arriba. Se abrazaron y sintieron esa unión de pieles que se buscan y necesitan desesperadas...


        Yaman acariciaba y torturaba los pechos de ella. Ella acariciaba y arañaba su pecho surcado de músculos tensos. Y más besos con lenguas ansiosas que se buscaban una y otra vez. Y más calor. Y el olor a Invictus de Yaman volviendo loca a Seher y el olor a galletas de Seher despertando al león interior de Yaman. Un león que la tumbó en la cama para bajar  el pijama y ropa interior y a la vez acariciar por donde pasaban sus manos. Seher se retorcía entre las sábanas ansiosa y le pidió: “Desnúdate, hemen!”


        Su león obedeció y se tumbó sobre ella quedando unidos en cada centímetro de piel. Yaman ardía y ella amaba ese calor. Él se apoyó en sus antebrazos y la miró apasionado “Ábrete a mi, sevigilim” ordenó Yaman y Seher abrió sus piernas como flor que recibe el sol. Él jugó a sí pero no y Seher le gruñó desesperada por tenerlo dentro, tan desperada que lo tomó por las caderas para apremiarlo. Yaman se apiadó de ella y poniendo una mano bajo su trastero la colocó y él se hundió en ella. Por Allah!


         Empezaron el baile íntimo que los llevaría al paraíso. Seher lo abrazaba sin querer soltarlo ni un segundo, lo apremiaba: más, más, lütfen, más de ti, más de tu piel, más de tu carne, más de tu corazón. Sentía tanto placer con cada acometida de Yaman que tocaba el cielo una y otra vez. Cada vez que entraba en ella la recorrían olas de amor y pasión. Sexo y amor unidos para saciar sus cuerpos y sus almas...

Yaman estaba enloquecido. Su mujer le pedía más y el mataría por satisfacerla. Moría de amor cada vez que ella llegaba al orgasmo y lo arrastraba con él. Siguió tomándola firme, intenso, adentro y afuera hasta que la sintió ponerse tensa, arañarlo en los hombros y gritar en su cuello. Yaman entró profundo una última vez y se dejó ir llenándola con su vida y... rugió. 

Seher abrió los ojos. Por Allah! 


¿Un sueño dentro de otro sueño? Un sueño erótico a juzgar por como se sentía. Tenía sed pero cuando quiso levantarse un fuerte brazo la abrazó devolviéndola al pecho poderoso que la había estado acunando toda la noche. 

“¿Qué pasa?” preguntó Yaman besándola en el hombro.

“Nada. Duérmete. Iba a por agua he tenido un sueño...” 

“Oh, ¿uno de esos sueños? CUÉNTAMELO...

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