miércoles, 7 de abril de 2021

La número 8.


     Elena guardó su secreto en la carpeta de bocetos entre dibujos de bodegones muertos y vivos desnudos. Si alguien llegaba a descubrirlo moriría de vergüenza y se vería obligada a abandonar aquella clase. Mientras sus compañeros observaban, medían y memorizaban la composición formada por una pera, una manzana y un racimo de uvas huérfano de algunos granos, ella hacía lo mismo con el profesor de arte. Cuando creía poder cerrar los ojos y plasmar en su mente su imagen descubría algo nuevo en su cara, su expresión o su falta de ella y debía empezar un nuevo dibujo. Aquel hombre la tenía fascinada pues intuía en sus ojos un misterio que ella se moría por descubrir. 

    Y sólo podía intuirlo porque ella se había cuidado muy bien de que sus ojos no coincidieran nunca durante aquellas 6 semanas que llevaba acudiendo a su clase. Férreamente mantenía la vista baja y sólo la levantaba cuando él estaba lo suficientemente lejos como para sentir los azules ojos de Elena clavados en él. En apenas segundos ella debía aprovechar para absorber las distintas tonalidades de su negro pelo. Había gastado varios lápices de colores intentando hallar el verde exacto de sus ojos. Creía tener contabilizadas las pecas de su cara pero parecían moverse y cambiar como las estrellas cada noche. Sus labios firmes a penas sonreían así que le era fácil dibujar su memorizada boca. La obra de arte de su corazón poseía un mentón marcado bajo una cuidada barba negra y, para rematar el armonioso conjunto, tenía la voz más roncamente sensual que había escuchado jamás. 

    Él se paseaba por la clase vigilando los trazos de sus alumnos, corrigiendo aquí, felicitando allá e ignorándola a ella siempre. En seis semanas sólo una vez notó que él se acercaba a ella con clara intención de ver qué estaba dibujando en su lienzo, pero de repente se detuvo, movió los dedos como si quisiera apretar algo y se dio la vuelta hacia su mesa. Aquel día Elena había respirado aliviada al ver que él no se acercaba pero luego su falta de interés por lo que ella dibujaba empezó primero a molestarla y luego a intrigarla. 

    Hizo como siempre. Simular que leía un documento para, tras el papel, mirarla todo el tiempo que pudiera, que no solía ser mucho. La vio recoger sus dibujos y guardar uno con especial recelo. ¿Qué habría trazado? No sabía la razón pero no podía acercarse a ella. La única vez que lo había intentado sus manos se habían empezado a endurecer volviéndose frío mármol. ¿Por qué con ella? ¿Por qué con la única mujer cuya voz estremecía su cincelado corazón? Hacía tiempo que había aceptado su destino pero desde hacía seis semanas su maldición se había vuelto más insoportable. 

    Deseaba hablar con ella y que la melodiosa voz que vertía sobre los demás fluyera hacia él.  Que sus ojos se reflejaran a corta distancia en los suyos. Quizás percibir su perfume para conjurarlo por las noches o, si era afortunado, intercambiar un roce accidental de sus suaves dedos. Pero no. El aviso recibido el día que acortó la distancia con ella había sido claro. De alguna manera ella le estaba prohibida y pagaría las consecuencias si desobedecía. 

    Sus tristes ojos verdes siguieron sus pasos mientras ella abandonaba el aula y él se giró para guardar el documento en su maletín de cuero. No oyó la puerta volver a abrirse ni los pasos que se adentraron de nuevo en la clase. Cuando uno de los caballetes cayó estrepitosamente al suelo se dio la vuelta y sus ojos entraron en contacto de golpe con los azules de ella. 

    - Los siento mucho, he tropezado - se disculpó Elena mirándolo con el corazón desbocado. 

    Supo que jamás podría encontrar el verde exacto de los ojos de él. Simplemente no existía en la naturaleza. Tener su mirada acariciándola  por primera vez hizo que dejara de respirar y se quedara quieta como una estatua... Era el hombre más duramente hermoso que había visto nunca y aquello era literal. Su belleza masculina jamás la había apreciado en ningún ser de carne y hueso solamente en estatuas de grandes maestros. Por un loco momento se preguntó si corría sangre por sus venas, si sus ojos verdes la veían realmente y si pestañeaba siquiera. ¿La miraba viéndola?

    La tenía delante y lo miraba extrañada. ¿Acaso...?, se preguntó alarmado. No. Podía respirar y su cuerpo, si bien endurecido, no lo estaba por la maldición. Aquella dureza era la que siente un hombre cuando la mujer que le atrae lo mira como ella lo estaba mirando. Algo parecido a un latido acelerado cabalgaba en su pecho y, si no recordaba mal, lo que lo recorría por todo el cuerpo era adrenalina y deseo. 

    - No pasa nada. ¿Estás bien? - habló asombrado. 

    Cinco palabras. Había pronunciado cinco palabras y contuvo la respiración esperando algún tipo de martirio instantáneo pero nada pasó. Aprovechó codicioso para robar la imagen de su rubio pelo  trenzado cayendo por su hombro. Rápidamente memorizó sus largas pestañas, el añil de sus iris, la palidez de su piel y el rojo de sus labios por si su castigo había sido aplazado en vez de olvidado. Era preciosa, confirmó esta vez más de cerca. Ojalá... 

    - He olvidado mi estuche, lo cogeré y saldré. Perdona si te he interrumpido - dijo Elena tratando de caminar pero sin querer abandonar su mirada ni un solo instante. 

    - Para nada - dijo él y añadió - por favor... 

    Por favor ¿qué? Por favor ¿no te vayas? Por favor ¿quédate conmigo un poco más?

    - Bien - dijo ella de repente como si lo hubiera escuchado hablar en voz alta. 

    Elena no supo la razón de por qué dio un paso adelante pero lo vio a él dar un paso atrás y se detuvo. 

    - No tengo nada contagioso - lamentó Elena. 

    - Lo siento yo... - trató de explicar él pero notó un crujido de advertencia e improvisó - no me gusta demasiado el contacto humano y tiendo a evitarlo. 

    - Especialmente conmigo, lo he notado. 

    - Por favor, no... - otro crujido. 

    Maldita sea ¿qué era eso? ¿Le estaban permitiendo hablar con ella pero sólo si sus palabras eran las equivocadas? Tenía ganas de gritar de frustración pero eso únicamente conllevaría más tiempo en el pedestal. 

    Suspiró anhelando alargar el tiempo con ella pero sin saber cómo hacerlo. No sabía que ella ansiaba lo mismo por lo que se sorprendió cuando Elena habló:

    - Me llamo Elena y me encanta dibujar. No sé porqué no te has acercado nunca a mirar mis dibujos así que si te parece bien dejaré unos cuantos sobre tu mesa y cuando puedas (y como puedas) me das tu opinión. 

    - De acuerdo, Elena - paladeó su nombre al decirlo sin saber que jamás lo podría volver a pronunciar. 

    Elena sacó unos cuantos dibujos de su carpeta y los dejó en el suelo sin querer acercarse a su pupitre. Entendió que algo ocurría pero sin saber la magnitud. Se incorporó y lo miró de nuevo. Se quedaron mirando lo que les pareció sólo unos instantes pero que en realidad fueron minutos. Añoraron sueños, momentos, pasión y tiempo. Luego Elena caminó hacia atrás para no perder el contacto de sus ojos. 

    - Espero que te gusten - le susurró antes de abrir la puerta y salir al pasillo de la academia. 

    Él se acercó lentamente a los dibujos, se agachó y los tomó con la mano ya blanquecina y fría. Se vio a sí mismo en los trazos de ella. Dibujos del hombre que fue le quemaron la vista. Una lágrima se le empezó a deslizar por la mejilla cada vez más satinada a la vez que oía de lejos "prohibido amar". 

    Al día siguiente, el conservador de las estatuas de autor anónimo de la sala cinco iba a pasar de largo por una de ellas cuando le pareció detectar algo extraño. Se giró y observo detenidamente la estatua número 8. De sus ojos caían dos lágrimas esculpidas que jamás habían estado allí, de eso estaba seguro. 

    Elena volvió a su clase pasados tres días. ¿Quién era esa mujer y por qué decía que daría ella las clases? No entendía nada. ¿Dónde estaba él? Salió de la inútil clase sintiéndose totalmente rota y extrañamente fría. No supo el motivo que la llevó a la sala número cinco donde estaban expuestas estatuas anónimas. Como en trance avanzó por entre los pedestales hasta pararse ante la figura semidesnuda de un hombre de mármol. Levantó la mirada y lo reconoció. Era él. 

    Los años han pasado. Él sigue igual, ella no. Su mano ya arrugada y temblorosa sigue trazándolo una y otra vez en el cuaderno y sigue sin acertar en el tono de verde. 

    




7 comentarios:

  1. Pasaeon los años..... Precioso Abla, me encanta... Cuanto sentimiento encontrado ❤️❤️😘

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  2. Me encanta ! Todo lo que escribes ! ♥️♥️♥️

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  3. Que bonito, me has dejado sin palabras.. cada uno de tus relatos me conmueve mas.

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  4. Pigmalion y Galatea...invertidos y reinventados...hermoso muy hermoso, pero también muy triste amiga..quizas yo quiero ver un camino a la esperanza para esas dos almas en forma de lágrimas...

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  5. Quizás se inventaron los finales alternativos por algo... 🤔

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  6. Me llega la mandibula abierta hasta el esternón... En serio lo tuyo no es de este mundo...por un momento me pareció oler a pintura carboncillos y escuchar el rasras de los lienzos. Gracias por hacernos viajar...y vivir mil vidas en una.

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  7. Ufff,sin palabras. Tremenda historia. Gracias 😘

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