La farsante llegó aquel miércoles a la sala de costura y en seguida se escondió cabizbaja tras su bastidor. Sacó sus sucios retales, sus descoloridos hilos y sus agujas oxidadas notando algunas miradas sobre ella. El corazón le tricotaba en la garganta haciéndole difícil, si no imposible, el tragar y la adrenalina pespunteaba su cuerpo de frío sudor.
Las miradas que estaban por llegar ya las había vivido antes. Cuando de jovencita se vestía de rosa y daba vueltas con sus faldas llenas de corazones le llegaban acompañadas de risas burlescas. El primer vestido que se puso era de Barbara Cartland y ese día, mientras sentía el tacto de la suave tela en su piel adolescente, decidió enamorarse del amor. Si bien su ropero acogía prendas negras o de suspense, era un hecho que el amor la vestiría toda su vida.
De vez en cuando se le pasaba por la mente la idea de coser ella misma sus vestidos pero disfrutaba tanto de los diseños ajenos que nunca se decidía. Hasta que llegó la Navidad del 2020.
Una llamada negativa le anunció que era positiva y debía confinarse en casa. El aburrimiento y la obsesión culpable por los trajes de una artista extranjera la llevaron a dar sus primeras puntadas. Eran puntadas alternativas a las de la foránea artista porque resulta que en pleno 2020 sus creaciones no podían ser atrevidas. La censura lo mismo mataba transparencias que recosía escotes y la farsante se dedicó a descoser para mostrar. No eran sus diseños, ella ni siquiera había elegido las telas, sólo metía la aguja donde otra no había podido hacerlo.
Alguien leyó, perdón, vistió una de sus creaciones y se miró encantada en el espejo felicitando a la costurera novata. Otro vestido también gustó y luego otro y otro... pero la farsante sabía que sus vestidos se desintegrarían como si de papel estuvieran hechos porque ¿quién diablos iba a vestir su ropa falsificada?
¿Y si elijo yo la tela? ¿Y si hago mis patrones? ¿Y si los hilos llevan mis colores? Pero debo aprender más, se dijo la farsante. Así pues pidió entrar en un grupo de costura y decidió mejorar.
Y esta ha sido y es la historia de Isabel Cánovas. Una ávida lectora de novela romántica desde los 14 que, en plena cuarentena, se puso a ver una telenovela turca con tanta censura que empezó a completar escenas con el erotismo que faltaba en la serie. Sus amigas la animaron a seguir escribiendo relatos alternativos y así descubrió que lo que hacía tenía un nombre FAN FIC. A pesar de divertirse y divertir quiso probar sus agujas con otras telas y en ello anda... GRACIAS, SIEMPRE.

Gracias a ti por escribir. 😘
ResponderEliminarSi nadie lee, las palabras cosidas con cariño no llegan a vestir los sueños de nadie. Gracias de verdad Eugenia. Gracias siempre.
ResponderEliminarRealmente talentosa !!
ResponderEliminarMuchisimas gracias a ti 😘 😘 😘 😘
ResponderEliminarPues gracias por hilar palabras como lo haces. Gracias por tener el valor de mostrar lo que te corre por las venas. Y afortunadas que somos por poderlo disfrutar..
ResponderEliminarPúes sigue probando agujas porque a mí me encantan tus vestidos. Llegas al alma. Gracias 😘
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