viernes, 12 de febrero de 2021

El escritorio de Yaman. (Capítulo 111 Emanet)

Seher y Yaman llegaron a casa nerviosos como nunca...

        Esa mañana Seher lo había pasado bien con él, desayunando simit y té en el paseo marítimo, a pesar de haber intentado disimular la felicidad que sentía de tenerlo por fin para ella. No había querido reírse cuando él hizo el símbolo del infinito con los simits ni cuando le contó la absurda historia de su amigo el presidiario, pero es que verlo hacer aquellas cosas sólo por hacerla reír casi había ablandado su celoso corazón. La llamada de Ela había sido como un viento frío que había tumbado su castillo de cartas y había hecho que sólo quisiera alejarse de él. Tenía grabada la odiosa escena de la terraza con Ela abrazándolo y él dejándose abrazar y, cada vez que la recordaba, oía un crack más y más fuerte en su pecho. Luego, cuando él había llegado demasiado pronto a casa de Kiraz y la había visto con el vestido de novia puesto, habría jurado ver emoción en sus ojos negros pero Seher ya no quería engañarse más. Aquella boda era una formalidad y se mentía a sí misma al pensar que él pudiera amarla como ella lo amaba a él. 

        Yaman había vuelto al paseo después de dejar a Seher en casa de Kiraz para pensar en la actitud de su prometida de los últimos días y nada le cuadraba. A no ser que... 

        Yaman condujo impaciente a casa de Kiraz para buscar a su novia con una idea en la mente pero al llegar y ver a Seher vestida de novia todo pensamiento coherente se esfumó de su cabeza. Se había quedado mudo y paralizado de emoción al verla. Su futura mujer era lo más hermoso que había visto en toda su miserable vida pero verla vestida de novia (de SU novia) casi había conseguido ponerlo de rodillas. No se llamaba Yaman Kirimli si no conseguía que aquel ángel lo amara, así tardara mil años. La quería tanto que sentía que habían valido la pena todas las miserias y desgracias vividas con tal de haber llegado al momento exacto en que la había conocido. Arif Baba tenía razón: una vez te adentras en el camino del amor ya no puedes abandonarlo. 

        Así pues, cada uno por un motivo, llegaron a casa nerviosos. Yaman, al salir del coche, había pedido a Seher en silencio que lo tomara de la mano. Ella como siempre había vacilado por timidez pero finalmente se la había dado. Era tomarse de las manos y sentirse completos, capaces de enfrentarse a todo y a todos. Nada más traspasar la puerta y ver quién los esperaba, Seher se había puesto tensa y, en cuanto oyó que ellos dos volverían a encerrarse para trabajar, había notado los celos y la rabia anidar en su pecho. Rechazó tomar un café con ellos dos y subió corriendo las escaleras enfadada y muerta de celos sin darse cuenta de que su prometido la seguía...

        Ahora estaba seguro. Yaman supo por fin qué le ocurría a Seher y estaba feliz, culpablemente feliz. No la dejaría escapar esta vez así que plantó a Ela en el vestíbulo y subió las escaleras de dos en dos tras su colérica prometida. La tomó del brazo y la arrastró a su despacho para aclarar la situación porque ya no aguantaba más su frialdad y porque no soportaba que ella se alejara constantemente. La quería a su lado compartiendo miradas cómplices y preparativos para la boda. Quería su rubor cuando él fijaba la vista en sus deliciosos labios y quería sus ojos verdes esquivos cuando fijaba la vista en ellos con pensamientos calientes. Quería la suavidad de su pelo y el aroma de su piel cuando estaba cerca. Y como quería todo eso la encaró:

        - ¿Qué te pasa? ¿Por qué te portas como una niña?

        - ¿Perdona? Yo no me porto como una niña aquí el que se porta de manera inadecuada eres tú - contraatacó ella. 

        - ¿Inadecuada? ¡¿Qué he hecho?! - gritó Yaman. 

        - Tú y tu ex novia encerrados hasta la madrugada supuestamente trabajando... compartiendo abrazos en la terraza a la vista de todos... por no hablar de los apelativos cariñosos y la voz acaramelada que al parecer tanto te gusta...

        Yaman la miró medio sonriendo como un lobo que sabe que Caperucita acaba de caer en su trampa...

        - Estás celosa - la acusó encantado con la idea, acercándose a ella. 

        - Estás loco. Sólo me molesta que pongas en peligro nuestro plan de parecer una pareja real - dijo Seher esquivando su negra mirada y retrocediendo ante su avance. 

        - Soy yo quien más demuestra ser un novio enamorado - dijo mirándola fijamente mientras la iba acorralando hacia el escritorio. 

        - ¿Pasando tiempo con Ela?¿Así lo demuestras? - preguntó dolida Seher reculando. 

        - Entonces lo que ocurre es que me echas de menos y quieres que pasemos más tiempo juntos - afirmó Yaman con voz grave llevándola a donde quería. 

        - Sí. No. Me pones nerviosa y ya no sé ni lo que digo - contestó ella cada vez más alterada por su cercanía y porque había topado con el enorme escritorio de él. 

        Yaman sacó su móvil del pantalón ajustado, marcó y sin apartar la mirada de Seher soltó:

        - ¿Ela? Hoy no puedo ayudarte, lo siento. Tengo algo urgente entre manos que requiere de toda mi atención - y colgó. 

        Seher estaba apoyada en el escritorio con Yaman cerniéndose sobre ella con cara de león hambriento. Lo había echado tanto de menos que escucharlo despachar a Ela la había llenado de felicidad. Felicidad y excitación sexual porque lo tenía pegado a ella, porque sentía toda la potencia de su cuerpo contra el suyo y porque sus negros ojos prometían recuperar los momentos perdidos a base de sensualidad. 

        Seher empezó a derretirse cuando le llegó su aroma a hombre y a Invictus. Se relamió mirándolo y ansiando que él la tocara ya. Quería sus labios en los suyos, sus manos en su piel y su miembro en lo más hondo de su cuerpo. Hambre salvaje y sed de sexo. Se movió sutilmente contra él en una muda petición porque empezara aquel viaje al paraíso que los dos ansiaban. 

        El cuerpo de Yaman oyó la llamada y respondió apretando el de ella contra el borde del escritorio y llenándose del calor que emanaba de Seher. Yaman apoyó su mano izquierda en el escritorio, cerca de las caderas de ella, luego levantó la otra mano y con los dedos bordeó los llenos labios femeninos embelesado. Acercó su cara lo justo para depositar un suave beso en su mejilla y ver como ella exhalaba un suspiro que le calentó los dedos y el corazón. Llevó los labios hacia la sien de Seher y besó con devoción cerrando los ojos mientras su mano derecha viajaba hacia el cabello de ella para apartarlo hacia la espalda. 

      Yaman rozó con los labios la oreja de ella causando olas de placer por todo su cuerpo. Su aliento caliente la hizo estremecer y notó como ella se apretaba contra sus caderas cada vez más ansiosa. Sabía que ella notaba lo duro que ya estaba así que volvió a apretarla contra el escritorio. Yaman pasó a besar su cuello haciendo que se le erizara la piel. Sus grandes manos subieron para acunar sus pechos, amasarlos y rozar sus pezones buscando su dureza. Los quería llenos y tensos por la pasión. La quería volver loca porque él llevaba loco cinco largos meses así que mordisqueó y lamió su esbelto cuello oyendo por fin leves jadeos cruzar sus labios entreabiertos. 

        Quiso más pasión y metió las manos por debajo del jersey gris de ella. Ella tembló al notar sus grandes y cálidas manos por sobre el sujetador y se mordió el labio llena de expectativa. Yaman usó sus dedos para apartar la tela del sujetador y poder pellizcar libremente las puntas sonrosadas que luego pensaba lamer como loco. Pellizcaba y seguía mordiéndole el cuello y si dejaba marca, mejor. Era suya. Se movió haciéndose más hueco entre las piernas de ella queriendo notar su calor. 

        - Abre las piernas - ordenó. 

        - La.. no puedo... la falda... mmm - murmuró ella. 

        Yaman abandonó sus pechos para bajarle la cremallera de la falda y tirar de ella hacia abajo. Sonrió satisfecho cuando la vio hecha un lío a los pies de ella y luego fue subiendo la mirada por las piernas de su prometida hasta llegar al triángulo granate de su ropa interior. Se le hizo la boca agua cuando luego vio su ombligo y su vientre plano. Lo ponía a mil. La miró con los negros ojos llenos de salvaje deseo y soltó:

        - Ahora abre la boca.

        Seher separó los labios y en seguida tuvo los de él surcando los suyos. Su lengua húmeda y caliente recorría su boca buscando el beso perfecto y Seher se entregaba siguiéndolo. Devolvía besos, suspiros, jadeos y juegos eróticos de lenguas desesperadas por caricias cada vez más excitantes. Seher quería apretar las piernas para calmar el dulce dolor que crecía entre ellas pero Yaman lo aumentaba moviéndose y rozándola. Se estaba volviendo loca con sus besos, sus manos que volvían a vagar por su pecho y su cintura y aquella dureza que la empotraba cada vez más insistente contra el escritorio. Por Allah, tenía que desnudarlo ya antes de derretirse de ansia. 

        Yaman estaba tan concentrado construyendo besos que lo sobresaltaron sus suaves e impacientes manos luchando contra su cinturón. No quería dejar de amasar aquellos pechos perfectos pero lo hizo el tiempo justo para desabrochar su propia camisa y quedar medio desnudo ante ella. Armaban besos y leían uno el cuerpo del otro. Las manos de ella adoraban la dureza de sus músculos y acariciaban curando sus cicatrices; las manos de él masajeaban su espalda y calentaban su piel. Y las caderas de ambos recitaban movimientos de ida y vuelta. 

        El calor aumentaba. Se olían, se saboreaban y se escuchaban los jadeos sin saber cuál de los dos los confesaba. No tenían suficiente y a Yaman lo invadió el salvajismo del que ella lo había acusado siempre. Con un brazo apartó todo lo que había sobre el escritorio sin importarle lo que caía al suelo, luego la tomó por el trasero y la aupó del todo para que ella enroscara sus piernas en sus caderas. Por Dios que sus sexos se necesitaban. A fuerza de besos la tumbó y sonrió diabólico al ver la mirada asombrada de ella. La besó una vez más y bajó la boca por su barbilla y cuello hasta llegar al espacio suave entre sus pechos. Allí amarró para besar con fruición, para lamer su sabor y emprender luego viaje hacia la cima de un pecho. 

        Seher lo sujetaba con sus piernas a ella, su prisionero, suyo. Las demás podían irse todas al infierno porque a ese hombre ella lo había luchado, lo había conquistado y lo reclamaría para siempre. Acarició su negro pelo mientas él la seducía y, tumbada en su escritorio, liberaba sus jadeos y suspiros de placer. 

        Yaman atormentaba sus pezones a base de lamer y tocar y ella sentía el placer recorrer su cuerpo como las mareas la arena. Iba y venía. Llegaba y se alejaba y ahora fue Seher la que dio una orden:

        - Ahora. 

        Yaman se incorporó lentamente, clavó la mirada negra como la noche en la de ella y se relamió llevando sus manos al cinturón para desabrocharlo. Se deshizo de todo y quedó desnudo entre sus piernas. La siguió mirando como si quisiera volver a oír la orden de la mujer que amaba. Levantó las cejas. 

        - ¡Ahora! ¡Kahretsin!- le gritó desesperada por tenerlo en lo más hondo. 

        Él la quemó al acercar su sexo al de ella y esperó a que ella lo rodeara. Cuando lo hizo volvió a asir sus caderas para poder entrar en ella avanzando sin resistencia. Conquistando y sintiendo en su cuerpo y en su corazón que siempre sería él el conquistado. Mientras la penetraba hasta el fondo, Seher lo miraba amándolo entre jadeos de placer al sentirlo a las puertas de su alma. Lo veía despeinado y sudoroso y lo deseaba más. Levantó las caderas para apremiarlo. Necesitaba que él se moviera porque aquella lentitud la mataba. 

        Yaman leía en sus verdes ojos las mismas palabras que resonaban en su mente: amor infinito, y se dispuso a demostrárselo con su cuerpo. Entró todo lo que pudo y se retiró. Avanzó y la vio tomar aire. Salió y l la extrañó. Empuñó su miembro en ella y le recorrió el placer que ella le regalaba. Más adentro y más jadeos. Más intenso y más miradas. El tiempo empezaba a detenerse porque el placer físico de estar unidos tumbaba los relojes de arena. Ambos se miraban como se miraban siempre mientras se mecían el uno en el otro. El éxtasis los iba ganando y pasaba de Seher a Yaman y de Yaman a Seher. Temblaron y aceleraron buscándose desesperados hasta que sintieron las descargas de placer recorrerlos en oleadas. 

        Yaman la apretó a sí mismo mientras vertía su vida en ella y bajó el torso hasta que sus latidos se unieron y se acompasaron. La besó muy dulce compartiendo alientos de amor y luego se incorporó con ella en brazos. Caminó hacia su cama con ella amarrada a él y consiguió tumbarse sin tener que separarse. Alargó el brazo para taparlos ambos con la suave manta negra y luego la abrazó posesivo. 

        Benditos los celos que no dañaban, los que sólo mostraban al otro el miedo a perderse. Yaman había aprendido a confiar al mismo tiempo que a amar y ya nada ni nadie podría hacerlo dudar del amor de la mujer que acababa de dormirse entre sus brazos. Dudar de ella sería como dudar de sí mismo y él sabía muy bien quién era. Yaman Kirimli.  

        (Espero haber pagado la deuda y que haya gustado a las "Locas por el arquero" 😉 )





             

        




10 comentarios:

  1. Ay.. Mi pequeña escritora! Que bueno v soñar contigo. Eso soñar momentos que nunca podremos ver pero que intuiremos. Como siempre. Muchas gracias por v hacernos disfrutar ❤️❤️

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  2. Diosssss mío, que arquero, lo amo Jajajajajajaja 🥰😍❤️🇻🇪

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  3. Uyyyy, el arquerooo! Mola mucho, cada vez me quedo sin palabras contigo😘🤗

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  4. Exelente , exelente y necesario en estos días de agonía y pena x tener tantas posibles desenlaces y no saber el real pero tú historia supera ,calma y completa está historia tan hermosa y cobija de placer y deleite a este grupo que nació de Emanet. Un saludo de Uruguay vivían una fiel adicta a tus escritos

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  5. Perfecto, un rayo de luz que nos saca del pozo al que nos han eviado el viernes. Cada vez consigues engancharnos mas y mas.. muchisimas gracias. LU

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  6. Deuda más qué pagada. TREMENDO. Sin palabras.🏹😘 Gabriela

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