sábado, 6 de febrero de 2021

Desesperación (Capítulo 110 Emanet)

         Seher quería confiar en él pero ver que se dejaba abrazar por otra cuando ella misma no era capaz de mostrar esa confianza estaba matándola por dentro. Con los preparativos y las visitas inesperadas (e indeseadas) no se habían encontrado a medianoche desde hacía días a pesar de que ella, como una tonta, había seguido esperándolo. No más cafés en la terraza, no más uniones desesperadas cuando todos dormían. 

        Que la ignorara dolía como una puñalada. Se dio la vuelta para evitar que su corazón acabara de romperse y comprendió que debía salir de la mansión. Allí se ahogaba y sólo había un lugar que consideraba su hogar al que ir a refugiarse. Aquella mansión se había convertido en una prisión. Una prisión para ella y para su amor no correspondido. Subió a por su abrigo y bolso y bajó las escaleras rápidamente. 

        Cuando abrió la puerta vio el enorme coche blanco que él le había comprado y lo miró con disgusto. Por suerte el chófer no estaba a la vista y pudo caminar tranquila hasta la verja. Salió sin problema y decidió ir paseando hasta el barrio donde se encontraba su hogar. El lugar donde los dos podían ser ellos mismos, donde compartían desayunos divertidos con Yusuf, donde vivían la ilusión de ser un matrimonio con un hijo de 5 años. Una ilusión. Un delirio de miradas cómplices y besos furtivos robados en la cocina a escondidas de la vista de visitas amables. En la mansión, con tanta gente y alguna disimulada enemiga, jamás serían felices. Se secó las lágrimas que tercamente bajaban por las mejillas y apretó el paso. Cuando entró por la puerta del pequeño apartamento por fin pudo respirar. Decidió hacerse un té y mandar un mensaje a Neslihan para que acostara a Yusuf y lo calmara si preguntaba por ella. Necesitaba esa soledad egoísta. Y ¿a él? No. A él no iba a decirle nada porque después de haberla ignorado cuando había entrado a llevarle café seguro que ni se daría cuenta de su ausencia.

        Yaman y Ela solucionaron el problema de la contabilidad hacia las 12 de la noche y su amiga, al verle los negros ojos tristes, le hizo notar que quizás su prometida lo estuviera esperando y lo animó a ir a buscarla. Cuando él vio la hora se maldijo en voz baja pensando que ELLA ya estaría durmiendo. El trabajo había impedido que pasaran tiempo juntos y la echaba tanto de menos que decidió ir a buscarla igualmente. Quizás ella estuviera leyendo y se alegrara de verlo aunque, esa misma semana, lo había rehuido en alguna ocasión. Llamó a su puerta, abrió y se le congeló el alma al ver la cama vacía. ¿Dónde estaba? ¡Era demasiado tarde! Bajó corriendo a buscar a Cenger, entró en la cocina y lo encontró con Adalet y Neslihan acabando de recoger. 

        - ¿Dónde está? No está en su habitación. ¿Alguien la ha visto salir? ¿Ha salido con su chófer? - preguntaba nervioso. 

        - Yaman Bey... - balbuceó Neslihan - la señorita Seher debe estar en el piso de alquiler... - y acabó mirando al suelo. 

        - ¿Qué diablos hace allí? ¿Ha dicho cuándo volvería? - casi gritaba Yaman volviendo a mirar su reloj. 

        - Ella... ella... creo que dormirá allí. Me pidió que acostara a Yusuf...

        Yaman se dio la vuelta y salió de casa para ir a coger su coche. No pensaba dejarla pasar la noche sola en aquel piso ¿estaba loca? ¿Por qué últimamente hacía esas cosas? ¿Por qué no lo había avisado? Ella debía saber que él se preocuparía ¿no? No la entendía. Condujo como un loco y aparcó frente al piso. Fue hacia la puerta y sacó su llave. Cuando entró y vio las zapatillas grises que ella le había comprado, lo entendió todo al momento. Ella debía haberse estresado con tanto preparativo para la boda y sin poder contar con él en algunas ocasiones debido al trabajo. Y había ido al único lugar donde ambos habían sido completamente felices por pocos días. Él también había extrañado ese pequeño apartamento y lo vivido allí. A veces deseaba no ser Yaman Kirimli. Que no hubiera tanta gente que dependiera de él. Tener que vivir sólo para ella y Yusuf. Durante toda su vida había ansiado ser poderoso para que nadie jamás pudiera volver a hacerle daño pero por el camino había olvidado que, a veces, La Paz y la Felicidad estaban en las cosas pequeñas, en lo cotidiano, en los ojos verdes de una mujer y en la sonrisa de un niño. Se puso las zapatillas y avanzó hacia la habitación, abrió la puerta despacio y de repente notó que se le nublaba la vista. 

        Seher había oido ruido y sin pensarlo dos veces había agarrado la lamparita de la mesita de noche y se había parapetado tras la puerta. En cuanto vio que alguien entraba levantó la lamparita y la descargó sobre el intruso sin dudarlo. 

        - ¡Auch! ¡Por Allah! ¿Es que quieres matarme mujer? - preguntó Yaman frotándose la nuca. 

        - Oh... Eres tú...  - contestó ella indiferente. 

        Yaman la miró frunciendo el ceño y quitándole la lamparita de la mano. Era mejor desarmarla antes de hablar porque parecía que seguía enfadada con él. "Estaba preciosa, preciosa y furiosa" pensó Yaman recorriendo con los ojos su hermosa cara. 

        - ¿Qué haces aquí? - preguntó Seher dándole la espalda. 

        - No quería que estuvieras sola (quería estar contigo) - dijo él suspirando y mirando su largo cabello. 

        - Me extraña que te hayas dado cuenta siquiera de que yo no estaba. Da igual. Iba a volver mañana por la mañana, no quería que Yusuf me extrañara al levantarse - contestó ella bajito. 

        - El tío de Yusuf te ha extrañado al ir a acostarse. Y siempre soy consciente de dónde estás, aunque esté inmerso en el trabajo (porque mi mente trabaja pero mi corazón te extraña)- le susurró dando un paso hacia ella. 

        "Maldito Yaman Kirimli" pensó Seher. Siempre sabía qué decir, cómo usar su voz, cómo hacer que ella notara y ansiara su cercanía... 

        - Necesitaba estar sola. Esa casa... se me cae encima - confesó Seher. 

        Yaman obvió lo de "estar sola" porque no quería creerlo. 

        - Me pasa lo mismo (sobre todo cuando tú no estás cerca) - rugió bajito cerca de su cuello y siguió - y este pequeño apartamento también es especial para mí. Se respira paz y buenos recuerdos ¿no?.

        - Evet. Aquí pienso en... - y calló. 

        - ¿En qué piensas? - preguntó él acercando sus manos a la cintura de ella. Casi podía abarcarla por completo. 

        - Pienso en quienes podemos ser, no en quienes nos vemos obligados a ser - dijo y suspiró sintiendo sus manos calientes acariciarla y odiándose por ser tan débil con él. 

        Seher en su momento había aceptado aquella relación física y secreta porque el deseo entre ambos iba a acabar por volverlos locos. Luego había aceptado el matrimonio "por Yusuf" a pesar de tener el corazón desbordado de amor por ese hombre. Se sentía atrapada en una telaraña de emociones cada vez más compleja y no sabía como escapar. Ni siquiera sabía si quería escapar si ello comportaba perderlo a él. Perder lo poco que tenía de él. 

        - Sé a lo que te refieres pero contigo sí puedo ser yo mismo. Contigo puedo soñar (déjame seguir soñando contigo, lütfen, no me apartes de ti) - y acabó abrazándola contra su fuerte pecho y escondiendo la cara en el pelo de olor a vainilla de ella. 

        Yaman respiró y se llenó de su aroma a hogar feliz. Aquella mujer lo tenía hipnotizado completamente. Que Allah lo ayudara si la perdía, si ella lo dejaba... Besó su suave cuello acariciándolo con la barba y la notó estremecerse. No sintió rechazo por parte de ella, al contrario sus delicadas manos se posaron en sus antebrazos como si quisiera que él la abrazara eternamente. Seher cerró los ojos dejándose rodear por su fuerza y notando los potentes latidos del corazón de Yaman amarrándola a él. Seher oró en silencio para que su amor fuera suficiente para los dos; para que su amor los hiciera emerger de cualquier dificultad. 

        Yaman hacía tiempo que no rezaba pero al sentirla tan frágil entre sus brazos pidió que su amor fuera suficiente para los dos; para que su amor impidiera que se hundieran con las dificultades que vendrían.

        Yaman depositó un último beso en el cuello amado y dijo:

        - Debías estar ya dormida cuando llegué. Acuéstate de nuevo - y la empujó cariñosamente hacia la cama con intención de ayudarla a acostarse - yo iré a cerrar todo y...

        - No te vayas - pidió Seher buscando su negra mirada. 

        - ¿Estás segura? - contestó él entrecerrando los ojos. 

        - Sinceramente, hay muchas cosas de las que no estoy segura últimamente pero ahora mismo, en este instante (no quiero pensar en las horas pasadas ni en el día de mañana) sólo sé que te necesito. 

        - Yo... 

        - Lütfen, no digas nada - pidió Seher apoyando sus dedos en los labios de él. 

        Se miraron. Se miraron como siempre hacían, con sus corazones llamándose. Yaman aprovechó para besar sus dedos y empezar a desnudarse. Ella se tumbó en la cama a esperarlo y a deleitarse viéndolo desprenderse de la camisa negra. Vio aparecer su piel y se excitó. Sus músculos se movían de forma precisa y elegante y a pesar de las cicatrices le parecía el pecho más bien esculpido que había visto. Sólo que él estaba vivo, las estatuas no. Él estaba maravillosamente vivo y la hacía sentir viva a ella. Su amor le había dado ese poder: hacerla sentir viva o matarla poco a poco. Respiró y se quitó ese oscuro presentimiento de la mente. Se concentró en disfrutar el momento. 

        Yaman la miraba intensamente ya desnudo ante ella y Seher lo recorrió hambrienta con la mirada. Por Allah, la belleza salvaje de ese hombre era de otro nivel. Conocía hombres guapos que no la alteraban lo más mínimo. Sólo su voz, su olor, su tacto, sus miradas, su caminar felino la hacían estremecer. Se mordió el labio inferior paseando sus verdes ojos de arriba a bajo por aquel cuerpo alto, fuerte y herido en varias batallas. 

        Yaman la vio morderse el labio y el deseo lo avasalló. Cada vez era más fuerte. Cada encuentro era tan intenso que pensaba que algún día acabarían pereciendo en una hoguera de lujuria y pasión. 

        - Ten piedad, lütfen - pidió Yaman trepando por la cama hasta tumbarse al lado de la mujer amada. 

        - Tú nunca la tienes - contestó ella girando para enfrentarlo con el cuerpo y la verde mirada. 

        Seher llevó las manos a los botones de su pijama y empezó a desabrocharlo. Yaman no apartaba los ojos del escote que cada vez le revelaba más piel y ahora fue él el que se mordió el labio inferior después de humedecérselo. Seher tragó saliva al ver su lengua y se desabrochó el resto de botones torpe y rápidamente. Tener la oscura mirada de Yaman Kirimli entre sus pechos era de lo más erótico así que siguió intentando torturarle. Torturarse ambos. Seher tomó la cintura de su pijama y se lo bajó por las piernas viendo moverse las pupilas de él hacia abajo. Quedó tan desnuda como él. 

        Yaman comía con los ojos la belleza que el destino había puesto en su vida. Era perfecta. Iba a ser suya. Ya era suya. Y él hacía meses que era suyo. La miró a los ojos y al mismo tiempo acercó sus dedos a los montes de sus pechos. Apartó un mechón de pelo dejándolo caer por su espalda y acarició la piel sensible rozando sus pezones viendo como se le erizaba la piel. La boca se le hacía agua viendo su cuerpo desnudo responder a sus toques... Yaman pellizcó y retorció buscando el placer de ella hasta verla abrir la boca para jadear. 

        Seher ardía con la dulce tortura de sus dedos en sus sensibles pechos y puso su mano en el 💙 de él. Apretó y arrastró la mano hacia abajo pasando por las ondulaciones de sus abdominales y más abajo aun. Lo vio sisear de excitación y quiso darle más placer. Asió su miembro duro y lo acarició con firmeza viendo en sus ojos que lo complacía. Pero Yaman siempre debía responder porque en su naturaleza no entraba la pasividad así que la tomó por la cintura y se la subió encima. El pelo de ella onduló sobre su pecho y él memorizó esa visión para el futuro. 

        Seher afianzó sus rodillas a cada lado de las caderas de Yaman y el calor de sus sexos en contacto se extendió por sus cuerpos y casi prendió fuego a la habitación entera. Ella apoyaba sus manos en el pecho de él y él acariciaba sus caderas, ambos mirando sus respiraciones y respirando sus miradas. Seher se levantó lo justo para que él se colocara y pudiera reclamar su cuerpo con el suyo. Cuando ella bajó notando su avance dentro de su cuerpo supo, como siempre, que él no sólo poseía su cuerpo. Su vida entera pertenecía a Yaman Kirimli. 

        Yaman se movió y ella respondió. Las caderas de Seher empezaron una cadencia que pretendía hacerlos llegar al lugar donde el tiempo se detenía. Su infinito. Él se rendía viéndola sobre él, moverse en él, seduciéndolo (aun más) y subía su pelvis cada vez que ella bajaba para ampliar el placer de ambos. Dejó de tomarla por las caderas y se incorporó hasta quedar sentado. Seher notó que de aquella manera la unión era aun más profunda y se agarró a sus fuertes hombros. Lo tenía tan a dentro que las descargas de placer cada vez que ondulaba las caderas amenazaban con matarla de goce. Los labios de Yaman quedaban ahora tan cerca que se lanzó a besarlos siendo correspondida con igual intensidad. 

           Encadenados el uno en brazos del otro se comían la boca mientras sus sexos luchaban sensualmente por llegar al éxtasis. Las manos de ella no abarcaban toda su espalda, las manos de él la rodeaban por completo. Sus cuerpos tan diferentes se complementaban uno al otro y se buscaban sin cesar. Chocaban sin cesar, se apartaban para volver a unirse. Seher sentía ya el palpitar inevitable yendo a más y arañó a Yaman en la espalda sin poder evitarlo mientras aquel placer se apoderaba de todas sus células. 

        Gritó ella y al segundo rugió él. Aquella postura alargó el éxtasis de ambos de tal manera que tuvieron que sujetarse uno al otro para no perder ni un ápice de cordura. Habían sentido el orgasmo arrollador y sus labios unidos habían interpretado un beso infinito. Separaron sus bocas y unieron sus frentes. Respiraron y el tiempo volvió a correr. El reloj de arena volvió a su postura vertical y las minúsculas partículas recuperaron su carrera. 

        Yaman la abrazó para poder tumbarse ambos sin romper la unión y alargando un brazo los cubrió con la colcha. La besó en la frente con fervor y por segunda vez aquella noche elevó algo parecido a una plegaria. Lütfen... Había veces en las que no podía evitar notar un frío interno. A pesar de que el amor por aquella mujer le había traído un calor que parecía eterno no conseguía disipar cierta amenaza sobre ellos. Si tan sólo supiera contra qué o contra quienes debía luchar, lo haría con todas sus armas. Por defender su amor, por defenderla a ella no dudaría en arrasarlo todo. 

        Seher descansaba en su cálido pecho. Sus fuertes latidos la mecían y sus protectores brazos la sujetaban. De repente él estrechó el abrazo, su corazón aceleró y a ella la recorrió un frío que jamás había sentido excepto... Excepto cuando él aun no había renunciado a las armas y ella temía que cada encuentro fuera el último...

"Di mi nombre y sálvame de la oscuridad" Evanescence. 





        

4 comentarios:

  1. Me quedo suspirando una vez más de emoción, me creo todo y cada parte de tu escrito, es algo que a pesar que sabemos no lo veremos en la historia, en nuestro corazón lo sentimos nuestra mente nos permite imaginarlo porque esta historia ya es parte de nosotras. Gracias por este sueño compartido.

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  2. Genial Isa. Parece que me repito pero es que eres muy buena, me encanta como escribes y como lo describes todo. 💙

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  3. Buscando su negra mirada, Dios mío, que bonito. Gracias mi amor 💕 te luces como siempre 🥰😍❤️🇻🇪

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